lunes, 11 de julio de 2016

Apostillas al refranero. Amor, sin hache


            En 1929, cuando Enrique Jardiel Poncela contaba 26 años, publicó con gran éxito de lectores en la colección Grandes Novelas Humorísticas su primera novela extensa Amor se escribe sin hache, una obra dislocada, grotesca y descoyuntada, hecha para poner en solfa las denominadas en la época  novelas de amor, dotadas de hondo contenido erótico, que autores como Felipe Trigo y Eduardo Zamacois habían puesto de moda en los inicios del siglo XX y que Alberto Insúa y Pedro Mata llevaron a la cima del éxito en la tercera década del siglo. La obra está conformada por una serie de aditamentos sabrosísismos (Dedicatoria, Ruego al lector, 8886 palabras a manera de Prólogo, Apéndice con opiniones de personajes ilustres inventadas por el autor imitando el estilo de cada uno de ellos) y el cuerpo del relato en sí, dividido en tres libros y trece capítulos en que Jardiel Poncela sorprenderá al lector deformando la realidad, mediante la exageración y la  ridiculización de los tópicos típicos de las novelas eróticas. Pues bien, en la tal novela o pseudonovela, el autor hace que don Fermín Martínez visite al protagonista, Zambombo, alias Zamb, alias Elías Pérez Seltz, acompañado de Dolly y Molly, abreviaturas de Dorita y Encarnación, señoritas de pelo negro, remos finos, pupilas brillantes bocas rojas y vergüenza ausente, y acaban descubriendo que todas las cosas importantes que existen en el mundo se escriben con hache (hijos, honor, honra, hidalguía, honradez, humor, harina, huevos, hermano...). Por eso, amor, que se escribe sin hache, no debe tomarse en serio, como tampoco mujer, a no ser que se la busque para encontrar lo que Fermín desea: la hembra, si es posible, con su himen aún.

 
RECUERDA:

 
Fruta prohibida, la más apetecida
Ira de enamorados, amores doblados
La llaga de amor solo la cura quien la causó
Pedir a los hombres veras es pedir al olmo peras
Afortunado en el juego, desafortunado en amores
Cuando los labios no pueden, los ojos se entienden
A la llaga de amor, quien la hace la sana y quita el dolor
El hombre es fuego y la mujer estopa: llega el diablo y sopla

 Ni la estopa entre tizones, ni la mujer entre varones

lunes, 4 de julio de 2016

Apostillas al refranero. Tres moricas


            En Aragón las hadas reciben diversos nombres, según las zonas. En Ribagorza son conocidas como encantarias, aunque en otras comarcas se las denomina moricas o moras, lo cual no es óbice para que la palabra mora pueda también referirse a personas oriundas del norte de África y de creencias islámicas, como sucede en la leyenda de Las tres moricas. Cuentan que en Sabiñán tres cristianos jóvenes trabajaban las tierras de un musulmán rico y poderoso que tenía tres hijas. Las tres se enamoraron de sendos trabajadores cristianos. Pero, enterado el padre de la pasión de sus muchachas, las encerró en un torreón que tenía en el campo. Los cristianos descubrieron el lugar del encierro, rompieron los candados y se reunieron con las moricas que abjuraron de su fe y se convirtieron al cristianismo, desposándose con los obreros. Sabedor el padre de la apostasía de las hijas y de la villanía de sus matrimonios, envió contra los cristianos a una pandilla de secuaces que asesinó a los jóvenes y devolvió las muchachas a la custodia paterna. El padre las sometió a duras pruebas y castigos, de modo que fueron languideciendo y murieron. Cuentan también que en la noche de San Juan las tres moricas vuelan transformadas en palomas desde la casa del padre a la torre donde sus amantes y esposos murieron asesinados.
 

RECUERDA:

 Tres tocas a un hogar mal se pueden concertar
Tres en el año, tres en el mes, tres en el día y en cada una tres
Tres eran, tres, las hijas de Elena; tres eran, tres, y ninguna era buena
Tres cosas hay conformes en el mundo: el clérigo, el abogado y el muerto
Tres cosas hay que matan al hombre: putas, juegos y cenar pasadas las doce
Tres cosas hay que matan al hombre, putas, dados y tientos frecuentes al odre
Tres años, un cesto; tres cestos, un can; tres canes, un caballo; tres caballos, un hombre; tres hombres, un elefante

 Una buena cabra, una buena mula y una buena mujer, son muy malas bestias las tres

 

Observación: Confesiones, cópulas, comidas y tragos.

lunes, 27 de junio de 2016

Apostillas al refranero. Misa antes de la alborada


            Se cuenta que hace siglos un día las campanas de la iglesia de Benasque llamaron a misa mucho antes de que rayara el día, tan a deshora que sorprendieron a la dulera, la mujer que lleva a pastar las cabras de los vecinos del pueblo, que aún no había hecho sonar el cuerno, y se preguntaba quién diría la misa a aquellas horas. Cuando sonó la última llamada solo alguna mujer mayor acudía al templo, casi sobre el último tañido de la campana, pues el mosén no había avisado con anterioridad de tal celebración. Cuando las escasas asistentes entraron en la iglesia, el cura se hallaba ya ante el altar y la casulla era de misa de difuntos. Las viejas se miraron, pues aquel cura por detrás no tenía el aspecto de su párroco: era más alto, y la casulla le colgaba como si pendiera de una percha. Extrañadas, siguieron los latines litúrgicos hasta el momento en que el cura se volvió para el ‘Dóminus vobiscum’ en que, aterradas, vieron que la cara del sacerdote era una descarnada calavera. Salieron del templo como almas en pena, y la noticia se extendió por el lugar como reguero de pólvora encendida y fue comidilla diaria, así que cuando al cabo del tiempo volvieron las campanas a llamar a misa antes del alba, fueron los feligreses que acudieron más numerosos, y ya no solo mujeres ancianas. También el cura se hallaba ante el altar, dispuesto a comenzar, y todo fue sucediendo lo mismo que en la primera misa, hasta que se volvió el celebrante, momento en que todos los asistentes, menos uno, que aguantó venciendo los temores, salieron disparados como cohetes. Dio el extraño cura la bendición al valiente y se retiró a la sacristía. Dicen que cuando llegaron en tropel el mosén titular y una serie de curiosos, en la sacristía ya no había  nadie, y el párroco constató que todo se hallaba conforme él lo había dejado la noche anterior. Dicen también que nunca han vuelto a sonar después las campanas a deshora.

RECUERDA:

Más vale poco que nada
Más vale tarde que nunca
El que la sigue la consigue
Uno y ninguno, todo es uno
Mejor es pan duro que ninguno
Todo es menester, sopas y sorber
No hay cosa honesta que provechosa no sea

 No hay ruin que no se tenga por bueno

lunes, 20 de junio de 2016

Apostillas al refranero. Amigos, mujeres y traiciones


            Íñigo de Zaidín fue un noble aragonés del siglo XIII, compañero riguroso  a lo largo de la vida de quien llegaría a ostentar el título de Rey Jaime I el Conquistador. De niños se educaron juntos en el castillo de Monzón, en la juventud pelearon codo con codo en las mismas lides. La constancia, el valor, la fidelidad para con su amigo hicieron de Íñigo el modelo de caballero que imitar. En la conquista de Mallorca fue tal el arrojo y la valentía de que hizo gala que su amigo, el rey, le entregó como esclava a la hija del mismísimo monarca a que acababan de derrotar. La mora poco a poco fue adueñándose del corazón del caballero. La recompensa del rey Jaime no acabó ahí: Cuando decidió invadir la isla de Ibiza, puso al frente de la expedición a su mejor amigo y compañero. Sin embargo, la empresa resultó un desastre. Los cristianos no sorprendieron a los moros ibicencos sino que fueron sorprendidos desde el primer momento con fuerte resistencia, como si conocieran de antemano en lugar en que iban a desembarcar y adivinaran una y otra vez sus estrategias, así que el ejército aragonés fue masacrado y de Íñigo de Zaidín no volvió a saberse nada. Años después, un anacoreta se hacía famoso en las laderas del Monte Perdido por su ascetismo riguroso, por su bondad y por su entrega a quienes a él acudían en demanda de orientación o consejo. Cuando se produjo el fallecimiento del eremita en la cueva donde se recogía, quienes acudieron a darle tierra encontraron un pergamino, diz que escrito con sangre, en que el caballero Íñigo de Zaidín pedía perdón a Jaime I por haberlo traicionado a él y a los camaradas de armas en la desastrosa expedición, por amor a su esclava mora.

RECUERDA:

Son uña y carne
El peor testigo, el que fue tu amigo
Cuando fueres a la venta, que la ventera sea tu parienta
Si quieres de tu amigo probar la voluntad, finge necesidad
Lo malo me compre el amigo, que lo bueno ya está vendido
La tramontana no tiene abrigo ni el hombre pobre tiene amigo
Reniego del amigo que conmigo come lo mío y lo suyo consigo

 El perro es mi amigo, la mujer mi enemigo y el hijo mi señor

lunes, 13 de junio de 2016

Apostillas al refranero. Los amantes de Graus


            En Graus, villa-capital de Ribagorza, emplazada en la confluencia del río Isábena con el Ésera, afluente del Cinca, vivía en el siglo XVI,  la familia Pinilla en su casa solariega, en cuya fachada, hoy ‘Casa de don Carlos’, puede leerse una inscripción curiosísima. El origen de ella me aseguran que es este: Don Rodrigo Mur, Señor de la Pinilla, debió ser un embustero, falso y astuto, perseguido y reiteradamente multado por el estraperlo de caballos en la frontera hispano-francesa. Parece ser que para remediar las mermas de su hacienda a causa de las irregularidades contrabandistas y de las apuestas, a que era muy aficionado, pretendía casar a su hijo mayor, del mismo nombre, con una hermosa y acaudaladísima grausina, doña Margarita de Solano. Pero don Rodrigo hijo iba de por libre, y su corazón se había prendado de una joven ni tan acaudalada ni tan noble, así que entre los dos Rodrigos hubo sus dimes y diretes. El papá fue ajusticiado en Francia, después de, aseguran, intentar asesinar al exsecretario de Felipe II, huido al país ultramontano. El óbito facilitó las cosas a Rodrigo hijo que casó con la mozuela de sus sueños, Marieta o María, más popularmente conocida como Marica. El banquete, claro está, se celebró en la casa solariega en cuyo comedor se habían instalado zócalos de cerámica turolense, discretamente cubiertos por cortinillas de lienzo que, corridas, dejaron ver una leyenda en grandes caracteres entrelazados que, según queda dicho, reza hoy en la fachada: RODRIGO AMA A MARICA.

RECUERDA:

Ayúdate y te ayudaré
Hago de mi capa un sayo
Tiene ayuda el que la procura
Poco a poco hila la vieja el copo
Si quieres oveja, ándate tras ella
Sigue la hormiga si quieres vivir sin fatiga
Tantas veces da la gotera en la piedra que al fin hace mella
Llevando cada viaje un grano, abastece la hormiga su granero para el año

 El viento que corre mueve la veleta, pero no la torre

lunes, 6 de junio de 2016

Apostillas al refranero. Netú el ególatra


            Cuando los dioses del Olimpo hubieron vencido a los gigantes, alguno de los derrotados consiguió esconderse en lugares recónditos. El más perverso de ellos, Netú, lo hizo en los Pirineos entre los Montes Perdidos y la Maladeta, disfrazado de pastor. Egoísta, todo era poco para sus rebaños y se apoderaba de los prados ajenos; cruel, no le importaba matar a quienes se le oponían, haciéndolos desaparecer en los glaciares. Un día en Benasque apareció un joven que pronto se ganó la simpatía de las gentes, porque era muy desprendido y abierto. Trabajaba por la comida en lo que fuera: limpiar los establos, ayudar a parir una vaca, escribir una carta al hijo de una madre analfabeta… Encandilaba a los niños cantándoles canciones o narrándoles leyendas. ¡Todos lo querían! Llegado el verano manifestó su deseo de cruzar las montañas, cosa que le suplicaron encarecidamente no hiciera; pero nadie pudo convencerlo, así que una mañana muy temprano lo vieron partir apenados. Anduvo…, anduvo…, anduvo…; acabó sus provisiones y, hambriento y agotado, una tarde vio desde una cumbre un hermoso valle donde pastaba un rebaño. Pensó que allí podría recuperarse del agotamiento. ¡No conocía a Netú, el gigantón dueño del rebaño, frío como el témpano, malencarado e insolidario! Cuando le rogó algo para llevarse a la boca, el gigantón lo rechazó y le ordenó abandonara los prados de sus reses. Apenado el viajero, le preguntó por qué odiaba, por qué su corazón era tan duro que asemejaba las rocas de las montañas. Netú soltó una carcajada e inmediatamente se transformó en el pico rocoso más alto de la cordillera: el Aneto.

 RECUERDA:

 La avaricia rompe el saco
Quien todo lo abarca poco ata
Sobre dinero no hay compañero
Quien no da nudo pierde punto
El que mucho corre pronto para
Quien mucho abarca poco aprieta
Cada uno va a su avío y yo al mío
Cada cual arrima el ascua a su sardina

 El diablo a los suyos quiere

lunes, 23 de mayo de 2016

Apostillas al refranero. Fortuño, el almogávar


            En un pueblecito del Pirineo oscense vivía feliz Fortuño con su esposa y su hijo. Solo una cosa le preocupaba, los dimes y diretes acerca de unos invasores africanos que habían derrotado las tropas del rey y se extendían rápidamente por sus tierras. Se decía que ya ocupaban Huesca y que se habían comportado como salvajes con quienes no aceptaban sus imposiciones. Corrían rumores de que se acercaban a la sierra de Guara en sus algaras, en las que arrasaban a hierro y fuego cuanto hallaban a su alcance. A pesar de todo, él seguía haciendo su vida. Aún no había amanecido aquel día de finales de mayo, cuando salió de caza acompañado solo de sus perros, pues no le gustaba cazar con nadie: su fuerza, su maña y su agilidad le permitían la caza mayor en soledad. Al atardecer, había cobrado un sarrio y dos jabalíes, a los que estaba preparando para llevárselos en la parihuela que de inmediato iba a preparar con ramas de abeto. La noche había caído cuando se puso en camino. Desde la altura oteó el valle, y la sangre se le heló en las venas, pues el resplandor de un incendio iluminaba el cielo de la aldea. Se lanzó como una saeta monte abajo y cuando llegó, todo ardía por los cuatro costados. Corrió a la cabaña, abatiendo a cuanto desconocido halló a su paso. La puerta había sido reventada y sobre la cama se hallaban despanzurrados la esposa y el niño. Un alarido animal salió de su garganta. Cuando pudo reaccionar, los asaltantes se habían retirado. Empleó el resto de la noche en enterrar los cadáveres sin soltar una lágrima, hosco, reconcentrado. Al cabo de cierto tiempo, por las sierras aledañas corrió la noticia de que un cristiano desalmado atacaba a los invasores con crueldad inimaginable, que su fama atraía a cuantos deseaban oponerse a los moros, quienes lo temían, lo odiaban y ofrecían premios por su cabeza. Lo conocían como ‘el almugawir’, esto es, el incursor, el salteador, el almogávar.

RECUERDA:

 Preso y cautivo no tienen amigos
Al amigo y al caballo no cansallos
Culos conocidos, de lejos se dan silbos
No hay pariente como el amigo en el mal
Bueno es tener amigos hasta en el infierno
En la mucha necesidad dice el amigo la verdad
Peor es estar sin amigos que cercado de enemigos
Más valen amigos en la plaza que dineros en el arca
El diente y el amigo, sufrirlos con su dolor y su vicio

 En tiempo de higos, no hay amigos