domingo, 1 de marzo de 2015

Apostillas al refranero: Los sigilosos pasos del tiempo


            Si alguien así, de sopetón, te preguntara ‘¿qué es el tiempo?’, ¿serías capaz de contestar con precisión?, ¿o balbucearías un no sé qué que busca responder de  modo medianamente razonable?, ¿o responderías a la gallega, inquiriendo a qué tipo de tiempo se refería, al astronómico, al físico, al meteorológico, al filosófico, al gramatical o al musical?, ¿o, finalmente, suspirarías hondo y dirías que es algo que sientes, que vives, que adviertes, pero que en el fondo ignoras lo que es? Creo recordar que Eduardo Criado en su comedia Cuando las nubes cambian de nariz hace que un personaje seráfico pregunte a un humano que ha tenido un accidente y se halla en la antesala del juicio de su vida ¿qué es la electricidad? Como el recién fallecido no es capaz de responderle, exclama: “¡Ay, si supieseis lo que es la electricidad!” Pues del mismo modo que ignoramos lo que la electricidad sea, pese a que conozcamos sus manifestaciones y efectos, difícilmente podremos comprender lo que es el tiempo, porque a ciencia cierta tampoco lo sabemos, aunque nos demos cuenta perfecta también de las transformaciones que provoca en todos y en todo. Si bien en ocasiones puede actuar como bálsamo, lo habitual es lo contrario, de modo que no puede resultarnos extraño que Quevedo, en desgarrador lamento se queje del resultado de su devenir en el desolador soneto que comienza: “¡Cómo de entre mis manos te resbalas! / ¡Oh, cómo te deslizas, edad mía!”

 
RECUERDA:

 
El tiempo es el gran ungüento
Cuanto el tiempo hace, lo deshace
A la corta o a la larga, todo se paga
A la pera dura, el tiempo la madura
A cada puerco le llega su san Martín
El tiempo cura las cosas y trae las rosas
No hay plazo tan lejano que no asuste al pagano
Ninguna cosa hay tan dura que el tiempo no la madura
No hay plazo que no se llegue ni deuda que no se pague
 

 El tiempo presente, al mentarlo ya es ausente

jueves, 26 de febrero de 2015

Apostillas al refranero. En casa llena...

            Fue José Zorrilla el poeta romántico español más famoso en su época, el más popular, hasta el punto de que ser coronado poeta nacional entre aclamaciones en Granada en 1889. A pesar de ello, pasó en su vida bastantes estrecheces. A los 19 años se fugó de la casa del padre, hombre rígido e intransigente, para irse a Madrid, donde pasa varios meses de privaciones hasta que se da a conocer gracias a un poema que recita en el cementerio de Fuencarral con voz cálida, bien timbrada, solemne y sonora, ante el cadáver de Mariano José de Larra. El hecho le granjea la amistad de un grupo numeroso de poetas consagrados y le abre las puertas de diversas publicaciones. A los 22 años casa con Florentina O’Reilly, viuda, cercana a los cuarenta y sin dinero. Lo curioso es que fue el propio hijo de la dama quien se lo llevó a casa para presentarlo a la madre. Surgió el flechazo, y lo demás se adivina. Tras cuatro años de convivencia el joven José inicia una huida, que durará hasta la muerte de Florentina, pues él era muy enamoradizo, tenía bastante aceptación entre las mujeres, y ella terriblemente celosa. Primero por Francia y después por Méjico. Sus apuros económicos, pese al éxito, son constantes, pues malgasta sin miramiento y a manos llenas cuanto gana. Para mayor befa, en un momento de apuro, vende los derechos de impresión y representación del Don Juan Tenorio por un precio ridículo, 4200 reales,  así que ha de ver en el futuro cómo los empresarios e impresores se forran año tras año, mientras él se ve en necesidad. El tiempo que pasó en el país hispanoamericano lo vive de la hospitalidad de sus admiradores y amigos, que le dieron mesa y cama en sus haciendas durante doce años, y de las ayudas del emperador Maximiliano. De regreso a España fue objeto de homenajes constantes, mas como la fama no alimenta, hubo de pedir al Gobierno una subvención y hacer declamaciones poéticas por toda la geografía española.
 
RECUERDA:
 El que guarda halla
Un ojo al plato y otro al gato
Más vale prever que lamentar
En casa llena presto se pone la cena
Quien guarda halla y quien cría mata
Aquel es buen día cuando la sartén chilla
El que tuvo y retuvo, guardó para la vejez
Cuando la sartén chilla, algo hay en la villa
 
 El que no tiene cabeza tiene que tener pies


domingo, 22 de febrero de 2015

Apostillas al refranero. Hambre y salsas

                ¿Has pensado alguna vez lo que sería una hambre de tres semanas? Yo no soy capaz de imaginarla y, sin embargo, hay muchas regiones en que la pasan. A lo más que llego, solo con la imaginación, es a la que dice Pablos sufrió en casa del dómine Cabra: “Entramos primer domingo después de Cuaresma en poder de la hambre viva... Yo miré lo primero por los gatos, y, como no los vi, pregunté por qué no los había a un criado antiguo, el cual, de flaco, estaba ya con la marca del pupilaje. Comenzó a enternecerse, y dijo: ‘¿Cómo gatos? Pues quién os ha dicho a vos que los gatos son amigos de ayunos y penitencias? En lo gordo se os echa de ver que sois nuevo’. Yo, con esto, me comencé a afligir, y más me asusté cuando advertí que todos los que vivían en el pupilaje de antes, estaban como leznas, con unas caras que parecía se afeitaban con diaquilón. Sentose el licenciado Cabra y echó la bendición. Comieron una comida eterna, sin principio ni fin. Trajeron caldo en unas escudillas de madera, tan claro, que en comer una dellas peligrara Narciso más que en la fuente... Acabaron de comer y quedaron unos mendrugos en la mesa y, en el plato, dos pellejos y unos güesos; y dijo el pupilero: ‘Quede esto para los criados, que también han de comer; no lo queramos todo’. Sentámonos nosotros, y yo, que vi el negocio malparado y que mis tripas pedían justicia, como más sano y más fuerte que los otros, arremetí al plato, como arremetieron todos, y emboqueme de tres mendrugos los dos y el un pellejo. Comenzaron los otros a gruñir. Al ruido entró Cabra, diciendo: ‘Coman como hermanos, pues Dios les ha dado con qué. No riñan, que para todos hay’... Diome gana de descomer aunque no había comido... y pregunté por las necesarias a un antiguo, y díjome: ‘Como no lo son en esta casa, no las hay. Para una vez que os proveeréis mientras aquí estuviéredes, dondequiera podréis; que aquí estoy dos meses ha, y no he hecho tal cosa sino el día que entré, como agora vos, de lo que cené en mi casa la noche antes’.
 
RECUERDA:
 A buen hambre no hay pan duro
Quien tiene hambre con pan sueña
Hambre larga nunca repara en salsas
No hay tal comer como al pie de obra
Donde no hay harina todo es mohína
El pobre que pide pan acepta carne si se la dan
A quien tiene buenas ganas poco apetito le basta
A mi padre llaman Hogaza y yo me muero de hambre
 
 Hambre que espera hartura no puede llamarse hambre


sábado, 14 de febrero de 2015

Apostillas al refranero. Calidad

            Si la calidad de una persona se mide por su prestigio y por su popularidad, uno de las más grandes de todos los tiempos debió ser Lope de Vega. El ascendiente sobre sus contemporáneos, nobles, eclesiásticos, plebeyos, fue extraordinario; la fama de que gozó llegó a límites incomparables. Su nombre era bisbiseado y coreado  en todos los ambientes; en él se personificaba todo lo bueno: cuando algo agradaba, cuando algo se ofrecía como excelente, se decía que era de Lope. Dice Juan Pérez de Montalbán que, una mujer presenciaba el paso de un cortejo fúnebre tan numeroso y bien organizado que exclamó: “Sin duda este entierro es de Lope”, y en efecto acertó. Personajes extranjeros acudían a Madrid solo por verlo. El retrato del comediógrafo figuraba en el lugar preferente de muchas casas. Se llegó a crear una parodia del Credo, prohibida por la Inquisición, que comenzaba: ‘Creo en Lope de Vega, todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra...’ Los habitantes de la Villa y Corte lo mostraban a los forasteros como si de una iglesia, un palacio, un monumento se tratara. Si la calidad de la persona se midiera por  la cantidad y calidad de amigos y enemigos, también marcharía muy destacado. Amigos: Quevedo, Salas Barbadillo, Pérez de Montalbán, Castillo Solórzano, Francisco Cascales, Francisco Medrano, Saavedra Fajardo; enemigos: Cervantes, Góngora, Villegas, Suárez de Figueroa, Rey de Artieda, Ruiz de Alarcón, Torres Rámila. He citado siete de cada bando para que hubiera empate. De todos modos en la vida de Lope hubo actuaciones en que se advierten dosis elevadas de basura moral: los libelos contra Jerónimo Velázquez; los amoríos con Elena Osorio; hacer pasar como hijos del marido, que estaba en América, los cinco que tuvo con Micalela Luján; sus servicios celestinescos al duque de Sessa; sus amoríos con Marta de Nevares, mujer también casada, cuando él ya era sacerdote...
 
RECUERDA:
 Otro vendrá que bueno me hará
El buen paño en el arca se vende
Cuando seas padre comerás tocino
Cuando seas madre comerás carne
Cuando seas padre comerás huevo
Más vale el hombre que el nombre
Tanto vale un hombre cuanto se estima
Tan contenta va una gallina con un pollo como otra con ocho
 
 Por pulido que sea, no hay culo que no se pea


martes, 10 de febrero de 2015

Apostillas al refranero. Opiniones

            A mi madre le gustaba tricotar y nos tejía los jerséis. Los míos, casi siempre rojos para que dieran con su reflejo color a mis mejillas, siempre tan pálidas. Acababa de estrenar uno, cuando salí a la calle a jugar. Una vecina indiscreta me detuvo y se dedicó concienzudamente a pasar revista a mi estreno, mientras hacía comentarios. Al terminar su inspección me dijo que era muy bonito, pero, como me los hacían siempre del mismo color, parecía que no me cambiaba de jersey. Cuando lo comenté en casa, mi padre, que nunca se metía en nada, pidió con el gesto calma a mi madre, me llevó aparte y me contó la antigua conseja en que un padre y su hijo, vuelven a la aldea andando tras su mula. Se cruzan con un lugareño que se ríe de ellos, por llevar tan descansada  la acémila. Así que montan los dos. Poco más adelante, otro convecino los recrimina por llevar sobrecargada la cabalgadura, de modo que desciende el padre y continúa el hijo a horcajadas sobre la albarda. Apenas han dado unos pasos cuando otro reprocha al muchacho por permitir él, tan joven, que el padre vaya a pie, así que se apea el hijo y monta el padre. Y ya cerca del pueblo, una mujer se encara con el padre por permitir que sea el chiquillo quien vaya andando. El progenitor, harto, manifiesta a su hijo que de allí en adelante harán lo que consideren oportuno. Después, a lo largo de mi vida he recordado muchas veces la anécdota, sobre todo cuando he leído textos como el de Luis de Góngora o el refranero
                                              Ándeme yo caliente
                                            y ríase la gente.
 
Traten otros del gobierno                                       Coma en dorada vajilla
del mundo y sus monarquías                                 el Príncipe mil cuidados,
mientras gobiernan mis días                                 como píldoras dorados;
mantequillas y pan tierno,                                    que yo en mi pobre mesilla
y las mañanas de Invierno                                    quiero más una morcilla
naranjada y aguardiente,                                      que en el asador reviente
            y ríase la gente.                                                     y ríase la gente.
 
RECUERDA:

Para gustos se hacen los colores
Sobre gustos no hay nada escrito
Cada uno dice de la feria según le va en ella
En materia de color, el que a cada uno gusta es el mejor
Saca lo tuyo al mercado: uno dirá bueno y otro dirá malo
Quien casa alza en plaza, unos dicen que es alta, otros que es baja
Pon tu culo en concejo: uno dirá que es blanco, otro que es bermejo
 
Cada uno estornuda como Dios le ayuda


sábado, 7 de febrero de 2015

Apostillas al refranero. Cuentan de un sabio...

            Seguramente en el mundo occidental, el paradigma, el ejemplo de hombre sabio por excelencia sería Sócrates, el filósofo griego que tenía como meta buscar constantemente la verdad, y que se presentaba ante sus conciudadanos como el que no sabía nada. Enemigo acérrimo de las opiniones admitidas sin reflexión, interrogaba e incordiaba a los atenienses, sobre todo a los jóvenes, con el fin de que rechazaran los postulados adquiridos sin haber sido reflexionados, aceptados únicamente porque se los habían ofrecido los maestros. Sostenía que al conocimiento había que llegar por convicción. De este modo socavaba y ponía en solfa el saber aparente, la demagogia rimbombante y los prejuicios de los sofistas. Hombre heroico en su juventud, probado en la batalla, enemigo de la tiranía, fustigador de la apariencia, fue condenado a muerte acusado de haber traicionado las tradiciones atenienses y de haber intentado corromper a la juventud con sus enseñanzas. Sin embargo, su respeto a las leyes atenienses era tal que, cuando le propusieron una evasión ya preparada y con total posibilidad de éxito para evitar la condena, rehusó, se tomó tranquilamente la cicuta y murió dialogando sosegadamente con sus discípulos, como si de una sesión más de su método, la mayéutica, se tratara.
 
RECUERDA:
 
Quien más sabe más duda
El que no duda no aprende
Quien mucho sabe más ignora
Nunca dice el sabio “no pensé”
Quien sabe que no sabe, algo sabe
Nada puede la fortuna contra el sabio
Solo el sabio es rico, y valiente el sufrido
A la cama no te irás sin saber una cosa más
Libros hacen muchos sabios, pero pocos ricos
 
 Quien pregunta no yerra, si la pregunta no es necia


martes, 3 de febrero de 2015

Apostillas al refranero. Escaseces y soledades


            A lágrima viva lloré en los Arribes del Duero la noche en que, de niño, la oscuridad se me echó encima en pleno descampado, me cercó el relente y todo a mi alrededor se hizo silencio sospechoso solo roto por el ruido sordo y continuado del agua encajonada del río entre las dos paredes de roca de las márgenes portuguesa y española. Allí, entre hipidos y gimoteos aprendí lo que era la soledad, de la que me arrancó el ruido de unas rápidas, firmes y decididas pisadas de las botas de mi padre en la grava de la estrecha senda en que me encontraba incapaz de dar un paso. Pero en aquel paraje aprendí también a disfrutar de otro tipo de soledad que después me ha llenado de gozo muchas veces: la soledad buscada, la soledad creativa que excita el vuelo de la imaginación, fomenta la práctica de la lectura sosegada y desarrolla la capacidad de reflexión. Lo que no he sido capaz de encontrar aún es la soledad de que habla Miguel de Unamuno, “la absoluta, la completa, la verdadera soledad”, esa que “consiste en no estar ni aun consigo mismo”, aunque, os lo aseguro, tras una breve visita al monasterio carmelita de El Desierto de las Palmas, o mejor dicho, pensando después en cuanto allí experimenté y viví, he creído vislumbrar en qué podría consistir esa soledad.

 
RECUERDA:

 Poco veneno no mata
Un grano no hace granero
Tizón solo no arde sin otro
Para muestra basta un botón
¡Buen puñado son tres moscas!
Un solo golpe no derriba un roble
Huye de la multitud y tendrás quietud
Soy Juan Palomo: yo me lo guiso y yo me lo como
Una golondrina sola no hace verano, ni solo una virtud bienaventurado

 El hombre que busca soledad o apetece mucho de Dios o es bestia brutal