domingo, 8 de junio de 2014

Apostillas al refranero. Vejez y experiencia

     Es duro el recorrido del ser humano por la última etapa de la vida, la ancianidad. Preocupado por los ancianos, don Gregorio Marañón decía que es necesario saber ser viejos, que ese era el gran deber y la gran virtud de los ancianos. Sí, es necesario aprender a vivir con alegría y sin complejos la nueva y última etapa, siendo conscientes de que en efecto es la última. Si yo hubiera sido psiquíatra y algún mayor hubiera venido a mi consulta porque se sintiera inútil, desplazado o estorbo le hubiera puesto ejemplos del cariño, el respeto y la veneración que han ofrecido siempre a sus viejos los pueblos más avanzados de casi todas las civilizaciones en todas las épocas. Y les hubiera dado también como píldoras reconstituyentes algunos de los refranes que hablan de experiencia, de prudencia de sabiduría, de ejemplo...
 
 
     RECUERDA:
 
 
 
Quien más vive más sabe
En consejos, oye a los viejos
Canas y armas ganan batallas
Buey viejo lleva el surco derecho
Al músico viejo le queda el compás
Ni moza sin espejo ni viejo sin consejo
La experiencia es la madre de la ciencia
Mayor honra se debe al que más edad tiene
El mejor maestro es el tiempo y la mejor maestra la experiencia
 
 
Viejo que con moza casó o vive cabrito o muere cabrón


sábado, 7 de junio de 2014

La placa conmemorativa

     Me asusta un poco la fama de serio que me han atribuido. Sí, en ocasiones me acontecen situaciones un tantico peregrinas.  La que refiero tuvo lugar unos días después de la denuncia que la Policía Municipal hizo a doña Esperanza Aguirre por aparcar indebidamente y por el rifirrafe posterior tan aireado a bombo y platillo por los Medios de Comunicación. Hallándonos en Madrid en el mes de abril mi mujer y yo, decidimos un día visitar a mi hermano. Quedamos en encontrarnos en la plaza de Tirso de Molina, donde nos dejaría el autobús. Pues que hacía un día primaveral magnífico, decidimos dar un paseo largo y sin prisas: Calle Toledo, Plaza Mayor, Sol, Arenal, Palacio Real, Plaza de España... Cansado de que ellos dos charlaran y charlaran sin apenas dejarme meter baza, al entrar en la Gran Vía les dije:
     --¿Sabéis que en Callao han puesto una placa de bronce para recordar la denuncia de Esperanza Aguirre?
     Me miraron los dos con cara de asombro.
     --¡Ya? --preguntó admirado mi hermano, un tanto sorprendido.
     --¿Lo has visto en la prensa? --dijo mi mujer.
     --No, lo he oído en la radio. --respondí.
   Subimos despacio hacia la Plaza de Callao, mientras ellos se enzarzaban de nuevo en sus conversaciones. Yo me distraía con los carteles de los teatros, los escaparates, el hormigueo constante de personas generalmente aceleradas y me sentía molesto con el ruido del tráfico. Llegados a la plaza, la verdad es que me había olvidado ya de doña Esperanza y de la placa. Me detuve un momento a leer un cartel. Mis acompañantes se detuvieron, retrocedieron y se acercaron al lugar en que yo leía e, intrigados, preguntaron a dúo:
     --¿Dónde está la placa?
     No pude por menos de estallar en sonora carcajada, mientras los dos me daban repelones, y se carcajeaban también.
     En fin... 
  

viernes, 23 de mayo de 2014

Apostillas al refranero. Astucia

 
     El paradigma de persona prudente y astuta, capaz de mil recursos aun en las situaciones más difíciles es en nuestra cultura sin duda alguna Ulises. Casado con Penélope, tuvo un hijo, Telémaco. Cuando hubo de partir al mando de doce naves para ayudar a Menelao a cercar Troya, la criatura era tan pequeña que, cuentan lenguas bífidas, el padre se resistía a partir e incluso llegó a fingirse loco. Poco después, por medio de una argucia, descubrió a Aquiles, cuya presencia era imprescindible en la guerra que se avecinaba: disfrazado de mercader, penetró en el gineceo del rey Licomedes para vender telas, pero junto a las telas mostraba también unas armas. Aquiles, que se había escondido entre las mujeres vestido como una de ellas, desdeñó las telas y se ocupó solo de las armas, traicionando de este modo su identidad. Él es quien idea la trampa del caballo de madera en que caen los troyanos y quien dirige a los pocos hombres que abren desde dentro las puertas de la ciudad para que entre el ejército griego. Él es quien en el país de los Cíclopes emborracha a Polifemo con algunas tinajas de excelente vino que Merón, sacerdote de Apolo, le había regalado. Cuando los congéneres de Polifemo le preguntan: "¿Quién te hace daño?" ¿Por qué responde el gigante, "¡Nadie!"? Él es quien dispone cómo han de salir sus hombres de la cueva colgados de los vientres de las ovejas, dispuestas en tríos. Él es quien ordena que los suyos se tapen los oídos con cera para no oír a las sirenas y se ata al mástil para poder oírlas él y no ser seducido, de modo que las venció y las sirenas han de echarse al mar. Finalmente, descubierta por los pretendientes la estratagema de Penélope de destejer por la noche lo que tejía por el día, llega a Ítaca solo, disfrazado de mendigo, y junto a Telémaco dispone la venganza participando en el concurso que decidirá el nuevo esposo de la mujer.
 
 
     RECUERDA:
 
Hacer orejas de mercader
Maña y saber para todo es menester
El astuto hasta de los males saca fruto
Siempre vence la astucia a la fuerza bruta
A lo que no te agrada, haz que no oyes nada
Cuando no aprovecha la fuerza, sirva la maña y la cautela
 
 
Este mundo es un golfo muy hondo, quien no sabe nadar se va al fondo 

Apostillas al refranero. Amor

     Según una de las variantes de la mitología griega, Adonis nació de la unión incestuosa de Ciniras, rey de Chipre, con su hija Mirra, a la que Afrodita, la Venus griega, infundió esos amores. Perseguida por el padre, pidió auxilio a los dioses, que la transformaron en árbol. Al cabo de diez meses, un jabalí rasgó la corteza del árbol y del interior salió un niño bellísimo, Adonis. Prendada de él Afrodita, lo entregó a Perséfone para que lo criara; mas también esta diosa se enamoró de la criatura y no lo quería devolver a Afrodita. Hubo de intervenir Zeus, quien determinó que Adonis permaneciera un tercio del año con Perséfone, otro tercio con Afrotita y el tercero con quien él deseara. Resultó así que pasaba un tercio con Perséfone (parte del otoño, y el invierno) y dos con Afrodita (a partir de la primavera).
     La pasión de Afrodita por Adonis despertó unos celos enfermizos en su antiguo amante, Ares, quien decidió vengarse. Ayudado por el dios Apolo, cuyo hijo Erimanto había sido cegado por Afrodita por haberla visto desnuda bañándose en compañía de Adonis, envió contra este un terrible jabalí que lo hirió mortalmente en la ingle. De la sangre derramada por el joven nacieron las anémonas, primeras flores del año; y la que derramó Afrodita, herida en la mano al acudir a ayudarlo, sirvió para teñir las rosas que hasta entonces habían sido blancas en rojas.


     RECUERDA:
 
 
Quien bien te quiere tarde olvida
Más fuerte era Sansón y lo venció el amor
El amor, de la madre, que lo demás es aire
Pajarico que escucha el reclamo escucha su daño
Aunque la garza vuela muy alta, el halcón la mata
Mucho corre la liebre, pero más el galgo que la prende
Mal se esconde el fuego en el seno y el amor en el pecho
 
 
Amor de monja, fuego de estopa y zumo de culo, todo es uno

 
   

lunes, 12 de mayo de 2014

M.M.M.

       De cómo hube de participar en el Medio Maratón de Madrid cuando aún tenía 69 años.

     Habíamos llegado mi mujer y yo a Madrid el día uno de abril para sustituir a mi cuñada Cruz en el cuidado de mi suegra (93 años y alzheimer en fase terminal). Los primeros días habían sido un tantico foscos, con amenaza de lluvia. El domingo seis, en cambio, amaneció un día tan hermoso... Fui a misa de ocho y, tras desayunar en una churrería de las antiguas, con churros auténticos y no masa mal escaldada y peor frita, no pude resistir la tentación de ponerme en chándal y salir a hacer la ruta que suelo (aproximadamente 7 km) en que empleo entre sesenta y setenta minutos. Hice un cálculo y me dije: "Hacia las diez y media en casa". Me pareció estupendo, pues la señora que viene a ayudar los sábados y festivos no se va hasta las once.
     Cuando hago esta ruta, como casi conozco hasta los baches del terreno, voy saludando a las estatuas de los próceres con que me cruzo, les hago algún comentario o simplemente les guiño un ojo, con excepciones, claro, como podréis advertir.
     Apenas había salido de casa ya hube de levantar mi mano para llamar la atención de la cabeza de don Francisco de Goya, ensimismada y preocupada por el tráfico en el cruce de su calle con Alcalá. En la Plaza del Descubrimiento, el Almirante de la Mar Océana, encaramado en un pedestal, parecía recién desembarcado de la carabela que aún se mecía en el césped de la plaza, tomar posesión de las nuevas tierras para el pendón que porta en su mano derecha.
    Inclino mi frente, respetuosa y reverente, ante las estatuas sedentes de San Isidoro y Alfonso X, escoltados por Luis Vives, Cervantes y Lope de Vega, tanta es la sabiduría, majestad e ingenio que ofrece la escalinata de la Biblioteca Nacional. Ya en el paseo central de Recoletos, don Juan Valera me recibe enarcando su bigote, mientras Ramón María del Valle-Inclán, despojado por algún desaprensivo de la bufanda que todos los años le regalan, luce con orgullo su barba de chivo. Los leones de la diosa Cibeles rugen cuando, haciendo un quiebro, cruzo a la acera del café Lyon, frente a Correos, y paso ante la fachada del nuevo ayuntamiento. Un tararí militar de mi corazón reverencia la llama en recuerdo de los héroes del Dos de Mayo y dejo a un lado a Neptuno, que desdeñosamene me ofrece su espalda desnuda en la Plaza de Cánovas del Castillo. Casi oculto, el pintor de Fuentevaqueros, un poco cejijunto ahora, me dice adiós frente a la su puerta del Museo del Prado. Velázquez intenta plasmar, paleta en ristre, rostros de nocherniegos que se retiran del Barrio de las Letras y de madrugadores emergidos de la estación de Atocha, en tanto Murillo parece ensoñar vírgenes inmaculadas y corderos celestiales, en tanto aspira aromas del Jardín Botánico. Poco más adelante, don Claudio Moyano, enfundado en su levita, lee atentamente unos folios que quizá contienen el texto de la Ley de Enseñanza Media que él introdujo en nuestro país. Respiro hondo y, casi a trasmano, le envío mi admiración como español, mi enhorabuena como paisano y mi agradecimiento como catedrático que fui de Enseñanza Media. Alguna de las casetas de venta de libros está ya abierta y tiene expuestos sus tenderetes, alrededor de los que hormiguean madrugadores bibliófilos, atentos a adquirir oportunamente tempraneras gangas de ediciones ya agotadas. Al final de la cuesta, adonde llego jadeante, me espera don Pío Baroja, con su eterno abrigo arrugado y su boina vasca que nadie se ha atrevido a capar. Toco su calcañar y sigo ascendiendo hasta el monumento al Ángel Caído.
     Te has quedado un poco de hielo cuando has leído eso del monumento al Ángel Caído. Mira, en Madrid, todo es posible, puesto que es la ciudad de lo imposible. Sí, sí. No te rías. Te diré tres datos que corroboran mi afirmación: 1. Para sorpresa de propios y extraños, tiene una Plaza de Oriente y un Palacio de Oriente, situados al oeste de la urbe. 2. Durante siglos, ha sido capital de España sin tener el título de ciudad, pues no ha pasado de villa hasta época muy reciente. 3. Se trata de la única ciudad del mundo en donde se ha levantado un monumento al mal. Recuerda: Luzbel era el principal de los ángeles, que se rebeló contra la divinidad y fue lanzado al abismo, transformado en Lucifer. Pues bien, el Ángel Caído no es sino el tal Lucifer. Por cierto, si quisieras ver la escultura con más detalle, puedes hacerlo en el Museo de Bellas Artes de Madrid, en Alcalá, 13, donde hay una réplica exacta.
     Al grano. Llegado que hube a tal lugar, sentí una punzada de sobresalto por dos razones: El parque se hallaba más frecuentado de lo habitual y a lo lejos sonaban misteriosos aullidos lanzados por algún histérico y que estallaban como bombas amplificados por potentísimos altavoces. A paso de matacaballo, intenté llegar a la salida de O'Donell. Imposible: Todo se encontraba vallado y los policías municipales se hallaban ojo avizor. Después de rodeos y constantes idas y venidas, pude salir frente al edificio donde se halla el centro musulmán gracias a que en lugar de vallas había cintas de plástico y a que la única pareja de municipales hizo la vista gorda. Seguí por Alcalá hasta Príncipe de Vergara; mas allí, todo mi gozo en un pozo: la masa de veintidós mil corredores que habían tomado la salida fluía como un río caudaloso y allá, en lontananza, en la interminable recta  no se veía grieta alguna, una mínima calvera que permitiera cruzar la calle aunque fuera a escape. A mi lado, casi en mi oído, alguien musitó: "Pues no sé cómo voy a pasar, y tengo que coger el metro". "Hay una forma de hacerlo --respondí más que nada por darme ánimo a mí mismo--, ponerse al mismo ritmo que llevan e ir ganando la otra acera". "Es que yo no puedo. Estoy operado de lo mismo que el rey". Casi me echo a reír, al tiempo que sentí deseos de decirle que podría haber tenido una enfermedad más plebeya.
     El tiempo se echaba encima. Eran ya las once menos veinte. Anduve un rato contra corriente y, cuando llegué a un lugar que consideré apropiado, me armé de valor y cara dura, me despojé de la sahariana que cubría el chándal y eché a correr al ritmo que llevaba la caudalosa masa humana, procurando derivar siempre ligeramente hacia la izquierda, sin entorpecer la marcha de quienes venían detrás. No hubo ni una protesta. Me aceptaron como si hubiera estado corriemdo desde el inicio. Al cabo de unos cien metros había conseguido mi propósito y marchaba disparado hacia la casa de mi suegra, adonde llegué a las once menos cinco, justo a tiempo de que la señora se preparara para salir, porque mi mujer, tampoco había llegado. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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lunes, 31 de marzo de 2014

Siempre mañana y nunca mañanamos (y II)

 
          Entre 1953 y 1965 dirige la revsita Cuadernos Hispanoamericanos. En 1960 publica un extenso ensayo, Cervantes y la libertad. Dos años más tarde es nombrado miembro de la RAEL y de la Hispanic Society of America. Entre 1965 y 1971 dirige la redacción del Gan Diccionario Enciclopédico Ilustrado de Selecciones del Reader´s Digest. Publica en 1966 El sentimiento de desengaño en la poesía barroca, y Pasión y muerte del Conde de Villamediana en 1969. En 1970 se le concede el Premio de la Crítica. Publica en 1972 dos ensayos: Teoría de la libertad y Lírica española. Uno de los apartados de Lírica española (Garcilaso Camoens y la lírica española del siglo de Oro) obtiene el premio Miguel de Unamuno. Nombrado Director del Departamento de Actividades Culturales del Instituto de Cultura Hispánica en 1973, edita ese mismo año Canciones, conjunto de poemas breves y sentenciosos por una parte, y por otra poemas narrativos en prosa.
 
La fotografía
 
                                                             Me gusta tanto que a veces
                                                             al mirarla le doy vida,
                                                             le pregunto y me contesta,
                                                             ¡quién lo diría!
                                                             De cuando en cuando se queda
                                                             pensativa.
 
          También en el mismo año se le concede el Premio Nacional de Ensayo. Edita en 1974 Como el corte hace la sangre, conjunto de magníficos poemas en verso libre.
 
Durante el embarazo el corazón del niño es ya un galope
 
                                                Primero fue como un deshojamiento
                                          interno de tu carne,
                                                                                 una frontera                 
                                          de lo oscuro a lo claro,
                                                                                     una escalera
                                          de sangre,
                                                                  una palabra en movimiento
                                          cada vez más pudiente,
                                                                                         luego el lento
                                          escalón de la vida:
                                                                            su primera
                                          imprimación social sobre la cera
                                          virgen, y su continuo crecimiento
                                          que ya empieza a dolerte, y ua te mide
                                          con sus pies poco a poco, y anda entre
                                          la luz de nueve meses que es su día,
                                          y te habla de ti misma y ya te pide
                                          que no le desampares en tu vientre
                                          no sabiendo que vive todavía.
 
La cicatriz
 
          A cada hombre le tendríamos que hablar en una lengua distinta,
a cada amigo le tendríamos que hablar con una voz distinta
para que nos pudiesen comprender,
pero la lengua personal es tan fiel a sí misma,
tan incomunicable
que las palabras son como ataúdes
y solo llevan de hombre a hombre
su andamio agonizante,
su remanente de silencio
y su estertor,
                                 como aquella mañana
en que al sentarme en el autobús
vi a mi lado una antigua moneda romana,
una medalla
o una lápida
que hablaba masticando las palabras:
era una campesina ya embebida
por la intemperie de las noches a tientas
y de la vida a ciegas,
que me miraba con un poco de luto en las pupilas
como queriéndome abrigar,
y yo no supe contestarle,
y yo callaba junto a ella
porque mi lengua personal es inventada,
literaria y enfática,
y como no me sirve para hablar con un obrero o con un niño,
y como no me puede dar la absolución,
a veces tengo que ocultarla como se oculta el dinero en la cartera,
a veces tengo que callar,
como hice entonces,
sintiendo de repente
la incomunicación
igual que el aletazo de un murciélago
con su golpe de trapo,
y su asco parcelado sobre el rostro
donde el labio que calla va convirtiéndose en cicatriz. 
 
          Publica en 1978 una antología de textos y poemas sobre pintura, que titula Pintura escrita, y un ensayo, La poesía de Neruda. Entre 1978 y 1983 dirige la revista Nueva Estafeta, que dio la campanada en la época al admitir colaboraciones escritas en cualesquiera de las lenguas cooficiales.
          1979 supone el inicio de una nueva etapa en su creación poética con Diario de una resurrección, primera parte de la trilogía La carta entera, que completará con La almadraba (1980) y Oigo el silencio universal del miedo (1984). Los tres libros de la trilogía son auténticos poemas sinfónicos en que predominan los versos libres de largos periodos, con una formulación surrealista, cierto tono elegiaco solemne, hondamente emotivo.
 
 
Algunas relaciones entre el dinero y el frío (fragmento)
 
          El dinero se paga,
hay personas que tienen millones como hay ballenas que tienen tos
porque nunca salieron del Polo,
y son sietemesinas a la chita callando,
y no saben qué hacer con el dinero,
y no saben qué hacer con el frío,
pues el dinero es acromegálico
y a veces hace crecer tanto
que se han visto ballenas que son mayores que una ciudad,
ballenas millonarias,
que no dejan dormir a nadie con su sola respiración en diez kilómetros a la redonda,
y esto es lo grave
ya que los marineros suelen decir que quien las oye respirar por la mañana queda cesante un año,
y quien las oye respirar por la noche
se queda tramitado y ya no vuelve a recobrar el uso de ser hombre.
 
          En 1981 le conceden el Premio Ciudad de Melilla de Poesía; en 1982 el Premio Cervantes y el Premio Cátedra de Poesía de Fray Luis de León; en 1986, la Medalla de Honor de la Fundación Rodríguez Acosta. 1987 verá el alumbramiento de dos nuevos libros de ensayo: El desnudo en el arte y Esa angustia llamada Andalucía.
          Enfermo durante seis años, el 24 de octubre de 1992 muere en la Clinica Puerta de Hierro, de Madrid, y es enterrado el 25 en el cementerio de Cercedilla, en la alta Sierra del Guadarrama, al socaire de la cima del Siete Picos.
                                                
                                       Cuando las nieves del Mulhacén          
                                       dejaron yertos a los rosales,
                                       en Granada, nació Rosales.
                                       Cuando las brisas del Guadarrama
                                       dejaban yertos a los rosales
                                       en Madrid, murió Rosales.
 
 
4. Epílogo
 
          Era un andaluz alto y lúcido, rodeado de setos de abrótanos octosílabos, valladares de arrayanes endecasílabos y bardales de azaleas versolibristas, a cuyos pies fluía la poesía pura y transparente: manantiales de poesía caudal, torrentes de coplas sentenciosas, arroyos de versos para la melancolía y también para la esperanza.
          Era un granadino que ceceaba. Ceceaba y sonreía, y casi todo lo decía ceceando y sonriendo, Granada en el corazón, Federico García y Joaquín Amigo en el recuerdo. Y recitada siempre enarcando las cejas, poniendo el ceño en arco iris, como alejando tristezas, o guiñaba los ojos miopes al mirar, como si quisiera penetrar el arcano paisaje de los pensamientos.
          Era un compendio de nubes creadoras, repletas de imaginación fabuladora en audaz inventiva verbal. Cuanto con su palabra tocaba lo transformaba en amor, en pureza, en libertad, en inteligencia, en belleza, en poesía.
          Tenía el corazón encendido por de dentro, como el fuego del magma de la tierra, y, de pronto le salía a borbotones en erupciones benéficas, en chorros purificadores. Tenía la sangre encendida y la mente encendida y la palabra encendida y el verso encendido y la vista encendida e irradiaba luz creadora, semilla, estrella, norte y guía de poetas.


 
 
   

    




viernes, 28 de marzo de 2014

Siempre mañana y nunca mañanamos (I)

 
1. A modo de exordio
 
 
          1910 fue un año feliz para la poesía española: el 31 de enero nace en Granada Luis Rosales Camacho, uno de los más grandes poetas de la llamada Generación del 36. Y el 30 de octubre, lo hace en Orihuela Miguel Hernández Gilabert, otro de los grandes poetas que debiera haberse incluido en la misma generación. Curiosamente, los dos se conocieron muy jóvenes en el Madrid de los años anteriores a la guerra civil, y fueron amigos y admiradores respectivos.
          Curiosamente, a Miguel se le hicieron, con motivo del centenario reiterados homenajes populares. Yo mismo participé de manera activa en alguno de ellos. Y, sin embargo, el centenario de Luis pasó desapercibido. Como no me pareciera justo, hablé con el Grupo de Lectura Dramatizada de la parroquia 'Cristo Sacerdote' de Valencia por si les parecía bien que hiciéramos un recital de la poesía de Luis Rosales. Está formado el grupo por una quincena larga de personas entusiastas, entregadas, deseosas de adquirir nuevos conocimientos y experiencias y  de compartirlas, la mayor parte jubiladas, de modo que aceptaron casi todos, y alguno con mucha sorna exageró: "Hacemos un recital y, si te empeñas, seguimos con un recicual".  
          No me atrevo a transcribirlo entero, pues duró sesenta minutos; pero sí el hilo conductor y algunos de los poemas recitados.
 
 
2. Luis Rosales
 

¿Quién era Luis Rosales Camacho?
          A él le encantaba proclamar a los cuatro vientos que era de Granada, aunque estuviera feo presumir. En efecto, nació en la ciudad de las dos culturas, de los dos ríos (que "bajan de la nieve al trigo") y de los dos montes, en el seno de una familia católica, acomodada, burguesa y numerosa (cuatro varones y tres mujeres). Hasta su ingreso en la Universidad estudia en un colegio de Escolapios. Cuando contaba dieciséis años, el padre hizo que publicaran en Granada Gráfica un poema de Luis. Roto el pudor por iniciativa paterna, da a conocer nuevos poemas y ofrece un recital, considerado rotundo éxito por la prensa granadina, en el Centro Artístico de Granada.
          Se matricula en la Universidad de Granada en Filosofía y en Derecho. Allí se relaciona con el catedrático Joaquín Amigo y con Federico García Lorca, con quienes llegará a tener honda amistad.
          En 1930, se traslada a Madrid para cursar estudios de Filología Románica, especialidad en que se doctorará años más tarde. Las cartas de presentación que le ha entregado Federico García le abren camino entre los autores de la Generación del 27. Cuando visita a Jorge Guillén, este le hace repetir varias veces la lectura de los poemas que Luis lleva y, entusiasmado, llama por teléfono a Pedro Salinas. La inyección de moral que tal hecho supone no la olvidará jamás.
          Colabora en diferentes revistas de las más diversas y opuestas tendencias y en todas es bien recibido y respetado. Al mismo tiempo, hace amistad con poetas de la época de ideología muy variada, desde Pablo Neruda y Miguel Hernández a los hermanos Panero o Luis Felipe Vivanco.
           Tres semblanzas, de tres autores, en tres momentos distintos de la vida de Rosales: Ricardo Gullón, crítico, cronista y maestro, lo recuerda así: "1935. Una tarde, en el Café Lyon, frente a Correos, Juan Panero entra con un muchacho andaluz, grandes gafas de concha, ojos claros, pelo en ondas, ceceo pronunciado. Es poeta y estudia Letras [...] Habla mucho, de poesía casi todo; sus juicios son rápidos, tajantes [...] Se llama Luis, y se apellida Rosales, ¡qué bonito nombre para un poeta! [...] Luis es granadino y es católico; lo primero no choca, lo segundo sí".
          Dámaso Alonso, en 1951, en el prólogo para Rimas escribe una "enumeración caótica" de nuestro Luis: "Luis Rosales está hecho de una prolongada, densa sucesión de retrasos, discusiones, ternura, teorías, ilusiones, ensayos, delicadeza, ceceos, un corazón como una casa, poemas, amigos, inteligencia inventora, tabaco negro y coñac". Poco más adelante toma de nuevo los elementos de esta enumeración caótica y los ordena en dos series que reflejan este retrato: "Luis Rosales: un hombretón cetrino, con unos ojos azules chiquitines, o que detrás de las gafas parecen chiquitines (porque son un poquito miopes). Lo cetrino diríamos que viene del terruño y que se pierde en no sé qué noche morisca de las Alpujarras; lo azul parece que selló o presagió la personalidad del poeta. El cual, con explicable coquetería, gusta de prolongar las dos chispas azules que lleva en la cara, con tejidos azules de su preferencia (corbatas, chaquetas). Es tan violento ese contraste entre lo bazo y lo azul, que casi lo temblaríamos". [...] De lo cetrino viene cierto ruralismo general: el gracioso ceceo inesperadamente perturbador, la ignorancia de los valores urbanos y económicos del concepto 'tiempo', la lentitud madurante, llena de incisos y volutas, en la exposición de inacabables teorías. A lo azul atribuyo la inteligencia alada, la delicadeza exquisita, insinuada, apenas, con dos vertientes, una por el camino del corazón y otra por el lado de las artes desconocidas; y una virginal capacidad de ilusión".
          En 1972, Pablo Neruda, embajador de su país en la capital francesa, con motivo del homenaje rendido a su persona por la revista Cuadernos Hispanoamericanos, lo evoca así: ¿Qué decir de Luis Rosales a quien yo conocí naranjo, recién florido en aquellos años treinta, y que ahora es grave poeta, exacto definidor, señor de idiomas? Ahora lo tenemos lleno de frutos, exigente y fecundo. Atravesó este mortal antipolítico el momento desgarrador en Andalucía y se ha recuperado en silencio y en palabra. Salud, ¡buen compañero!".
 
 
3. El poeta Luis Rosales
 
¿Qué obra nos ha legado Luis Rosales?
          Con solo 25 años, en 1935 publica Abril, libro de versos que causó sensación no solo por la juventud del autor y por la madurez que en la obra mostraba, sino por cómo había sabido aunar lo clásico y lo moderno, la destreza técnica y la hondura de pensamiento, la alegría enamorada y la experiencia religiosa, la renovación de la palabra poética y la celebración gozosa del mundo, que germinan en una poesía extraordinariamente personal. Miguel Hernández, por ejemplo, copiaba en un cuaderno todo aquello de Abril que le producía sorpresa, emoción o deslumbramiento.


 
Acción de gracias por estar a tu lado
 
               Gracias por abril si siento                                       luz de luna en el espliego,
               su creciente maravilla,                                            y por el recuerdo ciego
               gracias por esa sencilla                                           que atándome la memoria
               plenitud de sentimiento,                                          hace del pasado historia
               gracias porque suena el viento                                y hace del llanto sosiego.
               y entre los álamos reza,                                           Gracias por esta acedía
               gracias si, al fin, la tristeza                                      si es de tu amor añoranza,
               se convierte en mi destino,                                      gracias si es solo esperanza
               gracias, Señor, el camino                                         cuanto el corazón sentía,  
               terminará donde empieza.                                        gracias si es mi fe alegría
               Gracias te doy por la brisa                                       del límite que bendigo,
               que en su infancia se detiene,                                  y gracias por el castigo
               gracias por la flor que tiene                                     de haber puesto mi ventura
               su destino en su sonrisa,                                          sobre cosa no segura
               gracias por esa indecisa                                           que he de defender contigo.
         
          Como fue hombre paciente, perseverante, constante, nunca dio por terminada una obra, así que en 1972 publicó Segundo Abril, en cuyo Portal hace constar: "Segundo Abril es una historia de amor, que he vivido siendo estudiante en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid. Fue escrito entre los años 1938 y 1940, [...] lo cual no quiere decir que no haya sido corregido posteriormente: yo corrijo hasta en pruebas [...] Después de haberlo tenido en el purgatorio de lo inédito durante más de treinta años, lo publico".
 
Ola en calma es tu cuerpo
 
                                                             Albos senos en púberes jardines;
                                                   se abre una puerta, el aire se apresura,
                                                   y brillan de la noche en la ola oscura
                                                   tus muslos, como saltan los delfines.
                                                             Tus ojos dan al mundo sus confines,
                                                   juega el mar a la comba en tu cintura,
                                                  y la miel se convierte en atadura,
                                                  y en tu mano se encienden los jazmines
                                                             y el sol nace en tu cuerpo, y se oye el canto
                                                  del amor como un puente entre dos ríos,
                                                  ¡tan humano el milagro!, dulces bríos,
                                                             dulce sueño de ti que acaba en llanto,
                                                  porque Cuba eres tú me dueles tanto;
                                                  yo siempre culparé los ojos míos.
         
          En 1939 estrena La mejor reina de España, obra de teatro escrita en colaboración con Luis Felipe Vivanco.
          En 1940, da a la imprenta Retablo sacro del nacimiento del Señor. Escrito con emoción y ternura, al recordar a su madre ayudándolo a él y a sus hermanos a montar el Belén en Granada, contiene joyas sobre temas navideños. Retoma en el libro y acierta a darle nueva vida el villancico clásico. Canta la Navidad con lenguaje nuevo, resplandeciente y c on ritmos variadísimos.
    
Romance que termina cuando se hace la luz
 
          Augusto ha dado un edicto;                             se oyen y se ven; los nardos       
          para cumplir lo mandado,                                nacen sin tocar el suelo,
          hacia Belén de Judea                                       y hay ángeles descielados
          va la Virgen caminando.                                 que llevan nieve en las alas
          Al rayar la luz del día                                      y naranjas en las manos.
          su vientre se ha deslumbrado:                         Los pastores que traían
          --Mira, José, que ya tengo                              hacia el redil rebaños
          al niño casi en los labios.                               quedan desnudos, y luego
          San José siente pudor,                                     sienten que les va cambiando
          se encuentran en despoblado                           la carne en sus cuerpos como
           y sienten que bajo el cielo                               se cambia un traje...
           todo les está mirando.                                                                           y hay algo
           Al fin, dentro de una cueva                             como un vagido en el mundo,
           donde a la noche llegaron,                               y el cielo cabe en la mano
           como el aire hace a la nieve,                           porque ya es madre una virgen
           tuvo la Virgen su parto.                                  y el Niño-Dios, a su lado,
           En el vuelo, de repente,                                  para ser igual que el hombre
           se quedan quietos los pájaros;                        llora con su mismo llanto.
           las palabras de María
 
          En 1941, es nombrado secretario de la revista poética Escorial, cargo que ejercerá hasta 1950. En ella dio a conocer sus versos un buen número de poetas de la época. El mismo año de 1941 aparece El contenido del corazón, libro poético que supera la concepción del género literario clásico, pues, escrito en prosa, ofrece elementos narrativos (hechos, retratos, situaciones), filosóficos (reflexiones morales) y está dotado, al mismo tiempo, de intensa tensión poética.
          En el fondo, es una elegía a la madre, Esperanza Camacho, a quien el hijo refleja tal como la recuerda. La escribió recién fallecida la madre. El padre le pidió escribiera algo sobre la difunta, y Luis prometió hacerlo de inmediato. A pesar de ello, el padre no llegó a ver la obra editada, pues falleció pocos días después de hacer la petición a su hijo.
 
El contenido del corazón (fragmento)
 
          Su vivir estaba hecho de hierbaluisa, hilo, improvisación, nácar, paciencia y "no lo vuelvas a decir" [...] Recuerdo el rostro, pero vaciado de sus rasgos. Es como si el dolor los hubiera quemado igual que un ácido que al lavar una tela estampada dejara indemnes las superficies blancas y quemara el dibujo [...] Recuerdo los hoyuelos que al fin se le cayeron de la cara, recuerdo la caediza fragilidad de su mirar, y el labio ya ultimándose en la boca y, en fin, la encarnación de sus mejillas, que había sido flagrante y fue paliceciendo poco a poco [...] Recuerdo su cabeza. la recuerdo entre rizos, entre canas, y ya en su forma definitiva, menguante [...] Sus manos eran de coral blanco, de coral primerizo, con sus imperfecciones y sus renunciamientos, sus asperezas y sus grietas. Pero además eran de tiempo y de trabajo y estaban ya disminuidas, acurrucadas, reuniendo su calor, como se embebe el cuerpo, contrayénsose, cuando pasamos por un túnel [...].
 
          A partir de 1947 dirige la revista Vida Española. La obra poética que lo singularizará entre los singulares poetas de la Generación del 36 y aun de todos los poetas del siglo XX será La casa encendida, publicada en 1949. El libro entero se halla integrado por un solo poema que refiere la historia del propio poeta. Historia de un solterón desastrado que, finalmente, decide casarse, historia de la intimidad de un hombre menesteroso y roto en quien solo la amistad y el amor relumbran. La obra se abre con A imitación de prólogo, donde dice: "Son las once de la mañana. Me encuentro solo en la cascada del parque del Oeste. Hace un hermoso día de sol primaveral y un aire fresco y aleteante [...] Yo he salido para pensar unas palabras que debo entregar escritas hoy a las cinco de la tarde. No las quiero pensar. Quiero decir una cosa tan solo: que creo en la poesía, y lo diré, y lo seguiré diciendo siempre [...] Y sé también que lo que quede de esta hora, si es que algo queda, en la ceniza de mis palabras, será también poesía. Vivir es ver volver. El tiempo pasa; las cosas que quisimos son caedizas, fugitivas; se van. Y esto es morir: borrarse de sí mismo, borrarse dentro de sí mismo y sentir que se nos van desvaneciendo, que se nos van secando, poco a poco, aquellas cosas que nos hacen el alma, aquellos seres que hemos amado un día y a los cuales debemos lo que somos. Pero vivir es ver volver. Es justo y necesario conservar los afectos como eran y los recuerdos como serán, y atar los unos y los otros, en una misma ley de permanencia; es justo y necesario saber que todo cuanto ha sido y todo cuanto ha temblado dentro de nosotros, está aún como diciéndose de nuevo en nuestra vida y en la vida de los demás. Y en este esfuerzo humano para recuperar el tiempo vivo, [...] la poesía, y solamente la poesía, sigue diciendo su palabra"
          En 1951 obtiene el Premio Nacional de Poesía con Rimas. Se muestra ya poeta madurro, que ha sabido asimilar y hacer propias las diversas tendencias y que ha sabido crear un lenguaje poético personal, dotado de asombrosa capacidad expresiva. Consta de dos partes: Juntos los dos en mi memoria, dos de cuyos poemas ofrezco. El primero,  Autobiografía, es la constatación de lo que nos sucede a muchos: que donde fallamos es en aquello que más queremos; y el otro, Carta en dos actos, constituye el reflejo de las preocupaciones de cada día hechas oración espontánea en la que incluye a sus amigos, al tiempo que siente la dulce punzada dolorosa de los acontecimientos de la vida familiar:
 
Autobiografía
 
                    Como el náufrago metódico que contase las olas que le faltan para morir;
                    y las contase, y las volviese a contar, para evitar errores,
                    hasta la última,
                    hasta aquella que tiene la estatura de un niño y le cubre la frente,
                    así he vivido yo con una vaga prudencia de caballo de cartón en el baño,
                    sabiendo que jamás me he equivocado en nada,
                    sino en las cosas que yo más quería.
 
 
Carta en dos actos que como tantas otras no he puesto en el correo
 
Señor: Ahora te digo que es preciso      nos hemos visto poco. María Luisa
que vengas a ayudarnos                         tiene diabetes y se está quemando.
a poner esta casa: las cortinas,               Hay que quererlos mucho, hay que quererlos
el aceite ya escaso,                                 de prisa. El seto alto
la víspera de encajes para el niño,          de aligustre cayó; ya se hizo el muro
la alfombra del despacho,                       de piedra. Queda bien. No tengo a mano
la pintura riéndose, las sábanas,              los libros que preciso. Finalmente    
los libros ordenados,                               aún tengo que decirte este verano
la cena si es posible y una buena            que Luis Cristóbal no ha estudiado mucho.
disposición de ánimo.                             Crece, pero despacio.
Señor: ahora te digo que quisiera           No tuvo sujeción y a causa de ello
terminar esta carta. Te esperamos;         se ha vuelto un poco suspicaz. Estamos
ha pasado algún tiempo y ya tenemos    ya lacrados en él. Tiene los ojos
canas.                                                      azules. Son tan claros
                Hemos comprado                    que pueden bautizar, y tan atentos
una casa pequeña --ya no somos             que brillan sin querer. ¡Se le ha agolpado
tan pobres-- en el campo,                        de pronto el corazón! Solo te pido
y he vivido tal vez en Cercedilla         que al sentarse a comer, de cuando en cuando,
mi última juventud. Los lilos blancos      le pregunte a su madre alguna cosa
no han dado este año flor, ni los cerezos,    sin que parezca que se está quemando.
con la helada de mayo.                              Es solo un gesto, ¡ya lo sé! y un gesto
No me baño estos días,                              tal vez involuntario
tengola orina color tabaco                         que él quisiera borrar; 
aunque me siento bien.                                                                    haz que se siente,
                                    Tal vez mañana     cuando vuelva a su lado,
venga a vernos Vivanco.                           como si regresara del viaje
Quisiera estar con él, lo necesito,              solo para contárselo.
tiene dificultades y este año
 
          De Juntos los dos en mi memoria ofrecemos dos poemas que no necesitan apostilla alguna:
 
La transfiguración
 
                                                    Siento tu cuerpo bajo el mío.
                                              Tu carne
                                                                         es
                                                                                      como un ascua,
                                               fresca e imprescindible,
                                               que está fluyendo hacia
                                               mi cuerpo, por un puente
                                               de miel lenta y silábica.
                                               Hay un solo momento en que se junta
                                               el cuerpo con el alma,
                                               y se sienten recíprocos,
                                                                                           y viven
                                              su transfiguración,
                                                                                 y se adelantan
                                              el uno al otro en una misma entrega
                                              desde un mismo origen deseada.
                                              Siento tus labios en mis labios, siento
                                              tu piel desnuda y ávida,
                                              y siento,
                                                                  ¡al fin!
                                                                                     esa frescura súbita
                                             como una llamarada
                                             de eternidad, en que la carne deja
                                             de serlo y se desata,
                                             se dispersa en el vuelo,
                                                                                           y va cayendo
                                             en la tierra sonámbula
                                             de tu cuerpo que cede
                                             interminablemente cediendo,
                                                                                               hasta
                                             que el vuelo acaba y ya la carne queda
                                             quieta, milagreada,
                                             y me devuelve el cuerpo,
                                                                                              y todo ha sido
                                             un pasmo, un rebrillar y luego nada.
 
 
Palabras para iniciar una despedida
 
Ya no tengo nada             cuando ya te has ido         Desde que tus pasos
que esperar, y al filo        te siguen mis ojos              me abren el camino,
de la vida, quiero             ¡no puedo seguirlos!          casi estoy viviendo
despedirte, hijo.               Me duelen los años            desanochecido;
Contigo me espera          que no te he tenido,            para hacerme vida,
cuanto ya he vivido,        ¡vívelos de nuevo               para hacerme sitio,
cuanto tú vivieres            como puedas, hijo!             todo se está haciendo
me espera contigo.          ¡Vive como puedas             de nuevo contigo,
Mis ojos te siguen           lo tuyo y lo mío!                 hijo de mi carne,
                                                                                    de mis sombras, hijo.