miércoles, 6 de mayo de 2015

Apostillas al refranero. La fruta y el vino


            No suelo comer fuera de casa, pero cuando me he visto obligado a hacerlo, siempre me ha parecido desacertado que, si uno pide fruta de postre, retiren de la mesa el vino. Y cuando lo reclamas, la excusa “es que el vino con la fruta...” casi, casi me molesta. Vayamos por partes: el vino que haya en los recipientes en que se sirve es de quien lo ha pedido, pues que lo abona y, en consecuencia, puede disponer de él como le plazga. En cuanto a la idea de que con la fruta no se toma vino, todo depende: hay fruta que rechaza el vino, la hay que lo admite y la hay que no solo lo admite sino que lo exige, a veces blanco, a veces tan espeso como el de Aragón o el de Toro, por cierto, ya apreciado y famoso en el siglo XIV, citado por el arcipreste de Hita como manjar monjil en el letuario que refiere casi al final del Libro de Buen Amor, cuando intenta conseguir los favores de la monja doña Garoza. Claro, tomado siempre con moderación para que no embote la mente y trabe la lengua de modo que trastabille o haga tartalear lo que uno intenta expresar, y a fin de que no suceda como en la conseja: “Borracha está la ladra, tres días ha que no perra”. Y en apoyo de mi argumentación, he aquí algunos refranes.

 
RECUERDA:

 
Con las peras, vino bebas
Sobre el melón, vino puro
Agua al higo y a la pera vino
Con brevas vino y agua con higos
Peras de vino y vino de manzanas
Con el melocotón, vino gordo de Aragón
Pera, durazno y melón quieren puro el canjilón
Sobre peras vino bebas, tanto que naden las peras

 El vino, comido mejor que bebido

jueves, 30 de abril de 2015

Apostillas al refranero. La felicidad del reloj


            ¡Cuántas veces me habré dicho cada día a lo largo de mi vida, ¡nunca te acostarás sin saber una cosa más! Lo curioso es que a veces me lo tengo que decir por futesas, por naderías, por cosas que debiera necesariamente saber y sin embargo y por desgracia, ignoro. Os contaré una de las últimas: Andaba yo a la caza de alguna idea que me permitiera escribir una apostilla para hilvanar refranes alusivos al paso del tiempo, cuando cayó en mis manos la hoja de calendario del primero de agosto de 2014, viernes, en cuyo reverso se exponía lo sabio que es el reloj. Y, de pronto, ¡la duda! ¿Cuál es la etimología de la palabra reloj? Me dije, el latín, sin duda. Pero no quedé muy satisfecho y me fui a consultar el Breve diccionario etimológico, de Joan Corominas. Y sí, venía del latín ‘horologium’, reloj de sol, no vayáis a pensar otra cosa, que a César solo se le ha visto el reloj de pulsera en alguna versión cinematográfica cómica de su vida. Pero la procedencia no era directa, sino que venía de una forma catalana y dialectal antigua ‘relotge’, que a su vez tenía una forma anterior ‘orollotge’ y que el español tomó como préstamo allá por el año 1400. ¿Y en qué radica la sabiduría del reloj?, os preguntaréis. Según la hoja arriba aludida, en que trabaja más que cualquier humano, aunque lo hace con mayor constancia y regularidad, y más cómodamente, pues marcha siempre segundo a segundo. Además está siempre tranquilo, ya que jamás se inquieta ni por lo hecho el día antes ni por lo que habrá de hacer el día después, así que ni añora ni siente ansiedad. Solo vive el presente, de modo que ni se apresura ni se retrasa. Y está satisfecho por hacer constantemente lo que tiene que hacer: Anda, anda y nunca llega a Peñaranda.

 
RECUERDA:

 
El mundo da muchas vueltas
La Fortuna tiene muchas caras
El tiempo es sabio y el diablo viejo
El tiempo todo lo cura y todo lo muda
El tiempo y las ollas componen las cosas
Más sabe el diablo por viejo que por diablo
El tiempo aclara las cosas y el tiempo las oscurece
El niño recibe el beso gratis, el joven lo roba y el viejo lo paga

 Arrieros somos y en el camino nos veremos

miércoles, 22 de abril de 2015

Apostillas al refranero. Modestos, tierras y tapias


            En su edición vigesimotercera, más conocida como la del tricentenario, el diccionario de la RAEL define en su acepción primera la ‘modestia’ como “virtud que modera, templa y regla las acciones externas, conteniendo al hombre en los límites de su estado, según lo conveniente a él”. Y en su acepción segunda, dice: “Cualidad de humilde, falta de engreimiento o de vanidad”. Modestia y humildad son virtudes, pues, que en gran medida vienen a coincidir. En efecto, define el diccionario en su acepción primera a la humildad como “virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con ese conocimiento”. ¡Casi nada la del ojo! Según solemos ser y mostrarnos, soberbios, engreídos, jactanciosos y arrogantes, me temo muy mucho que debe haber muy poquitas personas en el mundo que realmente conozcan “sus propias limitaciones y debilidades”, y se me antoja más difícil y en consecuencia serán aún menos los que “obran de acuerdo con ese conocimiento”, los que moderen, templen y reglen sus acciones externas. Y es que, convendría sin duda llevar a cabo campañas de sinceridad para que nos convenciéramos de que en primer lugar es necesario saber cómo somos realmente, sin tapujos ni fantasías; en segundo a aceptarnos tales cuales somos, sin engaños ni disfraces; y, una vez despojados de arrogancias, engreimientos, vanidades y jactancias, nos amáramos no solo en lo bueno, sino en las carencias, debilidades y limitaciones, porque únicamente cuando lo hayamos conseguido estaremos en condiciones de “obrar de acuerdo con ese conocimiento”, pues solo entonces desarrollaremos esfuerzo y entrega en favor de quienes tenemos alrededor.

 
RECUERDA:

 
Hasta el fin nadie es dichoso
Nadie se alabe hasta que se acabe
Quien no se alaba de ruin se muere
Somos tierra, y no para tapias buenas
Siéntate en tu lugar y no te harán levantar
Hasta muertos y enterrados, no seáis alabados
Nadie debe ser llamado santo antes de la muerte
Modesto en la prosperidad y cuerdo en la adversidad

 Fray Modesto nunca llegó a abad

jueves, 16 de abril de 2015

Apostillas al refranero. Hidalgos solariegos


               Eran los hidalgos el escalón más bajo de la nobleza castellana. Su condición nobiliaria los eximía de pagar las cargas y tributos que agobiaban a los pecheros, es decir, los plebeyos; pero, como carecían de fortuna, no podían compararse con los grados superiores de la aristocracia, sobre todo con la nobleza titulada. Ello hizo que a lo largo de los siglos naciera en muchos de ellos un sentimiento de envidia y resquemor que, unido a su orgullo desmedido, los condujo a situaciones realmente disparatadas que fueron ridiculizadas en obras literarias de los siglos XVI y XVII. En la Vida de Lazarillo de Tormes, el tercer amo de Lázaro es un hidalgo solariego de Valladolid, quien, según refiere al niño,  posee varias casas, ruinosas, eso sí, porque un noble no podía hacer trabajos manuales, que a estar en condiciones valdrían holgadamente 200000 maravedíes, y un palomar que, de no estar derribado, podría ofrecer a su dueño doscientos palominos al año. Es tal el orgullo de casta del hidalgo, que sale de su lugar de origen para trasladarse a Toledo, solo para no tener que saludar el primero, quitándose el bonete, a otro hidalgo vecino. En la ciudad imperial vive exclusivamente de la apariencia para mantener incólume su honra, pues el secreto de la honra estaba no en ser, sino en parecer. De ahí que, sin haber comido, fingiera limpiarse con una paja supuestos restos de carne en su dentadura, pues en guardar la honra, es decir, en vivir de la apariencia “está todo el caudal de los hombres de bien”. Así que Lázaro se maravillaba de verlo venir a mediodía, la calle abajo más tieso y más largo que galgo de buena casta.

 
RECUERDA:

 
Hasta la muerte, pie fuerte
Cada gorrión tiene su corazón
Cada pajarito tiene su higadito
El hidalgo, antes roto que remendado
Ya que la montaña no viene a mí, iré yo a la montaña
Ya que el molino no va al agua, vaya el agua al molino
El hidalgo pobre, taza de plata, olla de cobre y mesa de roble
Pues que la montaña no va a Mahoma, vaya Mahoma a la montaña

 La vanagloria florece, pero no engrandece

domingo, 12 de abril de 2015

Apostillas al refranero. Lunes de Aguas


            En Salamanca, allá por los esplendores del siglo XVI, llegado el Miércoles de Ceniza, las rameras, alcahuetas, damiselas, busconas, mozas del partido, meretrices, cortesanas, zurronas, perendecas, mujeres de mal vivir,  pelanduscas y putarazanas eran apartadas de los burdeles, expulsadas del recinto de la ciudad y relegadas a las zonas aledañas, en tanto duraba la mortificación cuaresmal y no se celebraba la Pascua. Sin embargo, el Lunes de Aguas, es decir, el lunes siguiente al de Pascua, cumplida la abstinencia, el Concejo salmantino permitía que las damas de la noche volvieran, y los estudiantes subían contracorriente el río Tormes con gran algarabía en busca de las coimas en todo de tipo de barcas fluviales, adornadas con los esquejes que la primavera había ya aportado a las plantas. La vuelta era celebrada con gran alboroto en las fresnedas de las orillas del río, mientras se devoraba el hornazo, una empanada de harina candeal horneada, rellena de abundantes embutidos de la tierra que exigía frecuentes tientos a la bota. Como era de esperar, la tarde acababa entre chirimías en un jolgorio inenarrable y la entrada del séquito en la ciudad. Sin que hoy se dé la previa exclusión cuaresmal, el Lunes de Aguas se sigue conmemorando con masiva salida de estudiantes y salmantinos a degustar el hornazo, acompañado de los gruesos vinos de la tierra en las márgenes del Tormes, aunque ya las chirimías de bienvenida hayan desaparecido.

 
RECUERDA:

 
Por abril, no te descubrir
La primavera la sangre altera
Mes de flores, mes de amores
Sol de marzo hiere como mazo
Toro, gallo, trucha y barbo, en mayo
La abeja y la oveja en abril dejan la pelleja
El avellano y el cabrón en mayo tienen sazón
Hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo
Por abril duerme el mozo ruin; y por mayo, el mozo y el amo

 Por san Lucas, a Alcalá, putas

jueves, 9 de abril de 2015

Apostillas al refranero. De tortijones, culos y...


            En el siglo XX se introdujeron en la lengua española dos cultismos de origen griego que son homófonos y homógrafos, es decir, suenan exactamente igual y se escriben del mismo modo, pero cuyos orígenes etimológicos divergen completamente; por eso, poseen significaciones totalmente diferentes. Son los dos términos ‘escatología’. El primer ‘escatología’, según el diccionario RAE, procede del griego esgatos, que significa ‘último’ y logia, ’estudio’, ‘ciencia’ y que estaría constituido por el conjunto de creencias o doctrinas referentes a la vida de ultratumba y formaría parte de la Teología. El segundo ‘escatología’, tendría su origen en el griego skwr, ’excremento’ y logia, ‘estudio’. Cabrían para esta escatología dos acepciones: la primera sería una acepción científica, a la que nuestros investigadores y médicos han dado el nombre de ‘coprología’, que es el estudio de los excrementos sólidos con diversos fines investigadores y clínicos. La segunda acepción, menos seria y más chocarrera estaría constituida por el uso de expresiones, imágenes y temas livianos, humorísticos e incluso soeces relacionados con los excrementos, tema que posee extensa tradición verbal en el pueblo español, tradición a que no son ajenos muchos de nuestros literatos, incluso los más grandes, aunque el neologismo aún no hubiera entrado en nuestra lengua en la época en que buena parte de tales escritores hizo uso de semejantes ardides, mañas y herramientas.

 
RECUERDA:

 A cada uno le huele bien el pedo de su culo
Tortijones a menudo, mensajeros son del culo
Caga el rey y caga el papa y sin cagar nadie se escapa
Andando por esas matas enseñé a mi culo a malas mañas
Ir a mear y no tirar un pedo es ir a una boda sin tamborilero
Quien mea y no pea es como quien va a la corte y no ve al rey
Aunque soy viejo y cansado, tres cosas bien hago: cuando me acuesto, meo; a media noche peo; y a la mañana cago.

 Hombre velloso o rico o lujurioso

domingo, 5 de abril de 2015

Apostillas al refranero. Obras son amores


            El día 1 de abril hube de tomar en Madrid el autobús urbano 26 para acercarme a Atocha, en cuya estación había de recoger a una amiga que llegaba en el AVE, había de trasladarse a la estación de Chamartín y no conocía los intríngulis de los trenes madrileños de cercanías. Ojeaba el periódico encaramado en uno de los asientos, cuando en una de las paradas vi subir a un señor, aproximadamente de mi edad, que llevaba orgulloso a una chiquilla en brazos, seguido de una mujer joven, mochila a la espalda, bandana a la cabeza, atada bajo el pelo del cogote, a la que seguía otro anciano con el que ella hablaba animadamente y que la seguía portador de una pequeña maleta. Pensé: dos abuelos, orgullosos de su nieta, que acompañan felices el uno a su hija y el otro a su nuera, y forman, satisfechos, la guardia de corps de la pequeñaja. Pero inmediatamente advertí que me había equivocado de medio a medio, pues la supuesta nieta iba inquieta entre los brazos del supuesto abuelo y buscaba insistentemente a la madre. El señor buscó una plaza libre, sentó a la niña, esperó a que llegara la madre y se retiró con leve inclinación de cabeza, sin dejar de sonreír. El que llevaba la maleta, aseguró el equipaje, hizo una caricia a la chiquilla y se apartó en dirección opuesta al otro. Evidentemente la historieta que yo me había montado era más falsa que los testimonios contra Jesús ante Caifás y Anás: ni había relación de parentesco, ni de amistad y posiblemente ni se conocieran. De todos modos, sentí un orgullo profundo por el comportamiento de aquellos dos hombres, de modo que me propuse hacerlos protagonistas incógnitos de la primera apostilla que escribiera: la que estás leyendo y que he terminado a las 12 y 58 del Jueves Santo de 2015.

 
RECUERDA:

 La sal, cuanto sala tanto val
Por sus obras los conoceréis
La cuba huele al vino que tiene
Quien no oye consejo no llega a viejo
El corazón y los ojos nunca son viejos
El agradecido no olvida el bien recibido
No es señor el que nace, sino el que serlo sabe
Viejo soy, mozo fui: nunca al bueno desamparado ni hambriento vi

 Si el mozo supiese y el viejo pudiese no habría nada que no se hiciese