martes, 28 de octubre de 2014

Apostillas al refranero. Uvas, siembras y santos

            El calendario, el santoral y las faenas agrícolas han estado siempre estrechamente relacionadas en la tradición popular española. En el equinoccio de otoño (23 de septiembre) se iguala la duración del día y de la noche. Es época de lluvias y tormentas en ocasiones violentas; acordaos de las temidas gotas frías. Pocos días después se celebra la fiesta de san Miguel (29 de septiembre), momento en que los últimos frutos del año se encuentran ya en sazón y están listos para la recogida. Es la fiesta otrora elegida para marcar el final de los contratos de los jornaleros agrícolas. Miguel significa en hebreo ‘¿Quién como Dios?’, el grito de guerra que lanzó cuando las huestes de Luzbel se levantaron contra el Eterno, y es el arcángel protector: aparte de la actuación referida, protege a Daniel del fuego, y en el Apocalipsis se enfrenta contra el dragón. En el santoral moderno, se le han anexado los otros dos arcángeles: Gabriel, ‘Dios es mi fuerza’, el mensajero por excelencia, pues anuncia el nacimiento de Juan Bautista, la Encarnación a María, la Navidad a los pastores y, en el Islam, también comunica a Mahoma; y Rafael, ‘Dios cura’, que sana a Tobit y acompaña a Tobías en su viaje hasta Sara. El 4 de octubre, en plena vendimia, san Francisco de Asís (día 4) es testimonio de un sarmiento fecundo unido a la vid, según la parábola evangélica, y da fruto sobreabundante. Y ya en el declinar del mes, santa Teresa de Jesús (15), cuyo centenario celebramos este curso, el evangelista san Lucas (18) y los apóstoles Simón y Judas (28). Entrados ya en noviembre, san Martín de Tours (11), momento en que se iniciaba la actividad en los tribunales, en el Parlamento, en que se pagaban los arrendamientos, rentas, alquileres, y se renovaban los contratos.
 
RECUERDA:
 
Por san Simón siembra varón
Por san Gil enciende tu candil
Por san Martino encierra tu vino
Por san Lucas bien saben las uvas
Por Todos los Santos, nieve en los cantos
Otoñada buena, por san Bartolomé comienza
O seco o mojado, por san Lucas todo sembrado
Por san Simón y san Judas, recogidas son las uvas
San Miguel pasado, tanto manda el amo como el criado
 
 Viene san Martín en caballo chiquito; tapa la cuba y evita el mosquito


lunes, 27 de octubre de 2014

Apostillas al refranero. Capricho

            Juan de Tassis Peralta, conde de Villamediana, nació en Lisboa en 1582,  durante el reinado de Felipe II, en la época en que los dos países estuvieron unidos bajo la misma Corona (reinados de Felipe II, III, IV y Carlos II, hasta la celebración del Tratado de Lisboa, en 1668). Don Juan fue un excelente poeta, frecuentador en Madrid de tertulias literarias en que conoció e hizo amistad con figuras como Lope de Vega, los hermanos Argensola, Antonio Mira de Amescua y Luis de Góngora, maestro al que trató de emular sobre todo con sus sonetos. Debió ser un punto filipino de mucho cuidado. Casado con Ana de Mendoza, llevó una vida galante llena de aventuras, algunas de carácter tabernario; enemistado con personajes de la Corte, les dedicó epigramas tan jocosa y dolorosamente punzantes que provocaron su destierro a Nápoles, hecho al que también contribuyeron sus excesos de jugador empedernido; enamorado hasta los tuétanos de Isabel de Borbón, esposa de Felipe IV, sus amores pretendidos o reales lo transformaron en personaje de leyenda. Dos anécdotas, de autenticidad muy discutida, han dado la vuelta al mundo. En una corrida celebrada en la Plaza Mayor de Madrid, el conde alanceó un toro cuya muerte había brindado a la reina con gran pericia. Cerca del rey, alguien comentó que don Luis picaba muy bien, a lo que el monarca, notoriamente molesto quizá por las habladurías y con doble intención, repuso que picaba muy bien, pero que picaba muy alto. La segunda acaeció en Aranjuez durante la representación de La gloria de Niquea, escrita por el conde. En una dependencia se produce un incendio y, para salvar a la reina, don Juan la toma en brazos y se la lleva. Lo más curioso es que días después, hallándose en compañía de don Luis de Haro, el conde murió asesinado a la puerta de su casa.
 
RECUERDA:
 
Tras la miel está la hiel
Si culo veo, culo quiero
Sarna con gusto no pica
Nada hay tan bueno como lo ajeno
Mucho más se desea lo que se veda
Carga que con gusto se lleva no pesa
Hay ojos que se enamoran de lagañas
Sarna con gusto no pica, pero a veces mortifica
 
 Lo que en una edad apetece, en otra aborrece


sábado, 25 de octubre de 2014

Apostillas al refranero. Malos


            Cuando de pequeño oía a mis padres hablar de la carabina de Ambrosio que nunca dispara, me preguntaba quién habría sido el tal Ambrosio, que había tenido, ¡pobre!, tan mala suerte en la vida. Bajando en Madrid hace tres años la famosa Cuesta de Moyano, entre el Botánico y el Ministerio de Agricultura, adquirí en una de las casetas de venta de libros un ejemplar de Del hecho al dicho, de Gregorio Doval, obra que me ha hecho pasar ratos extraordinarios y donde he encontrado, entre otras cosas, respuesta a esa pregunta infantil. Parece ser que el tal Ambrosio era un labrador de poca tierra, un pegujalero, que se veía obligado a trabajar también para otros. Vivía en un pueblecito cercano a Sevilla a comienzos del siglo XIX. Cuentan quienes lo conocieron (me va a crecer la nariz como a Pinocho, pero no se lo digan a nadie) que era un sansirolé, un alma cándida total. A pesar de ello, harto hasta las cachas de pasar miserias, decidió echarse al monte armado de una carabina del tiempo de Maricastaña. Cuando salía al encuentro de alguien y le soltaba a bocajarro: “¡Manos arriba! ¡La bolsa o la vida!”, y le mostraba el cañón de la carabina, cargada con cartuchos sin pólvora, su cara bonachona y su aspecto inofensivo, en lugar de intimidar al asaltado le provocaban risa, así que al cabo de poco, decepcionado y hundida su moral, hubo de volver a sus pegujales y a sus cuitas económicas.

 
RECUERDA:

 
Lobo a lobo no se muerde
Dos al saco y el saco en tierra
Huye del malo, que trae daño
Más vale solo que mal acompañado
Dime con quién andas y te diré quién eres
El que está en el lodo querría arrastrar a otro
Costumbres de mal maestro sacan hijo siniestro
No te allegues a los malos, no se vean aumentados
No imites al malo; ándate tras el bueno para emularlo
El tramposo, el codicioso y el tahúr pronto se conciertan

 
No hay bestia fiera que no se huelgue con su compañera

miércoles, 22 de octubre de 2014

Apostillas al refranero. Buenos

            En La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades, hay un refrán que se expresa apenas comenzada la novela, una vez que el protagonista ha referido cómo su padre, condenado por robo, había muerto en cierta batalla contra los moros, y la madre decide trasladarse a vivir de Tejares, aldea de Salamanca, a la ciudad: “Mi viuda madre, como sin marido y sin abrigo se viese, determinó arrimarse a los buenos para ser uno de ellos. ¿Y a quién se arrimó? Alquiló una casita, cocinó para estudiantes, al tiempo que lavaba la ropa a los mozos de unas caballerizas, donde estableció relación con Zaide, un negro al que acaba recibiendo en casa. A Lázaro niño le desagradaron en principio las idas y venidas del moreno, mas, cuando advirtió que con su venida mejoraba la pitanza, llegó a aceptarlo. Lo malo es que al cabo del tiempo, tuvo un hermanito mulato y Zaide fue condenado por robar. No pudiendo cargar con dos hijos, la madre entrega a Lázaro al ciego, quien lo espabilará y le enseñará tanto como sabían Lepe, Lepijo y sus hijos juntos. El mismo refrán vuelve a aparecer casi en el cierre de la obra cuando, casado Lázaro con la criada del arcipreste de San Salvador, es interpelado por este para que no haga caso de las comidillas y chismes que andan de boca en boca acerca de la barraganía de su mujer con el propio arcipreste. Lázaro responde: “Señor, yo determiné arrimarme a los buenos. ¿Y quiénes son los buenos? Por lo que se deduce del texto, el propio arcipreste, es decir, los hipócritas. ¿Es posible? Sí, la vida ha transformado al joven en un cínico para quien bondad y provecho personal son la misma cosa, así que, para no pasar hambre se arrima a los buenos, léase hipócritas. ¿Y la honra? ¡Ah, la honra! En el capítulo III, el escudero le ha enseñado que la honra no es sino mera apariencia externa, así que ande yo caliente, tenga yo para comer, y que le den a la honra.
 
RECUERDA:
 
Cada oveja con su pareja
Más ven cuatro ojos que dos
Toma tu igual y vete a mendigar
Al bueno darás y del malo te apartarás
El que anda entre la miel algo se le pega
Tan bueno es Pedro como su compañero
Llégate a los buenos y serás uno de ellos
El que menea la miel panales o miel come
 
 No hay mejor amigo que un duro en el bolsillo


lunes, 20 de octubre de 2014

Apostillas al refranero. Codicia

            Midas fue un famoso rey de Frigia unos setecientos años antes de Cristo, famoso por sus innumerables riquezas, cosa nada extraña si se tiene en cuenta la abundancia de oro, cobre y hierro de las minas de la región. Según la leyenda, poseía un jardín plagado de rosales que ofrecían las rosas más perfectas contempladas por los mortales. En cierta ocasión, un sátiro de los manantiales, gordinflón, chato y grotesco, ebrio como una cuba, padre de Diónisos, dios del vino, se metió en el jardín. A pesar de su estado, Midas lo acogió con simpatía y se ocupó de él hasta que el propio dios en persona fue a recogerlo. En agradecimiento a su hospitalidad, Diónisos prometió concederle un deseo. El rey, codicioso, le pidió que cuanto sus manos tocasen se transformara en oro. Ni que decir tiene que se lo concedió de inmediato. En efecto, a partir de aquel momento, cuanto Midas tocaba se volvía oro. Al principio, todo fue satisfacción: los ojos del rey hacían chiribitas, en tanto la codicia distorsionaba las facciones de su rostro, con muecas desasosegadas y ansiosas, mas al poco surgió el desengaño: hasta los alimentos se convertían en oro, lo que estuvo a punto de costarle la muerte por inanición. Desesperado, buscó remedios por todas partes, aunque solo consiguió librarse de tan funesto regalo cuando se bañó en las aguas del río Pactolo, que desde entonces y hasta hoy arrastra arenas auríferas y pepitas del precioso metal.
 
RECUERDA:
 
La avaricia rompe el saco
Cuanto más poseo, más deseo
Cuanto más tengo, más quiero
Todo lo querrás, todo lo perderás
Corazón codicioso no tiene reposo
Quien todo lo quiere todo lo pierde
El que quiere la col quiere las hojas de alrededor
 
 La gloria, de quien la gana; el dinero, de quien lo agarra


viernes, 17 de octubre de 2014

Apostillas al refranero. Naturaleza

            En el capítulo XXI de El Principito, un zorro hermosísimo que descansa a la sombra de un manzano saluda al niño con un sencillo “¡buenos días!” A partir de ahí el inteligente animal, en poético y aleccionador diálogo, le va enseñando esencialmente tres cosas: 1. Para que puedan llegar a la amistad, el niño habrá de domesticarlo, es decir, tendrán que domesticarse mutuamente, pues entre ellos nacerán afectos que los transformarán: cuando el zorro oye el ruido de los pasos de los hombres, se esconde en lo más hondo de su madriguera; sin embargo, una vez domesticado, será el rumor diferente de las pisadas del niño el que lo atraerá a su presencia a la luz del sol. Entre ambos se dará una relación de amistad única. 2. Es necesario prepararse para la felicidad. La intensificación del afecto, produce felicidad: el rumor de los pasos del niño harán latir de ansiedad el corazón del zorro. Por eso, si el Principito acude a visitar al zorro todos los días a la misma hora, el animal podrá comenzar a ser dichoso desde una hora antes y la dicha crecerá hasta llegar a su apogeo en el momento del encuentro. 3. Solo con el corazón se llega al conocimiento más profundo. Solo aquello por lo que nos hemos esforzado, solo aquello por lo que nos hemos desvelado, solo lo que hemos cuidado con paciencia y entrega, lo que con nuestras manos hemos modelado es lo que amamos.
            Todo el discurso del zorro destila poesía, su enseñanza respira verdad. No obstante, hay algo que, si me dejo aconsejar por el refranero, no me cuadra, y es que nada hay en la naturaleza que pueda ser contrario a su naturaleza: ¿Podría el zorro dejar de ser zorro?
 
RECUERDA:
 
Toda criatura torna a su natura
Quien tuerto nace enderézase tarde
No hay necesidad de enseñar al gato a arañar
No puede ser más negro que sus alas el cuervo
Aunque la mona se vista de seda, mona se queda
El pelo muda la raposa, mas el natural no despoja
Cuando la zorra predica no están seguros los pollos
La raposa ama engaños, el lobo corderos, la mujer loores
Aunque muda el pelo la raposa, de su natural no se despoja
 
 Por la uña se conoce el león


martes, 14 de octubre de 2014

Apostillas al refranero. Hipocresía

           
            La palabra española hipocresía procede de una forma latina tardía hypocresía, que el latín había tomado del griego también tardío hypokrisía (clásico hypókrisis). No os extrañéis de cosas como esta: las lenguas son entidades envidiosas, cotillas y cleptómanas: basta que una disponga de un vocablo del que otra carece, para que la carente, aunque sea hermana de la poseyente, se la apropie. Eso fue lo que sucedió entre el griego y el latín. Y casi lo mismo entre el latín y el español, con la única diferencia de que el español era lengua hija del latín, así que hacia 1438 se llevó la palabra de la nevera de la madre. Y la madre, claro, ¿qué iba a decir? Nada; simplemente sonrió. Desde entonces tenemos a la hipocresía asentada en nuestro país. Lo curioso es que el griego utilizaba el término para referirse a la representación que el actor hacía de su papel en el escenario (hypo = ‘máscara’ + krisía = ‘respuesta’). Antes de Esquilo, los papeles de la tragedia eran representados por un solo actor, quien, aparte de calzarse elevada plantilla llamada coturno para semejar más alto, cubría su cara con la máscara correspondiente a cada papel. El actor teatral recibía el nombre de hypokrité, ‘hipócrita’. Por extensión, el que en la vida real fingía y no se comportaba de modo natural pasó a denominarse también hipócrita. En 1664, Molière da a conocer su primera versión del Tartufo y desde entonces el término se especializa para aplicarlo a los que fingen la virtud que no poseen o aparentan la devoción que no sienten.

 
RECUERDA:

 Uñas de gato y hábitos de beato
Quien no sabe fingir no sabe vivir
Una en la boca y distinta en el corazón
La cruz en los pechos y el diablo en los hechos
Cuando la zorra predica no están seguros los pollos
Por las obras no por el vestido, es el hipócrita conocido
Del agua mansa me libre Dios, que de la brava me libro yo
Si te hace caricias quien no te las suele hacer, o te quiere engañar o de ti ha menester


Un pie en Judea y otro en Galilea