domingo, 20 de septiembre de 2015

Apostillas al refranero. Todos iguales


            En la plaza de la Virgen, haciendo esquina con la calle Micalet, frente a la puerta de los Apóstoles de la Catedral, se encuentra la casa Vestuario, edificio del siglo XVIII que alberga hoy una biblioteca. En este lugar, se reúnen los jueves los ocho miembros, todos varones, que forman parte del Tribunal de les Aigües de la Vega de València y, a punto de sonar la primera campanada de las doce en la Miquel, van saliendo para ocupar sus lugares en el tribunal. Revestidos con los blusones negros propios de la indumentaria típica de los labradores de la huerta valenciana, se sitúan frente a los escabeles dispuestos en semicírculo ante la puerta. A una señal, se sientan en los lugares que les corresponden. Inmediatamente el alguacil requiere en valenciano si hay denunciantes que deseen comunicar transgresiones a las normas y costumbres y citan una por una las antiguas acequias de riego que, un poco más allá rodean al padre Turia en la fuente alzada en el centro de la plaza, simbolizadas como niñas con el peinado de falleras, portadoras de sendas ánforas de las que mana un chorro de agua. Los integrantes del tribunal deliberan también en valenciano y emiten la sentencia que consideran justa. Aunque no sean jueces en sí, sus decisiones son irrevocables. No existe documentación escrita de sus sentencias, ya que sus actuaciones han sido siempre orales. Se considera una de las instituciones más antiguas y existen investigadores que hacen remontar sus intervenciones a la época del califa Abderramán III, allá por el año 960. A pesar de su longevidad y de la admiración que suscita, hay quienes piensan que hoy en día no pasa de ser un acto meramente folclórico.


RECUERDA:

 
El sol sale para todos
Aunque negros, gente somos
Cuando el sol sale, para todos sale
Tan presto va el cordero como el carnero
Cuando Dios amanece, para todos amanece
Muere el rey y el papa y el que no tiene capa
Todos tenemos culo, por la mayor ventura del mundo
Todos somos hijos de Adán y Eva, aunque nos diferencia la seda
Para elegir diputado tanto vale el voto del imbécil como el del sabio

 Todos prefieren ser ralos que calvos
 

martes, 15 de septiembre de 2015

Apostillas al refranero. Espectacular pero gafe


            En el tramo final del antiguo cauce del río Turia se alza la conocida en Valencia como Ciutat de les Arts y les Ciències, un conjunto de edificios vanguardistas espectaculares proyectados por el arquitecto Santiago Calatrava: el palau de les Arts Reina Sofía, l’Hemisfèric, l’Umbracle, el Museo de las Ciencias, el puente de l’Assut de l’Or, popularmente conocido como Jamonero, y el Ágora, en cuya construcción se ha empleado cemento blanco, vidrio, acero, granito y planchas de cerámica como revestimiento, a las que se denomina trencadís. El único edificio ultramoderno de la zona no diseñado por Calatrava, sino por Félix Candela es l’Oceanogràfic, cuyas cubiertas parabólicas evocan nenúfares que flotaran en el agua. De los calatraveños, acaso el más aparatoso e impresionante sea el palau de les Arts que, según la perspectiva, puede semejar un barco o el casco gigantesco de un guerrero cósmico, con una longitud de más de doscientos metros, ochenta de anchura y setenta y cinco de altura. Sin embargo, parece que al pobre un maleficio lo hubira hechizado, pues primero se inundaron sus salas ropero y se echó a perder el vestuario de una ópera cuya puesta en escena hubo de posponerse. Más tarde, se desprendieron muchos metros cuadrados del trencadís del casco, fue necesario retirar el resto y hacer un nuevo recubrimiento. Para remate de fiestas, la directora de programación fue acusada ante los tribunales por malversación y aún continúa la Justicia instruyendo la causa. En fin, ni que fuera el rigor de las desdichas.

 
RECUERDA:

 
El agua cuesta arriba dura poco
Nadar y nadar y a la orilla ahogar
Predicar en desierto, sermón perdido
Más enseñan los desengaños que los años
Agua en cesto, amor de niño y viento de culo todo es uno
Sacó lo que la negra en el sermón, la cabeza caliente y los pies fríos

 ¡Qué más quisiera el gato que lamer el plato!

 

 

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Apostillas al refranero. Arte y lección moral


De las cuatro puertas que posee el salón de la Lonja de la Seda, la que me parece más hermosa es aquella por la que se accede desde la Avenida de María Cristina, a la altura de la Plaza del Mercado, y que queda frente a la iglesia de los Santos Juanes, el Bautista y el Evangelista. La portada se halla flanqueada por dos pináculos que se alzan a partir de sendas bocas situadas en sus bases, bocas de las que surgen dos narraciones esculpidas en piedra que refieren el mismo hecho. Pero, aunque se trate de idéntico asunto, las narraciones no coinciden exactamente en los detalles expresados, tal vez porque uno de los narradores miente descaradamente o quizá exagere en determinados aspectos, lo cual es también un modo de faltar a la verdad. Sea como fuere, estimo que lo que se ha pretendido es extraer una lección moral a través de una obra artística aun siendo un edificio de carácter civil. Y en aras a esa lección, en el tímpano que preside la puerta, la Virgen y el Niño parecen dirimir la posible controversia que la distinta versión pudiera haber creado. Y me pregunto: ¿Realmente serían los mercaderes permeables a las enseñanzas grabadas en la piedra?

 
RECUERDA:

 
La verdad es hija de Dios
Los refranes son evangelios chiquitos
La verdad, como el olio, nada en somo
La verdad tiene fuerza, porque no quiebra
La verdad es amarga: quien la dice no medra
La verdad adelgaza, pero no quiebra su hilaza
Para verdades el tiempo, y para justicias, Dios
Los refranes son hermanos bastardos del Evangelio
No se menea la hoja del árbol sin la voluntad de Dios

 Verdad de Pero Grullo, que a la mano cerrada la llamaba puño

 

jueves, 3 de septiembre de 2015

Apostillas al refranero. Catalina y Micalet


            ¡Qué orgulloso se sintió el Micalet allá por 1424 cuando, colocada oficialmente por los canteros la última piedra, vislumbró desde la atalaya de su azotea las cúpulas de cerámica azul de  las cercanas capillas y  fue consciente de que sobrepasaba a todas las torres, tanto las aledañas como las más lejanas! Satisfecho, respiró hondo, rey y señor indiscutible de las alturas de la ciudad. Pasaron los días y los meses y los años; y casi dos siglos y medio pasado habían, cuando a finales del XVII, de la iglesia de santa Catalina y sobre los tejados del antiguo barrio musulmán del comercio comenzó a emerger una esbelta torre exagonal que, como caña de trigo, creció rápidamente ante los ojos del Micalet; y al tiempo que su esbeltez, elegancia y belleza femenina hicieron enternecer las entrañas del vetusto torreón, lo llenaron de inquietud y lo sacaron de sus casillas, pues la nueva torre, con la cúpula alzada sobre su terraza, la bola metálica y la veleta, lo sobrepasó nada menos que en cinco metros. ¡Había perdido el liderazgo mantenido durante tanto tiempo! Enamorado hasta los tuétanos de aquella increíble maravilla barroca, tan ornamental, tan estilizada, tan delicadamente femenina, tan profusamente rica, la piropeaba y galanteaba; mas, como sintiera hondamente herido su orgullo, trabajó en secreto para que, sin que ella lo advirtiera, pudiera él recuperar la primacía perdida. Y tanto, tanto, tanto insistió que allá por 1727, le colocaron sobre la terraza, una espadaña que, a modo de cresta, le devolvió la prioridad. Y sin mayores problemas, hasta el día de hoy continúa el idilio de la sutil torre de santa Catalina y el compacto Micalet.

 
RECUERDA:

 
La hermosa al desdén parece bien
La hermosa abrasa con solo mirarla
Dile que es hermosa y se volverá loca
A la moza lozana, hechos y no palabras
Hombre apasionado no quiere ser consolado
Si la morena tiene gracia, más vale que la blanca
Cabra que tira al monte no hay cabrero que la guarde
Si la mozuela fuere loca, anden las manos y calle la boca

 Quien a lo feo ama, bonito le parece

jueves, 27 de agosto de 2015

Apostillas al refranero. La cacatúa chismosa.


             La Plaza del Mercado de Valencia es una encrucijada que rezuma datos cargados de historia. Fue cementerio islámico hasta el siglo XIV, extramuros de la ciudad. Absorbido después por la urbe, se instaló en él la picota, lugar donde se ajusticiaba a los condenados, hasta el siglo XIX. Al mismo tiempo sirvió como palenque para la celebración de justas y torneos primero, y más tarde como coso en que los caballeros alanceaban reses bravas. En el espacio donde había estado situado el convento de la Magdalena se alzó el llamado Mercado Nuevo, derruido a finales del siglo XIX y sustituido por el Mercado Central, construido entre 1915 y 1928.  El centro de este edificio modernista es una cúpula de treinta metros de altura, de metal forjado y vidrio emplomado, decorada con cerámica de color azul y productos de la huerta valenciana, especialmente limones y naranjas. La figura más conocida es la cotorra del mercat, situada como veleta sobre una corona dorada, que atisba con penetrante mirada amarilla cuanto en el mercado se ofrece y cuanto en él y en los lugares aledaños acontece; y cuentista, murmuradora, chismosa, cotilla y cizañera pregona a los cuatro vientos cuanto detectan sus orificios nasales, sus oídos y sus negras pupilas.

 
RECUERDA:

 
La murmuración, aceituna es de postre
Diga mi vecina y tenga mi costal harina
El ruin de Roma, en mentándolo, asoma
Si bien bailo o mal bailo, mi cuerpo solazo
Tijeras malas hicieron a mi padre boquituerto
Mal me quiere y peor me querrá al que dijere verdad
Bien me quieren mis vecinas porque les digo mentiras
Mal me quieren mis comadres porque les digo verdades
Va la moza al río: no cuenta lo suyo y cuenta lo de su vecino

 La murmuración se pasa y la hacienda se queda en casa

viernes, 21 de agosto de 2015

Apostillas al refranero. Gárgolas, arremangamientos y procacidades


            Si por su belleza y elegancia la Lonja de la Seda y Consulado del Mar es símbolo arquitectónico de Valencia, es también suma iconográfica de cuanto podemos hallarnos en la sociedad, no solo de lo bueno sino también de lo malo, de lo aceptable y de lo reprobable. En los monumentos góticos, las gárgolas han sido siempre, incluso en las catedrales, lugares preferidos por los canteros para desahogar sus fantasías, dejar volar su imaginación, plasmar sus osadías, irreverencias y procacidades. Aún recuerdo la visita que hice al edificio un sábado por la mañana allá por los años ochenta con dos compañeros y el jolgorio que nos traíamos con el descubrimiento que hacíamos de desvergüenzas desde una isleta de tráfico de la Plaza del Mercado: la mujer que, pechos al aire, separa la ropa de su saya con las manos para mostrar su entrepierna en tanto ofrece abierta sensualmente su boca; un poco a la derecha, un monje sostiene entre sus brazos un animal medio cerdo, medio delfín, al que está violando en un acto de bestialidad que le provoca hondo placer; más a la derecha, un individuo señala un culo bien formado cuyo ano indica de modo ostensible; otra semeja un monstruo que acaba de defecar y muestra la satisfacción y el alivio que el acto le ha producido. Pero no solo en las gárgolas. También en los dinteles de las ventanas, en las cornisas, en las ménsulas se observan escenas como individuos que lavan el culo a otros que, ligeramente agachados, muestran en perspectiva posterior sus colgantes atributos sexuales masculinos con todo detalle.

 
RECUERDA:

 
Quien mucho se baja, el culo enseña
Una vez que me arremangué, toda me ensucié
El día que no escobé vino a mi casa quien no pensé
Para una vez que me agaché, la fandanga se me vio
El día que no me afeité vino a mi casa quien no pensé
Nunca viene sino cuando meo y me halla arremangada
A quien mucho se arremanga, se le ve el culo y la nalga

 Se tapaba Maricuela y dejaba el culo fuera

domingo, 16 de agosto de 2015

Apostillas al refranero. Torres, campanas y lunas.


          La torre campanario de la catedral de Valencia es conocida como el Micalet (Miguelete) por dar alojo en su terraza a una enorme campana, la Miquel, de 7805 kg., de voz grave, profunda, ronca, cavernosa, que marca el paso de las horas. Torre gótica, octogonal, masculina, maciza, que en las noches serenas de luna llena requiere de amores a la cercana, femenina, espigada, graciosa y esbelta de santa Catalina. El Micalet mide lo mismo de perímetro que de altura (51 metros) y se alza en cuatro cuerpos, con allá por doscientos escalones de ascensión que subí cuando contaba treinta años con mi hija menor en brazos, cosa que no se me volverá a ocurrir hacer jamás. Ocupa el primer cuerpo el comienzo de la escalera. El segundo lo constituye una sala octogonal donde otrora se acogían a sagrado los delincuentes perseguidos por la Justicia. En el tercero tenía su morada el campanero. Exteriormente, esos cuerpos son lisos. El cuarto, que ofrece un ventanal en cada cara y sobre los ventanales filigranas góticas, aloja en el interior once campanas. La más antigua, la Catalina, fundida en 1305 y cuyo peso supera los cinco quintales métricos, y la más moderna, la Bárbara, de 767 kg., colocada en 1681. La más pequeña es la Úrsula, con solo 307 kg., cuya fecha de instalación se ignora, cosa que tiene un poco desconcertada a la campana. La Manuel se instaló en 1437 y reproduce el toque con que se avisaba el cierre de las puertas de entrada a la ciudad en la Edad Media, para que todos se apresuraran y nadie se quedase a la luna de Valencia. En el siglo XVIII en la terraza del Micalet, se levantó una espadaña con el escudo de la ciudad que sirve de soporte también a la san Vicente Ferrer que es la que marca los cuartos y las medias.

 
RECUERDA:

 
A otra cosa, mariposa
A otra rosa, mariposa
No hay caballo sin tacha
Presto es hecho lo que es bien hecho
No existe casa donde no haya ‘¡calla!, ¡calla!’
No está en hacerlo pronto, sino en hacerlo bien
Procure ser en todo lo posible el que ha de reprender irreprensible

 ¡Ojo alerta con la moza y con la puerta!