sábado, 12 de julio de 2014

En Toledo: Cuatro leyendas toledanas

     Casi siempre que he citado una leyenda a lo largo de esta serie de artículos sobre Toledo, aunque de manera breve, he contado en qué consistía. Alguna, no obstante, ha sido solamente citada así que, como prometí, las narraré ahora.
         La primera en el tiempo es la del Arcángel San Miguel. En el año 676 el rey Wamba, tras constantes y duras luchas había vencido a todos sus enemigos y gozaba con su pueblo de ansiada y gloriosa paz. Para conmemorar sus victorias, mandó acuñar monedas de plata. En el anverso debía mostrarse san Miguel, a quien se había encomendado como valedor, manejando con la mano derecha el asta de una lanza, cuya punta de hierro entraba en la boca de la fiera y la hería de muerte. A la derecha del arcángel se mostraría  una T, de Toledo. En el reverso, se ofrecería la imagen del rey Wamba, sentado, con el cetro en la mano derecha y en la izquierda el globo terráqueo; y a su lado dos prelados, san Dámaso y san Melquíades vestidos de pontifical. Nombró a los tres patrones de la ciudad contra los demonios meridianos, reconstruyó las murallas, y ordenó colocar en cada puerta la imagen de los tutelares.
         Pasados los siglos, reconquistada ya la ciudad a los árabes, en la puerta de Bisagra se colocó una efigie del arcángel, que hoy aún se conserva. Cuenta la leyenda que un buen día se presentó la peste en la puerta, pero el ángel, solícito, la detuvo hasta que ella pudo demostrar que tenía licencia para llevarse a cuatro personas. Cedió el ángel y la peste entró en la ciudad, llevándose no cuatro, sino cuatro mil. Cuando ya iba a retirarse, el arcángel la reprendió con dureza, pero ella se defendió diciendo que en efecto solo había atacado a cuatro; el resto había muerto a causa del miedo.
         Es la segunda la de Florinda, la Cava: Extramuros, existe en Toledo una moderna avenida conocida como la Avenida de la Cava, que conduce al puente homónimo, y al ladito de ese puente, siguiendo la senda llamada ecológica hay un lugar conocido como Baño de la Cava. La Cava, Florinda u Oliva (que por los tres nombres se la conoce) era una  bellísima dama joven hija del conde don Julián... Pero no vayamos tan deprisa y tomemos la leyenda desde sus inicios.
          Dicen que en la época visigoda había en Toledo una casa conocida en aquel entonces como La casa encantada, nombre que recibía porque no se conocía a nadie que hubiera entrado en ella. Había permanecido cerrada desde su construcción. Además, cada rey que subía al trono echaba a la puerta un nuevo candado,  en señal de respeto a una tradición según la cual, cuando se abriera la casa y alguien entrara en ella, el reino visigodo desaparecería. Naturalmente, las comidillas de los mentideros tanto cristianos como judíos eran que la casa encerraba tesoros colosales.
          Reinado tras reinado la rutina era siempre la misma, hasta que don Rodrigo, movido por la codicia, desoye las amonestaciones de sus consejeros y manda abrir la casa. Penetran en ella y en una de las estancias hallan un cofre que contiene varios lienzos con dibujos de figuras vestidas a la manera de las gentes de las zonas norteafricanas e inscripciones bajo ellas, cuyo contenido refiere que individuos como los allí pintados invadirán el reino y lo señorearán. Al salir el rey, un águila enorme, portadora de un hacha encendida, se posa sobre el edificio que arde de inmediato por los cuatro costados.
          Para distraer sus ocios, el rey espía los baños de las damas de la corte en los calores de la canícula y un día sus ojos se posan lujuriosos sobre el lindo cuerpo de Florinda, la Cava, recién venida de Ceuta, hija del conde de Tingitania, don Julián, el cual mantiene a raya desde la ciudad norteafricana todo intento de los árabes de cruzar el Estrecho de Gibraltar. Comidillas posteriores al hecho bisbiseadas por las damas sugieren que el rey abusó de la joven, mientras referencias vociferadas ante jarras de espeso vino por los caballeros afirman rotundamente que ella consintió y disfrutó. Sea como fuere, al cabo del tiempo, Florinda escribe cartas quejumbrosas al padre pidiéndole venganza por la pérdida del honor. El padre, deshonrado, dolorido, afectado y cabreado, pacta con Tárik el paso del estrecho y la entrada de los moros en la península.
          La parte final de la leyenda es la derrota de las huestes del rey en el Guadalete y su huida y penitencia en Viseo, Portugal, hasta que lo devora en su propia tumba una serpiente, mientras las campanas de la ciudad repican en señal de perdón. Pero esto ya no corresponde a Toledo, y podéis encontrarlo en el Romancero.
         La Rosa de Pasión da título a una tradición recogida de labios de una muchacha toledana por Gustavo Adolfo Bécquer en una de sus leyendas, donde debieras leerla para que te conmoviera como lo conmovió a él el relato de la joven. Corresponde ya a la época en que se habían enturbiado las relaciones entre judíos y cristianos en la ciudad.
         Cuenta el poeta que el judío Daniel Leví vivía en una casa mísera de Toledo. En el portal había instalado un taller en que hacía todo tipo de chapucillas, arreglando cadenetas, cintos viejos, arneses y cuanto pudiera producirle algún beneficio. Odiaba a los cristianos, de quienes recibía burlas, rechiflas, insultos e incluso algún cantazo de chiquillos y pajes, sin que jamás perdiera su sonrisa. Vivía con él su hija, Sara, un capullito de dieciséis años, pretendida por todos los judíos que se preciaban, aunque la muchacha los rechazaba a todos como rechazaba los las exhortaciones del padre a que se casara para no quedarse sola en el mundo. Algunos, despechados, intentaban malmeter a Daniel, diciéndole que su hija debía estar enamorada de un cristiano. Pero Daniel seguía sonriendo y maquinando en su cabeza duros pensamientos.
         La noche de Viernes Santo, Daniel sale de casa ya anochecido. Sara, guiada por un presentimiento, desciende hasta el Tajo, al embarcadero, para pasar a la otra margen del río y es informada por el barquero de que han cruzado muchos judíos aquella noche y del camino que han tomado una vez en la otra orilla. Sugiere también que de los fragmentos de conversaciones oídas se deduce que esperan a alguien. Sara va atando cabos sueltos que la llevan a temerse lo peor, así que, decidida, se encamina hacia el picacho conocido como la Cabeza del Moro, referencia que le ha dado el batelero. A los pies del montículo advierte las ruinas de una antigua ermita y en ellas a un grupo numeroso de judíos capitaneados por su padre que elaboran los instrumentos de martirio necesarios para repetir la Pasión del Salvador, cuya existencia conoce por cuanto le había referido su amante cristiano. Era la venganza en frío que tenía preparada Daniel.
          Dispuesta a salvar a su amado, se muestra ante la multitud vengativa y les dice que esperan en vano pues ella misma ha prevenido al joven. Al mismo tiempo se enfrenta a Daniel, se declara cristiana, y es entregada por el propio padre al martirio.
          Años después un pastor regaló al arzobispo una flor en la que se veían grabados los atributos de la Pasión. Tratando saber algo más sobre el prodigio, algunos expertos acompañaron al pastor, quien les mostró las matas en que florecían tales rosas. Investigando, descubrieron enterrado bajo los arbustos un esqueleto de persona pequeña y, enterrados con él, los mismos atributos que aparecían en la flor, a la que se denominó en adelante rosa de pasión. Hoy en día son muy frecuentes en toda la comarca.
          La última refiere la leyenda del Cristo de la Vega Baja, imagen del Crucificado con una mano desclavada y extendida hacia el frente que se conserva extramuros en la Basílica de Santa Leocadia. Recogida y reelaborada la leyenda por José Zorrilla en A buen juez mejor testigo, no me atrevo a estropearla prosificándola, que ya bastante se estropea ofreciendo solo fragmentos. Si podéis leedla entera.
          Inés de Vargas ha recibido en su habitación a Diego Martínez y desea que el joven le haga promesa de matrimonio.
 
Quédase solo un mancebo                                     Una mujer en tal punto,
de impetuosos ademanes,                                      en faz de gran aflicción,
que se pasea ocultando                                           rojos de llorar los ojos,
entre la capa el semblante.                                      ronca de gemir la voz,
Los que pasan lo contemplan                                 suelto el cabello y el manto,
con decisión de evitarle,                                          tomó plaza en el salón
y él comtempla a los que pasan                              diciendo a gritos: --¡Justicia,
como si a alguien aguardase.                                  jueces, justicia, señor!
Los tímidos aceleran                                                Y a los pies se arroja, humilde,
los pasos al divisarle,                                               de don Pedro de Alarcón,
cual temiendo de seguro                                         en tanto que los curiosos
que les proponga un combate;                               se agitan en derredor.
y los valientes lo miran                                           Alzola cortés don Pedro
cual si sintieran dejarle                                            calmando la confusión
sin que, libres los estoques,                                     y el tumultuoso murmullo
en riña sonora dancen.                                            que esta escena ocasionó,
Una mujer también sola                                          diciendo: --Mujer, ¿qué quieres?
se viene el llano adelante,                                       --Quiero justicia, señor.
la luz del rostro escondida                                     --¿De qué? --De una prenda hurtada.
en tocas y tafetanes.                                                --¿Qué prenda? --Mi corazón.
Mas en lo leve del talle                                           --¿Tú lo diste? --Lo presté.
puede, a través de los velos,                                  --¿Y no te lo han vuelto? --No.
una hermosa adivinarse.                                        --¿Tienes testigos? --Ninguno.
Vase derecha al que aguarda                                 --¿Y promesa? --Sí, por Dios,
y él al encuentro le sale,                                          que al partirse de Toledo
diciendo... cuanto se dicen                                     un juramento empeñó.
en las citas los amantes.                                          --¿Quién es él? --Diego Martínez.
Mas ella, galanterías                                                --¿Noble? --Y capitán, señor.
dejando severa aparte,                                            --Presentadme al capitán,
así al mancebo interrumpe,                                    que cumplirá si juró.
en voz decisiva y grave:                                          Quedó en silencio la sala,
--Abreviemos de razones,                                       y a poco en el corredor
Diego Martínez; mi padre                                       se oyó de botas y espuelas 
que un hombre ha entrado, en su ausencia,         el acompasado son.
dentro de mi aposento sabe;                                   Un portero, levantando
y así, quien mancha mi honra                                 el tapiz, en alta voz
con la suya me la lave;                                             dijo: --El capitán don Diego.
y así, quien mancha mi honra                                 Y entró luego en el salón
con la suya me la lave;                                             Diego Martínez, los ojos
o dadme mano de esposo,                                       llenos de orgullo y furor.
o libre de vos dejadme.                                            --¿Sois el capitán don Diego
Mirola Diego Martínez                                     (díjole don Pedro) vos?
atentamente un instante,                                  Contestó altivo y sereno,
y echando a un lado el embozo,                      Diego Martínez: --Yo soy.
repuso palabras tales:                                             --¿Conocéis a esta muchacha?
--Dentro de un mes, Inés mía,                                --Ha tres años, salvo error.
parto a la guerra de Flandes;                                  --¿Hicísteisla juramento
al año estaré de vuelta                                            de ser su marido? --No
y contigo en los altares.                                         --¿Juráis no haberlo jurado?
Honra que yo te desluzca,                                      --Sí juro. --Pues id con Dios.
con honra mía se lave,                                           --¡Miente!, exclamó Inés llorando
que por honra vuelven honra                                 de despecho y de rubor.
hidalgos que en honra nacen.                                 --Mujer, ¡piensa lo que dices!
--Júralo --exclamó la niña--.                                  --Digo que miente: juró.
--Más que mi palabra vale                                     --¿Tienes testigos? --Ninguno.
no te valdrá con juramento.                                   --Capitán, idos con Dios,
--Diego, la palabra es aire.                                    y disculpad que, acusado,
--¡Vive Dios que estás tenaz!                                dudara de vuestro hornor.
Dalo por jurado y baste.                                        Tornó Martínez la espalda
--No me basta, que olvidar                                    con brusca satisfacción,
puedes la palabra en Flandes.                                e Inés, que lo vio partirse,
--¡Voto a Dios!, ¿qué más pretendes?                   resuelta y firme gritó:
--Que a los pies de aquella imagen                       --Llamadle, que tengo un testigo.
lo jures como cristiano                                          Llamadle otra vez, señor.
del santo Cristo delante.                                        Volvió el capitán don Diego,
Vaciló un poco Martínez;                                      sentose Ruiz de Alarcón,
mas, porfiando que jurase,                                     la multitud aquietose
llevole Inés hacia el templo                                   y la de Vargas siguió:
que en medio la vega yace.                                    --Tengo un testigo a quien nunca
Enclavado en un madero,                                      faltó verdad ni razón.
en duro y postrero trance,                                      --¿Quién? --Un hombre que de lejos
ceñida la sien de espinas,                                       nuestras palabras oyó,
descolorido el semblante,                                      mirándonos desde arriba.
víase allí un crucifijo                                             --¿Estaba en algún balcón?
teñido de negra sangre,                                          --No, que estaba en un suplicio
a quien Toledo, devota,                                         donde ha tiempo que expiró.
acude hoy en sus azares.                                        --¿Luego es muerto? --No, que vive.
Ante sus plantas divinas                                         --Estáis loca, ¡vive Dios!
llegaron ambos amantes                                         --¿Quién fue? --El Cristo de la Vega,
y haciendo Inés que Martínez                                a cuya faz perjuró.
los sagrados pies tocase,
preguntole: --Diego, ¿Juras                               Pusiéronse en pie los jueces
a tu vuelta desposarme?                                    al nombre del Redentor,
Contestó el mozo: --¡Sí juro!                              escuchando con asombro
Y ambos del templo se salen.                            tan excelsa apelación.
            ********                                                   Reinó un profundo silencio
Pasó un día y otro día,                                           de sorpresa y de pavor,
un mes y otro mes pasó,                                        y Diego bajó los ojos
y un año pasado había,                                          de vergüenza y confusión.
mas de Flandes no volvía                                      Un instante con los jueces
Diego, que a Flandes partió.                                  don Pedro en secreto habló,
Lloraba la bella Inés                                              y levantose diciendo
su vuelta aguardando en vano;                              con respetuosa voz:
oraba un mes y otro mes                                       --La ley es ley para todos;
del crucifijo a los pies                                           tu testigo es el mejor;
do puso el galán la mano.                                     mas para tales testigos
Todas las tardes venía                                           no hay más tribunal que Dios.
después de traspuesto el sol,                                  Haremos... Lo que sepamos;
y a Dios lloraba y pedía                                        Escribano: Al caer el sol,
la vuelta del español                                             al Cristo que está en la vega
y el español no volvía.                                          tomaréis declaración...
Y siempre al anochecer,                                              ***********
sin dueña y sin escudero,                                   Allá por el Miradero,
en un manto una mujer                                      por el Cambrón y Bisagra,
el campo salía a ver                                           confuso tropel de gente
al alto del Miradero...                                        del Tajo a la vega baja.
Pasó un día y otro día,                                       Vienen delante don Pedro
un mes y otro mes pasó,                                    de Alarcón, Ibán de Vargas,
y el tercer año corría;                                        su hija Inés, los escribanos,
Diego a Flandes se partió                                  los corchetes y los guardias;
y de Flandes no volvía.                                      y detrás monjes, hidalgos,
 Era una tarde serena;                                        mozas, chicos y canalla.
doraba el sol de Occidente                                Otra turba de curiosos
del Tajo la vega amena,                                    en la vega los aguarda,
y apoyada en una almena                                  cada cual comentando
miraba Inés la corriente...                                  el caso según le cuadra.
A lo lejos por el llano,                                       Entre ellos está Martínez
en confuso remolino,                                         en apostura bizarra...
vio de hombres tropel lejano                             Los plebeyos de reojo
que en pardo polvo liviano                                le miran de entre las capas
dejan envuelto el camino.                                  los chicos, al uniforme,
Bajó Inés del torreón,                                        las mozas, a la cara.
y, llegando recelosa                                           Llegado el gobernador
a las puertas del Cambrón,                                y gente que le acompaña,
sintió latir,  zozobrosa,                                      entraron todos al claustro
más inquieto el corazón.                                   que iglesia y claustro separa.
Tan galán como altanero,                                  Encendieron ante el Cristo
dejó ver la escasa luz                                         cuatro cirios y una lámpara,
por bajo el arco primero                                    y de hinojos un momento
un hidalgo caballero                                          le rezaron en voz baja.
en un caballo andaluz...
Asiose a su estribo Inés,                                    Está el Cristo de la Vega 
gritando: --Diego, ¿eres tú?                               la cruz en tierra posada,
Y él, viéndola de través,                                    los pies alzados del suelo
dijo: --¡Voto a Belcebú,                                     poco menos de una vara;
que no me acuerdo quién es!                             hacia la severa imagen
Dio la triste un alarido                                       un notario se adelanta,
tal respuesta al escuchar,                                   de modo que con el rostro
y a poco perdió el sentido,                                 al pecho santo llegaba.
sin que más voz ni gemido                                A un lado tiene a Martínez;
volviera en tierra a exhalar.                               al otro lado Inés de Vargas;
Frunciendo ambas a dos cejas,                          detrás, el gobernador
encomendola a su gente                                    con sus jueces y sus guardias.
diciendo: --¡Malditas viejas                               Después de leer dos veces
que a las mozas malamente                               la acusación entablada,
enloquecen con consejas!                                  el notario a Jesucristo
Y aplicando el capitán                                       así demándó en voz alta:
a su potro las espuelas,                                      --Jesús, hijo de María,
el rostro a Toledo dan,                                       ante nos esta mañana
y a trote cruzando van                                       citado como testigo
las oscuras callejuelas.                                      por boca de Inés de Vargas.
         ********                                                 ¿Juráis ser cierto que un día
Era entonces de Toledo                                    a vuestras divinas plantas
por el rey gobernador                                       juró a Inés Diego Martínez
el justiciero y valiente                                      por su mujer desposarla?
don Pedro Ruiz de Alarcón.
Muchos años por su patria                               Asida a un brazo desnudo
el buen viejo peleó;                                          una mano atarazada        
cercenado tiene el brazo,                                  vino a posar en los autos
mas entero el corazón.                                     la seca y hendida palma,
La mesa tiene delante,                                     y allá en los aires "¡Sí juro!",
los jueces en derredor,                                    clamó una voz más que humana.
los corchetes a la puerta                                  Alzó la turba medrosa
y en la derecha el bastón.                                la vista a la imagen santa.
Está como presidente                                      Los labios tenía abiertos
del tribunal superior,                                       y una mano desclavada.
entre un dosel y una alfombra,                                  *********
reclinado en su sillón,                                      Las vanidades del mundo
escuchando con paciencia                                renunció allí mismo Inés.
la casi asmática voz                                         Y espantado de sí propio,
con que un tétrico escribano                            Diego Martínez también.
solfea una apelación.                                       Los escribanos temblando,
Los asistentes bostezan                                   dieron de esta escena fe,
al murmullo arrullador;                                   firmando como testigos
los jueces, medio dormidos,                            cuantos hubieron poder.
hacen pliegues al ropón;                                  Fundose un aniversario
los escribanos repasan                                     y una capilla con él,
sus pergaminos al sol;                                     y don Pedro de Alarcón
los corchetes a una moza                                 el altar ordenó hacer,
guiñan en un corredor,                                     donde hasta el tiempo que corre,
y abajo en Zocodover,                                      y en cada año una vez,
gritan en discorde son                                      con la mano desclavada
los que en el mercado venden,                         el crucifijo se ve.
lo vendido y el valor.
 
 
     

miércoles, 9 de julio de 2014

En Toledo: Corpus Christi

Tres eran nuestras posiciones respecto a la procesión de Corpus Christi. El grupo más numeroso había alquilado sillas, casi todas en Zocodover, que deberían ocupar en su momento, nunca después de las once; decidieron salir tarde y callejear hasta que hubieran de ocupar sus localidades. El segundo, en teoría el menos condicionado y, en consecuencia, el más libre, oiría misa a las diez en San Ildefonso y vería la procesión donde cuadrara. El tercero iría a participar en la misa de rito mozárabe en la catedral, vería salir la comitiva por la Puerta Llana y procuraría después desplazarse al exterior para ver el séquito completo. Mi mujer y yo pertenecíamos al tercer grupo, que debería dirigirse pronto al templo catedralicio, llegar a la Plaza de las Cuatro Calles, bajar la pronunciada cuesta de la Chapinería y entrar por la Puerta del Reloj, única abierta para el pueblo llano. Así lo hicimos, y en el lateral izquierdo del coro encontramos algunas plazas, cuando ya desesperábamos de poder aposentar el antifonario. Naturalmente hubimos de seguir la misa por las pantallas del circuito cerrado de televisión.
        Las fiestas del Corpus se celebran en Toledo desde hace ochocientos años. Hasta 1991 el día grande había sido siempre jueves, de acuerdo con la conocida máxima: “Tres jueves hay en el año / que relumbran más que el sol: / Jueves Santo, Corpus Christi / y el día de la Ascensión.” A partir de 1991 pasó a realizarse en domingo. El cambio no agradó, así que en 2004, acogiéndose al calendario litúrgico mozárabe, volvió a celebrarse en jueves, aunque la liturgia y la procesión se repetía de nuevo el domingo. El año 2010, aprovechando el Congreso Eucarístico, se festejó solo el jueves y así se ha continuado hasta hoy.  Y ya que hemos empezado el capítulo de curiosidades, os ofrezco otra: Hasta 2010 a la procesión asistía la Compañía de Honores de los Caballeros Cadetes de la Academia de Infantería con Bandera y rindiendo Honores. Hoy lo hacen, sin Bandera y sin los tradicionales Honores, de acuerdo con las normas de protocolo militar que fueron decretadas ese mismo año.
         La misa hispanomozárabe, teniendo el mismo objeto que la de cualquier otro rito, ofrece algunas diferencias con la de rito romano. Lo primero que llama la atención es que todos los cantos se hacen en latín. Tras las oraciones iniciales, se proclama la Palabra, y después se preparan las ofrendas, lo mismo que en el romano; pero inmediatamente se hace una serie de intercesiones solemnes y a continuación se celebra la Paz. Sigue la Consagración, y de modo inmediato se recita el Credo. La fracción de Pan es sumamente curiosa: El sacerdote parte el pan consagrado y va colocando en forma de cruz los fragmentos, excepto los dos últimos, al tiempo que evoca los misterios que se celebran a lo largo del año litúrgico: Encarnación, Nacimiento, Circuncisión, Aparición, Pasión (en vertical); a un lado y otro de Nacimiento, Muerte y Resurrección; fuera de la cruz, Gloria y Reino. Tras la fracción del Pan se canta, naturalmente en latín, el Pater noster y se da la bendición al pueblo. La comunión se hace bajo las dos especies. 
         Acabada la misa, poco tardó en comenzar el desfile procesional. Nos colocamos en el trascoro y alguna, cual cabra en prominente risco escarpado, se subió a un banco para no perder detalle. ¡Ay, las elegantes maneras de nuestra esmerada educación!
         Estruendosos bombazos, como si de salvas de artillería se tratara, anunciaron la salida de la cabeza de la procesión. Por la nave derecha vimos pasar al Pertiguero y los Flanqueadores; la Cruz de la Catedral, que inicia el desfile, regalada por Alfonso V el Africano en el siglo XVI; los Gremios, los niños de Primera Comunión; representantes del Apostolado Seglar, Cofradías, Hermandades, entre ellas la de la Santa Faz y Caridad, que data del siglo XI; Cruces Parroquiales de Toledo; Adoración Nocturna; Capítulos: Infanzones de Illescas con hábitos rojos, Caballeros Mozárabes con hábitos azules, Caballeros del Santo Sepulcro, con capas blancas, Caballeros del Corpus Christi, de color verde; Colegio de Infantes y seises, seminaristas, clero secular y regular. Y que me perdonen los que no fui capaz de identificar.
         Tras ellos, la Cruz del cardenal Mendoza, con la que se entró en Granada cuando fue conquistada esta ciudad a los musulmanes, escoltada por los Maceros del Cabildo; el Cabildo Catedralicio... Varios turiferarios movían rítmicamente los incensarios ante la carroza portadora de la Custodia en cuyo Viril se mostraba el centro y motivo de la celebración. Una escuadra de Gastadores de los Caballeros Cadetes le servía de escolta.
         La custodia fue encargada por el Cardenal Cisneros a Enrique de Arfe, quien tardó siete años en cincelarla. Semeja lo que hubieran sido las torres de la catedral según el proyecto primitivo. Posteriormente Gaspar Quiroga doró la plata. La carroza sobre la que descansa la custodia es arrastrada por seis costaleros y va dotada de un sistema de equilibrado automático que la mantiene horizontal incluso en los lugares de piso más desigual.
         Tras la carroza, el Arzobispo Primado, su Obispo Auxiliar y alto clero. Siguen autoridades civiles locales, provinciales, autonómicas y nacionales; universitarias; policiales; y también militares, aunque a título personal.
         Al mostrarse la custodia al exterior, volvieron a sonar salvas y una cerrada ovación de las personas congregadas en el exterior y en balcones y ventanas. Impresionaba ver la escena a contraluz del sol esplendente que lucía aquella mañana desde la penumbra del templo, a pesar de la iluminación.
         Asistir a la procesión en la catedral supone perderse una serie de detalles del cortejo, de las reacciones del público y del ambiente multitudinario, así que salimos y, con cierta dificultad a causa de la aglomeración humana, buscamos un lugar desde donde contemplar el paso, y que encontramos al lado de la Plaza de San Vicente.
         Todo el trayecto había sido acordonado por los cadetes que esperaban en posición descanso, y al paso de autoridades o de la propia custodia adoptaban posiciones hieráticas. Abría el cortejo un piquete de la Guardia Civil a caballo, seguido de otro grupo ecuestre de los Timbaleros del Excmo. Ayuntamiento, e inmediatamente la Banda de Música de la Guardia Civil. Tras ellos, el pertiguero,  los flanqueadores, siguiendo el orden reflejado más arriba. Cerrando el cortejo, la Compañía de Caballeros Cadetes.
         El público recibía con silencio, aplausitos, aplausos, ovaciones, ovaciones cerradas y ovaciones cerradas y vivas a los participantes. La Custodia con el Santísimo se llevó la palma. Pero ya en el plano humano, la Guardia Civil y la Compañía de Cadetes empataban en el aplausómetro, si bien, dentro de la Guardia Civil algún descontento excluyó del aplauso y los vivas a “los que nos ponen multas en la carretera”. ¡De todo hay en la viña del Señor!
        Habíamos estado tan embebidos, disfrutábamos de tal modo que se nos echó el tiempo encima y con él la hora de comer, así que, por Alfileritos y Cristo de la Luz..., al hotel.
        Y a esa hora fatídica que eran las cuatro de la tarde, ¡hale!, caminito de la Puerta de Bisagra para tomar el autobús. Pedí al conductor nos acercara al Puente de San Martín con doble objeto: que vieran San Juan de los Reyes en perspectiva desde el otro lado del Tajo y contarles, con el puente a la vista, la leyenda según la cual el arquitecto, cuando ya tenía encofrada toda la estructura, soñó una noche que el puente se hundiría al quitar el encofrado. Habiéndoselo contado a su esposa, decidida esta a salvar de la deshonra a su hombre, quemó una noche el maderamen y, ¡oh sorpresa!, en lugar de producirse el hundimiento, las piezas ajustaron de manera perfecta.
         La verdad es que salí de Toledo con la dulce amargura de quien desearía volver pronto.  

lunes, 7 de julio de 2014

En Toledo: Víspera de Corpus

         Desde que llegamos a la ciudad imperial, en nuestro deambular constante por el centro habíamos observado una serie de preparativos con vistas a la celebración de la famosa Procesión del Corpus. En efecto, en nuestras pescas de sirenas y cazas de fantasmas habíamos descubierto algunas calles con toldos elaborados por antiguos gremios de tejedores y sederos, con incensarios y adornos de diversos tipos: las calles por las que pasaría la procesión en su día. Esta misma mañana en Zocodover, en Comercio, en la Plaza del Ayuntamiento, en Trinidad observábamos a cuadrillas de trabajadores echando al piso de las calles matas de cantueso, de tomillo, de espliego, de romero, y disponiendo los últimos detalles para que todo estuviera a punto.
Existía en el grupo expectación por ver lo que nos deparaba la pesca y la caza aquella noche, así que ya cerca de las once nos encaminamos de nuevo al Centro. Las plantas olorosas, pisadas por los transeúntes desprendían aromas que embalsamaban el ambiente cálido de la noche. Los balcones del trayecto habían sido engalanados con colgaduras, banderas, mantones, reposteros, plantas... Llegábamos ya casi al inicio de Comercio, cuando hubimos de abrir paso a la Banda Municipal que se nos echaba materialmente encima, pues se estaba ya llevando a cabo la inspección que la Corporación Municipal debía hacer del recorrido. El eje del cortejo era el Pertiguero, un mocetón vestido de negro a la usanza antigua, portador de una pértiga de cuatro metros de altura, con la que comprobaba si hubiera algo en lo que tropezara su pértiga a fin de excluirlo del trazado, para que no embarazara al día siguiente el paso de la carroza portadora de la Custodia del Santísimo. Tras el Pertiguero, varios grupos de danzantes, una representación de la Corporación Municipal y una escuadra de jinetes.
Desgraciadamente la Tarasca, un descomunal animal mitológico que engulle a la chiquillería, los gigantones y los cabezudos no desfilaban. Me dijeron que lo habían hecho hacia las siete de la tarde entre las risas de los medianos y los miedos de los más pequeños. No me preocupé demasiado, pues nuestros integrantes más jóvenes no bajaban de los treinta y muchos.
Desapareció el cortejo camino de Zocodover y nosotros partimos en dirección contraria. La catedral había sido engalanada con tapices flamencos de los siglos XVI y XVII. Yendo siempre siguiendo la ruta de la procesión pero a contracorriente, descubrimos el templo donde el Santísimo tiene adoradores las veinticuatro horas del día y entramos a hacer una visita. Y siguiendo, advertimos que a lo largo del recorrido había también altares y que también los patios de las casas se engalanan por el Corpus en Toledo, como en Córdoba en el mes de abril, y también se hacen concursos de patios, de modo que quien lo deseó pudo admirar alguno.
Y callejeando, callejeando, ya se me cerraban los ojos y se me abría la boca, cuando no sé muy bien cómo nos hallamos a la puerta del hotel. Sentí entonces la llamada imperiosa de la cama, que me reclamaba a voz en grito, y sin preocuparme de la hora, hechas las abluciones oportunas, me invadió el hijo de la Noche y del Sueño, Morfeo.

En Toledo: La luna de allá arriba bajaría

           Según lo previsto, a las 16 h. salíamos del hotel hacia el Hospital Tavera. Era un paseo de no más de trescientos metros. El cielo se había entoldado y hacía un calor bochornoso. Pasada la Puerta de Bisagra, por el Paseo de Merchán accedimos a la puerta renacentista del número 2 de Duque de Lerma, sede del Hospital de Afuera, como es conocido entre los toledanos. Habíamos contemplado reiteradamente su silueta señorial y el volumen de su construcción, que llaman la atención desde la Puerta del Sol y desde el Miradero, así que no nos resultaba completamente extraño.
           Fue mandado construir por el cardenal don Juan Tavera en el año 1541, para acoger a los enfermos y menesterosos que no podían ser atendidos en el Hospital de Santa Cruz. Los planos fueron trazados por Alonso de Covarrubias.
 Como el edificio es en la actualidad propiedad de la Casa Ducal de Medinaceli, la visita era guiada. Pasamos a un amplísimo patio dividido en dos mitades simétricas separadas por una galería descubierta que conduce a la puerta de la iglesia. En el centro de la nave se encuentra el sepulcro del cardenal Tavera, obra del palentino Alonso de Berruguete. Se conserva también el retablo dedicado al Bautismo de Cristo, de El Greco. En la sacristía se ofrece un buen número de obras del mismo autor. Dicen que en La Sagrada Familia con Santa Ana el pintor se retrató a sí mismo y a su familia. La verdad es que, frente al resto de los personajes, de gran belleza y afabilidad,  Doménico plasma a su suegra con rasgos poco agraciados y con colores un tantico cenicientos. Las malas lenguas de todo se hacen eco y, claro, de tal hecho se ha concluido que el pintor no miraba a la madre de Jerónima de las Cuevas con buenos ojos.  Las Lágrimas de San Pedro es un prodigio de expresividad; San Francisco en oración, el Retrato del Cardenal Tavera... Al mismo autor pertenecen dos obras recién restauradas: Un Tabernáculo que formaría parte del Retablo Mayor del templo y en el que se exhibiría la figura de Cristo Resucitado, única escultura conservada hoy de las muchas que debió hacer el arquitecto, escultor y pintor cretense.
La cripta es un prodigio acústico que merece la pena ser experimentado y no digo más que, como sugeriría Juan Ruiz, arcipreste de Hita, el moço mesturero non es bueno para recados.
Pasamos después a la farmacia del antiguo hospital, donde encontramos desde una numerosa colección de albarelos de cerámica antigua de Talavera, destinados a contener las plantas medicinales de la antigua farmacopea, hasta los utensilios más diversos empleados por los boticarios.
Ciertas dependencias del hospital-palacio han sido transformadas en salas de museo, donde se ofrece una sucesión de muebles, alfombras, y notable colección de pinturas. También conocimos una amplia y nutrida biblioteca, en la que llamó la atención más que los volúmenes conservados un facistol ingente, situado casi en el centro de la estancia.
Entre los cuadros famosos se exhibe una reproducción de Carlos V a caballo, de Tiziano; Retrato de un joven, de Zurbarán, que no es sino el retrato del conde, y La mujer barbuda, de Ribera, cuadro que encierra una curiosa anécdota y que nosotros no pudimos ver por hallarse cedido desde hace dos años al Museo de El Prado.
También se encuentra en este edificio la Sección de Nobleza del Archivo Histórico Nacional, evidentemente no visitable.
Terminada la visita, se dejó tiempo libre para que cada cual hiciera sus compras o invirtiera el tiempo como fuera su gusto. El grupo se dispersó de inmediato hasta la hora de la cena.

jueves, 3 de julio de 2014

En Toledo: Cerca del Tajo en soledad amena

     Ciertamente nuestro grupo estaba cansado: los escasos doscientos metros que median entre la Casa-museo y la entrada actual de San Juan de los Reyes se hacían interminables. Íbamos diseminados, como cagajones en el río. Pese a las exhortaciones de aliento, no había manera de alegrar la marcha, así que, aprovechando la disposición de la Plaza de los Reyes Católicos allá donde nace la Cuesta del Ángel, casi enfrente de la Escuela de Artes Aplicadas, fui deteniendo a los que venían, quienes se sentaban de modo inmediato en las gradas. Desde allí contemplamos el monasterio.
 
I. San Juan de los Reyes
 
     Visto con una perspectiva amplia, desde el cerro de Gracia o desde la torre exterior del puente de San Martín, se da uno perfecta cuenta de que todo el monasterio asemeja un inmenso catafalco, de acuerdo con la intención primitiva de los Reyes Católicos de que fuera el monumento funerario de sus tumbas. Pero,  ¿quién era el guapo que les proponía bajar hasta el puente, cruzarlo y desandar el camino para regresar de nuevo?  "¿Quién sufrirá tan áspera mudanza...?"
     El edificio fue encargado a Hans Waas (Juan Guas para los españoles) en 1476 para conmemorar la victoria del ejército de Isabel y Fernando ante el del rey portugués Alfonso V y Juana la Beltraneja en la batalla de Toro, y fue dedicado a san Juan evangelista, dada la devoción de la Casa Trastámara al apóstol.
     Para el culto en el futuro quisieron los reyes constituir un cabildo, a lo que se opusieron tajantemente los canónigos de la Catedral, puesto que ya existía uno en la ciudad. La tenaz resistencia y la conquista de Granada hicieron cambiar de opinión a Fernando e Isabel, que serían enterrados en la ciudad por ellos conquistada, de modo que cedieron el monasterio a la Orden Franciscana, pues la reina sentía admiración por san Francisco. Por cierto, los franciscanos hicieron del monasterio un centro de religiosidad y de cultura. Aquí estudió y se formó el cardenal Cisneros y aquí se reunió una biblioteca de códices y manuscritos, envidia del mundo entero. En la guerra de Independencia buena parte de la biblioteca sería quemada por las tropas napoleónicas, junto con el monasterio.
     Atravesamos la calle y nos dirigimos a la zona norte, donde se encuentra la portada principal del templo, diseñada por Antonio Covarrubias. Enmarcada por dos columnas paralelas a cada lado, entre las que se ofrecen esculturas de santos franciscanos, se halla presidida por la imagen del Salvador, y coronada por un escudo sostenido por el águila de san Juan y una cruz. A la izquierda se advierte una serie de cadenas herrumbrosas. Se dice que están allí como exvotos traídos por los cristianos cautivos en el reino de Granada al ser liberados. En la explanada, a la derecha de la puerta se alza el monumento a la Inmaculada que recuerda el juramento que el cabildo y las instituciones de la ciudad hicieron de defender el dogma de la concepción inmaculada de María.
     Entramos al monasterio por la puerta conocida como del Pelícano, que da paso a la antigua sacristía. Es llamada así por el calvario de Enrique Egas que ofrece una  gruesa cruz sobre la que se encuentra un pelícano, símbolo de Jesús entregado por nosotros, que alimenta en el nido a las crías con su propia sangre. A la izquierda de la cruz, la Virgen, y a la derecha, san Juan. A los pies de la cruz, la calavera de Adán. La otrora sacristía es una nave amplísima con una bóveda impresionante de crucería y se utiliza hoy solo para recibir a los visitantes y como distribuidor hacia el templo o el patio.
     Como éramos portadores de la pulsera roja adquirida el día anterior cada cual fue entrando y encaminándose al templo en busca de bancos donde descansar el antifonario. Menos mal que la naturaleza es sabia y no ha dado al antifonario narices, porque, si así hubiera sido muchos se habrían quedado chatos.
     Orientada de este a oeste, la iglesia conforma el lado norte de ese catafalco que hemos dicho es el monasterio. Posee una sola nave, muy clara y luminosa tanto por la luz que recibe de los ventanales como por la blancura de la piedra caliza. La austeridad granítica de los muros exteriores contrasta con la gran cantidad de adornos y esculturas del interior. La planta es de cruz latina, con los brazos poco salientes.
     Si los cuerpos de los RRCC hubieran sido traídos al templo, deberían haberse situado los sepulcros bajo la cúpula del crucero, por eso esta zona es la más ricamente decorada: con doce escudos reales en los lienzos, seis en el derecho y seis en el izquierdo, sostenidos por las garras del águila de san Juan, con el yugo y las flechas, símbolo de la unidad, a los lados. Bajo los escudos encontramos leones humillados que parecen indicar el acatamiento de la soberanía. Los escudos no son de la misma dimensión: en cada lado, dos son mayores y cuatro menores. Los escudos van separados por figuras de santos. Y  "el Tajo va siguiendo su jornada"...
     El cimborrio fue concebido para dar luz a los sepulcros. Tiene ocho ventanales que debieran haber sido ocupados por sendas vidrieras, pero, muerto el Juan de Guas, surgieron dificultades de estabilidad y se cegaron, al tiempo que se reducía la altura del cimborrio, hechos que provocarían un enfado monumental de Isabel.
   El retablo del presbiterio no es el original, ya que los franceses, al tiempo que transformaban la iglesia en cuadra para los caballos hacían con él leña para calentarse. El retablo actual procede de la capilla del Hospital de Santa Cruz. Combina tallas y pintura. Lo más interesante es la figura de san Francisco, obra de Pedro de Mena, que ocupa el lugar de un sagrario desaparecido.
     Descansadas un poco las piernas, por una hermosísima puerta plateresca accedimos al claustro bajo, pensado como continuación de la iglesia y como complemento de esta en las ceremonias y procesiones, fue comenzado por Juan de Guas y continuado por los hermanos Egas. La decoración es un lujo para el sentido de la vista y con la profusión de plantas y animales da la sensación de que pretendiera evocar el jardín del Edén. También se ofrecen numerosas esculturas humanas entre primorosos ventanales, auténticas obras de orfebrería en piedra caliza blanca.
     Amplia escalera de cuatro tramos conduce al claustro superior. En él lo primero que llama la atención es el artesonado mudéjar, en madera de alerce pintada, con los signos de los Reyes Católicos, motivo central y reiterado de toda la construcción. Leones sostienen los escudos de los reinos de España incluidos ya el de Granada, que no se encuentra en otras zonas del edificio, y el de Navarra, reino que no se incorporó a España hasta después de la muerte de Isabel, como consecuencia del matrimonio de Fernando con Germana de Foix. El mote Tanto monta monta tanto se repite en cada tramo. Y entre la satisfacción de la visita y la desilusión de acabarla salimos de nuevo al mundo.

II. La Mezquita del Cristo de la Luz

     "Por estas asperezas se camina". O al menos esa era la impresión que a mí me producía volver a la realidad subiendo la Cuesta del Ángel para, recoveco tras recoveco, acercarnos a una construcción barroca: la Iglesia de San Ildefonso. Preguntar en Toledo por este templo puede suponer respuestas arriesgadas, porque (que yo sepa) se la conoce al menos por tres nombres y pico. Como hasta comienzos del siglo XX estuvo en ella la Parroquia de San Juan, hay quien la conoce por ese nombre. Como el templo está edificado sobre la casa, según la tradición, natal de San Ildefonso, también es denominada como Iglesia de San Ildefonso. Puesto que fue levantada por los jesuitas, y la rigieron hasta hace dos años recibe también el nombre de Iglesia de los Jesuitas, y también  San Juan de los Jesuitas (el pico). La fachada, en piedra, ofrece una columnata típicamente barroca. Las torres, de ladrillo y mampostería, no responden al proyecto primitivo. El interior es muy amplio y guarda especialmente esculturas barrocas de los siglo XVII y XVIII.
     Tomando una vez más por Alfileritos, llegamos a la pronunciada cuesta de la Calle del Cristo de la Luz y, desciende que te desciende, llegamos ante la mezquita bajo la misma advocación, al ladito de la Puerta del Sol. Es un edificio musulmán del año 999. La fachada que da a esta calle es de ladrillo y mampostería. Tiene un primer cuerpo con arco de herradura sobre el que se levanta el segundo con decoración de arcos de herradura entrecruzados. El tercer cuerpo es una red de rombos y una inscripción cúfica. El interior es de planta casi cuadrada, dividida por cuatro columnas que sostienen arcos de herradura en tres naves paralelas cruzadas por otras tres naves, con lo que se generan nueve espacios cubiertos por sendas bóvedas, todas ellas distintas. La más alta es la del centro. Según la leyenda, cuando Alfonso VI entró en la ciudad lo hizo por la puerta de su nombre y al pasar ante la mezquita sobre una piedra blanca, su caballo dobló las patas delanteras y se puso de rodillas sin que nadie pudiera hacerlo levantar. Intrigados por el hecho, los caballeros del rey buscaron por los alrededores y no hallaron nada así que buscaron dentro de la mezquita donde, tras un tabique que hicieron derribar, hallaron un crucifijo alumbrado por una lamparilla de aceite que había permanecido oculto durante los siglos de dominación musulmana. El crucificado muestra los pies en posición desviada de como suelen tenerla los crucifijos. La mezquita se consagró como iglesia cristiana y en su interior se ofició la primera misa ante el crucifijo descubierto. Una piedra blanca se ve actualmente en la calzada, recordando el hecho. Posteriormente se dotó a la iglesia de un ábside mudéjar con pinturas románicas, hoy en estado muy deteriorado.
     En el jardín se han descubierto numerosos restos romanos. Me llamaron la atención el diámetro enorme de una cloaca y las losas de un fragmento de calzada.
     Con la hora que era, con el calor que hacía, con el bar del hotel a un tiro de piedra, ¿qué crees que sucedió a continuación?

    
    
    

lunes, 30 de junio de 2014

En Toledo: Pensando que el camino iba derecho...

     Amaneció el día 28 y yo no amanecí hasta que las cisternas y las duchas de las habitaciones aledañas me llamaron reiteradamente perezoso. Hechas, no obstante, las habituales abluciones matutinas, ya en el comedor, mientras desayunábamos surgió tempranero el primer sobresalto del día: don José María me mostraba la hoja de compromiso de visita a la Casa-museo de El Greco que, ¡oh cielos!, debiéramos haber realizado el día anterior en dos grupos: uno a las 18 y otro a las 18,30 h. "¡Salid sin duelo, lágrimas, corriendo!" (1). No, lágrimas no salieron; quienes sí salimos escopetados hacia el lugar fuimos José María y yo a las nueve de la mañana, mientras el grupo, dirigido por Guillermo, nos seguía con tranquilidad. Afortunadamente, lo que a priori consideramos problemón se resolvió de modo discreto e inmediato.
    Apenas solventado el primer entuerto del día, una señora, bastante nerviosa, se acerca a mí y me dice que el miembro del grupo que se había encargado de reservar en el Ayuntamiento las sillas para el paso de la procesión del día siguiente necesitaba saber el número que deseábamos. Yo ignoraba lo de las reservas, pues se había dejado libertad para asistir a la misa de la catedral o hacer lo que cada cual considerara oportuno. Avisado don José María, tocó a rebato, reunió el rebaño, inquirió por el número de silleteros, y por whatsapp resolvió el problema "a despecho y pesar de la ventura". 
 
 
I. Sinagoga del Tránsito
 
 
      Construida en 1366 por iniciativa de Samuel Ha-Leví, es una gran sala rectangular, iluminada por ventanas caladas de arcos apuntados y lobulados, integradas en una arquería corrida apoyada en columnas de mármol policromado. La cabecera posee un hueco central tras una triple arcada donde posiblemente se guardaría la Torá, los libros sagrados. La yesería es una auténtica filigrana de diversos colores. En los tableros laterales aparecen lirios y castillos, emblemas del constructor. Sobre ellos, bajo las columnas, un friso que en el frontal tiene figuras geométricas que se transforman en hojas de vid y roble en los laterales. La mayor parte de las inscripciones son hebreas, aunque se ofrecen otras más pequeñas en árabe. Junto a la cabecera se conserva un fragmento del piso original. La techumbre está realizada en madera de alerce con incrustaciones de nácar. Por la puerta lateral de la derecha se accede a un patio típicamente toledano y desde él a una especie de tribuna que se utilizaba como oratorio de las mujeres. El resto de dependencias son salas del incipiente museo sefardí, constituido por objetos donados por miembros de la comunidad sefardita y que van desde objetos de culto (rollos de la Torá, candelabros de siete brazos, filacterias)  a las correspondientes a ciclos vitales como la circuncisión, el matrimonio, la muerte.
     Cuando en 1492 los judíos fueron expulsados, la sinagoga se transformó en iglesia cristiana bajo la advocación de san Benito, y fue administrada por los Caballeros de Calatrava, aunque siempre se la ha conocido como Santa María del Tránsito. A pesar de haber sido usada como templo cristiano, no sufrió modificaciones, por lo que se ha conservado casi en su estado original.
 
 
II. La casa de El Greco.
 
 
     Bajando por la calle de San Juan de Dios, mediada la calle, sale hacia la izquierda un callejón estrecho cuyo empedrado no es el habitual, sino de ladrillo que forma espigas, conducía a la entrada de la casa-museo. Y lo digo en pasado, porque el acceso tiene lugar ahora  por el jardín que da al Paseo del Tránsito.
     Si alguien piensa que la casa que visita es aquella en que realmente vivió el pintor cretense, parece ser que está muy equivocado. El edificio actual fue adquirido y restaurado por el marqués de la Vega-Inclán al que reconstruyó como una casa toledana típica del siglo XVI, creyendo que el tal edificio correspondía a las casas del Marqués de Villena, donde Doménico habitó con Jerónima de las Cuevas al menos entre 1585 y 1590, y desde 1604 hasta su muerte. No obstante, el solar de estas casas, demolidas a comienzos del siglo XX, está bajo las zonas verdes cercanas al paseo.
     Nada más entrar en el jardín por el Paseo del Tránsito observamos a mano derecha unos sótanos protegidos por rejas. Según la leyenda, en el jardín existen hasta nada menos que siete plantas de sótano, donde don Enrique de Villena, nieto de Enrique II de Trastámara, escritor, filósofo, matemático, astrólogo y alquimista, identificado erróneamente con el Marqués de Villena, practicaba en tal lugar artes consideradas nigromantes en la época. En realidad, los sótanos hallados corresponden a baños litúrgicos judíos.
     En el museo se expone un buen número de obras del pintor que le da el nombre, entre las que destacan Las lágrimas de San Pedro (me decía una señora, casi emocionada, que viendo el rostro avergonzado y al mismo tiempo arrepentido del apóstol, su mirada implorante y el dolor expresado con el retorcimiento de sus manos se entendía perfectamente lo que pudo sentir después de las tres negaciones), Vista y plano de Toledo, y un Apostolado completo, segundo de los tres completos que se conservan.
    En  Vista y plano de Toledo, inacabado, predominan los colores ocres claros, rosas y dorados, y los grises suaves y azulados. El conjunto aparece envuelto en luz plateada y matinal. En primer plano, a la derecha, un joven despliega el mapa de la ciudad. Se ha querido ver en ese joven a Jorge Manuel , pero en la época en que se pintó el cuadro, el hijo del pintor tendría ya 30 años y el joven aparenta alrededor de 18. El personaje no ha sido acabado. La graduación del color verde hace que se acabe fundiendo con el color del paisaje que lo rodea, pero el rostro ha sido solo esbozado. El personaje de la izquierda simboliza al río: "Con tanta mansedumbre el cristalino / Tajo por aquella parte caminaba...". Lleva espigas, fruta y un cántaro que mana agua. Detrás, bajo un cielo de azul muy claro, parcialmente nublado, se muestra la ciudad, pintada en colores grises, ocres y azules pálidos que la hacen un tanto espectral. En el centro del lienzo, sobre nubes,  el Hospital Tavera.
     En la parte alta, la Virgen desciende, rodeada de ángeles a entregar a San Ildefonso, arzobispo de Toledo la casulla, motivo muy repetitivo en la pintura, la escultura y la arquitectura toledana. El grupo está pintado en una gama fría de blancos y grises nacarados que contrastan con el amarillo de la casulla.
     El museo muestra también obras de Murillo, Valdés Leal, Luis Tristán, Ribalta...
     Era la segunda visita de la mañana y nuestra gente ya aparecía sentada allá donde hubiera un lugar en que aposentar el antifonario. ¡Pobres! "Cuando me paro a contemplar mi estado..."


(1) Me ha llamado siempe la atención el hecho de que en Toledo se homenajea a un gran número de personas aunque no hayan sido hijas de la ciudad, y se citan sus nombres y se alaban sus hechos. Hay sin embargo, un hijo de la ciudad, excelente poeta renacentista, introductor y aclimatador en España de metros y estrofas italianas, honra y prez de nuestras letras, caballero ejemplar, cuyas visiones poéticas del Tajo llenan de gozo y elevan el espíritu, al que no he oído citar nunca. Ignoro el porqué de tal silencio. Y como me escama, hice el propósito de introducir en este capítulo algún endecasílabo de Garcilaso de la Vega, comenzando por el título. El resto va entrecomillado.


domingo, 29 de junio de 2014

En Toledo: Sirenas y fantasmas

     Don José María Taberner, responsable, alma y cabeza de la expedición, tenía la divertida costumbre de rifar algo al final de las comidas y las cenas, un abanico, por ejemplo, que entregaba a quien acertara algo relacionado con lo explicado o sucedido durante el tiempo de visita a la ciudad. Pero antes, de las rifas auténticas fingía rifar también bolsas, paquetes u objetos que le habían sido entregados por algún miembro del grupo, quien los había encontrado olvidados por su dueño en los lugares más inverosímiles. Llegado el momento, don José María hacía tañer una copa, se situaba en medio del comedor. "¡Voy a rifar...!", decía, mostrando el objeto que inmediatamente era identificado por su dueño: "¡Ay, eso es mío!", exclamaba con voz doliente la persona que lo había perdido u olvidado y le era entregado entre algarabía general y aplausos. Acabada la rifa de la cena del día 17, propuso callejear un poquito la ciudad. La verdad es que tras el madrugón, el viaje, el paseo de la mañana y el tute que yo les había metido por la tarde no había muchos deseos de salir a pescar sirenas y cazar fantasmas. Quedamos en que quienes desearan hacer la experiencia nos reuniríamos en el vestíbulo del hotel a las diez y media.
   ¡Cómo! ¿Que qué es eso de pescar sirenas y cazar fantasmas? ¿Es posible que no lo sepas? Pues es un deporte divertidísimo y reparador, el más eficaz somnífero que pueda uno imaginarse: acabas de tomarlo, te metes en la cama y duermes como un lirón, a pierna suelta. Yo tengo experiencia y te lo aseguro. Lo he practicado por los Cantones de Vitoria, por las rúas de Santiago; en la judería de Córdoba, en el Barrio de las Letras madrileño..., en el Barrio Gótico de Barcelona; entre los edificios mozárabes de Teruel, entre las dos catedrales de Salamanca; en el Penedo da Saudade de Coimbra, en el Barrio Monumental de Cáceres, en la Plaza Redonda de Valencia, mientras oía los requiebros que el fornido Micalet dedicaba a la bella y esbelta torre de Santa Catalina... Y recuerdo con especial devoción una noche de enero con una luminosa luna llena en Zamora, desde la muralla, con el Duero a nuestros pies, cerca del Portillo de la Traición, mientras guiaba a unos amigos catalanes por la ciudad vieja. Claro que en la práctica de este deporte en ocasiones pueden también surgir las sorpresas, como me sucedió en Ávila la noche en que salí con mi perro Cipión y, deambulando intramuros por la ciudad teresiana, llegué ante la portada de un precioso palacio gótico perfectamente iluminado. Para verlo mejor, me subí a la verja y de pronto oigo: "¡Cabo de Guardia!", y al momento se me acerca un piquete de soldados que me pregunta qué hago allí, y una vez me hube explicado, me mandan a la cama... ¡Claro, aquello era la sede de la Academia de Intendencia!
     Llegó la hora y en el vestíbulo había así como una docena de locos y locas dispuestos a hacer méritos para dormir incluso entre sábanas de lija. Al salir de hotel, tomamos por la Puerta del Sol e inmediatamente estuvimos frente a la Mezquita del Cristo de la Luz que no visitaríamos hasta el día siguiente. La calle tiene también el mismo nombre. A pesar de que su empedrado es el típico de las de Toledo y  la cuesta muy empinada, subimos a buen paso hasta la Calle Alfileritos, aunque ya nos faltaba el resuello. Recibe el nombre de una antigua tradición: Unos quince metros a la izquierda de la desembocadura de la Calle del Cristo de la Luz hay en Alfileritos una hornacina con la Virgen de los Dolores, cuya imagen ofrece el corazón traspasado por una serie de puñales. Cuentan que esa imagen procuraba novio a las mozas solteras que rezaran una oración y le hicieran una ofrenda de alfileres. Siguiendo Alfileritos, teníamos dos alternativas: Descender por Núñez de Arce hasta la capilla de San José, en cuyo retablo central se conservan San José con el Niño y Coronación de la Virgen de El Greco, opción que desechamos porque, evidentemente, la capilla estaría cerrada, o acercarnos a Zocodover por La Sillería, cosa que hicimos.
     Zocodover tenía un ambientazo de padre y muy señor mío. La mayoría nos compramos enormes helados de cucurucho que relamíamos con fruición, aunque algunos protestaron de que no eran tan buenos como hubiera sido de desear, y nos pusimos a escuchar el concierto que una joven ofrecía con un instrumento de percusión que emitía música muy dulce y agradable. Calle del Comercio, Hombre de Palo, Plaza del Ayuntamiento, ¡catapum!, concierto de tropecientos mil miles de decibelios con no sé qué canción que ofrecía no sé qué grupo musical, ni falta que me hace saberlo. Me preguntaba yo si ante aquellos chorros de voz el señor arzobispo se deleitaría o juraría en arameo.
     Poniendo rumbo hacia San Ildefonso, pasado el convento de las Agustinas, volvimos a entrar en Alfileritos por la parte opuesta a la que conocíamos, descendimos otra vez por Cristo de la Luz y, llegados al hotel, ¡hala!, cada mochuelo a su olivo.