jueves, 20 de febrero de 2014

...Y vinisteis a verme

 
          Cuando a mediados de noviembre de 2011 se nos comunicó a los componentes del Grupo de Lectura Dramatizada de la Parroquia "Cristo Sacerdote" de Valencia que íbamos a hacer dos lecturas de Tiíta Rufa, de Antonio Lara Gavilán, 'Tono', última obra que habíamos preparado y que habíamos estrenado ya con gran éxito, sentí la alegría propia del actor novato; pero cuando se nos dio a conocer el lugar de las lecturas, me quedé patidifuso: la prisión de Picassent. Por entonces, preparábamos ya Mulato, de Langston Hughes, ensayos que abandonamos para volver a poner al día la comedia de Tono.          
          La segunda sorpresa llegó con la necesidad de entregar una serie de datos, a fin de que pudiera sernos expedida autorización personal de acceso a la prisión, y la urgencia en ofrecerlos para que pudieran realizarse los trámites a tiempo. Pasaban los días y, como siempre, seguíamos ensayando los miércoles en el Centro Parroquial, hasta que, cerca de Navidad, supimos que habríamos de actuar el 3 y el 4 de enero.
          Y, en efecto, el día tres, recién estrenado 2012, con tres automóviles nos plantamos en la puerta del recinto, donde siguió todo un chaparrón de sorpresas. En la entrada, unos guardias civiles que ni se preocuparon de nuestra presencia, cosa que nos dejó boquiabiertos. ¡Hombre, no esperábamos una recepción con banda de música, pero eso de que vieran pasar nuestros automóviles y ni se inmutaran no entraba en nuestros cálculos! Avanzamos unos cincuenta metros, hasta una barrera que nos cerró el paso. Varios funcionarios, tras comprobar la documentación, extendieron en sus ordenadores, una por una, las autorizaciones que nos permitían acceder al recinto y que debíamos llevar siempre visibles y a disposición de quien nos las pidiera. Tan circunspectos nos lo decían, que escuchábamos en silencio expectante y total. Solo alguno se atrevía a afirmar con la cabeza.
          Salvado el primer control, pensaba yo que comenzarían las rejas y alambradas, pero como extraño solo aparecían alanceando el cielo las dos ingentes torretas que dominan las edificaciones. En los jardines, personas trabajando; en las aceras y calles, otras barriendo. Me quedé de nieve al saber que eran los propios reclusos quienes allí, al aire libre y al sol de la mañana, hacían los trabajos.
          Una vez hubimos aparcado los coches, nos dirigimos al pabellón de 'penados'. Allí, sí, ya se sentía un agobio opresivo, pues las rejas eran visibles en todos los espacios libres. En el acceso comprobaron nuestra identidad y, tras sortear doble puerta automácica, pudimos salir a un patio en que me invadió aguda sensación opresiva, causada no solo por las rejas, sino por enormes rollos de acerado alambre de espino situados en las zonas altas de los edificios.
          Atravesado ese patio, una funcionaria, desde un recinto aislado, accionó una enorme, grosísima y pesada puerta hidráulica de acero que se abrió con lúgubre estrépito y se cerró de modo inmediato, una vez hubimos entrado todos. Entregamos nuestros documentos identificativos y, tras comprobar las acreditaciones y que cuanto llevábamos estaba autorizado, pasamos a un corredor, cuya puerta, también hidráulica, al cerrarse nos sobresaltó con un golpe seco y metálico. Inmediatamente se hubo cerrado esa puerta, otra, menos espectacular, nos permitió acceder a un nuevo corredor, al final del cual, reagrupados, se accionó una nueva puerta y entramos en amplia zona, de techumbre traslúcida que proporcionaba grata claridad natural ligeramente tamizada. Alguien exclamó: "¡Parece que estuviera lloviendo!" Era la zona de distribución de los distintos módulos, dependencias y servicios. Lo que habíamos recorrido hasta entonces estaba tan limpio que hacíamos comentarios sobre el detalle. 
          Nuestros guías nos encaminaron hacia el Área Cultural, donde se hallan las aulas, la biblioteca, las secciones de informática y nuestro destino: el salón de actos. Tras un nuevo control, accedimos al Área. En el salón de actos nos sorprendió el que los propios reclusos hubieran dispuesto el escenario tal como convenía y elaborado unos sencillos decorados Uno de ellos se hizo cargo de la iluminación, de los efectos musicales y todo fue de maravilla.
          Prevista la dramatización para las diez y media, al cuarto, comenzaron a llegar reclusos. Dejaban sus carnés al funcionario de guardia y entraban después en el salón charlando animadamente, riendo, saludándose con efusión. Me sorprendía la familiaridad de los reclusos con los voluntarios y al mismo tiempo el respeto con que se trataban. Cuando sonaron los primeros compases de la música, se hizo un silencio que yo jamás hubiera esperado y, salvo algún momento concreto, así fue a lo largo de toda la dramatización.
          Cuando terminamos y algunos se acercaron a felicitarnos y a agradecernos el haber estado con ellos, sentí que un pasaje del evangelio de san Mateo (...estuve en la cárcel y vinisteis a verme...) que me producía hilaridad cuando lo consideraba, porque me parecía irrealizable, se había llevado a cabo. Y me encontré lleno y consideré que estas Navidades no solo había nacido Jesús entre villancicos en el belén de mis nietos, sino también, de otro modo, en el fondo de mi corazón entre las rejas de la cárcel.
 


domingo, 16 de febrero de 2014

Perlas cultivadas III

 
          En el control de lectura de las Coplas de Jorge Manrique por la muerte de su padre, don Rodrigo Manrique (siglo XV) se me ocurrió preguntar por qué el hijo identifica a su padre con una serie de personajes famosos de la antigüedad (Julio César, Octavio Augusto, Escipión Africano, Aníbal, Trajano, Marco Aurelio...). Inquirí también si el alumno conocía a alguno de esos personajes. Dos respuestas causaron mi hilaridad. Helas aquí:
          1.-- "Yo al único personaje que conozco es a Julio César que sé que es un cantante".
          ¡Por qué  poquito se ha salvado esta vez mi coterráneo y locutor de Radio Nacional Julio César Iglesias!¡Todo, no obstante, llegará!
          2.--"El emperador Marco Aurelio mantuvo un romance con Cleopatra reina de Ejipto y tuvo que luchar contra el Imperio, pues lo hecharon" (sic).
          Aunque Cleopatra fuera una devoradora de hombres famosos, que hizo envainar la espada hasta al mismísimo Julio César, conviene no confundir a Marco Aurelio , emperador romano de origen español, perteneciente al siglo II de nuestra era, hombre estoico, modesto, dulce y bondadoso, que buscaba la perfección, con el brutal y libertino general y triunviro romano Marco Antonio, del siglo I antes de Cristo, otro de los que presentó armas ante la reina egipcia y fue también desarmado casi durante once años. ¡Y quien desee más chismorreos que lea la historia y la leyenda de Roma, no me vayan a morder áspides en el pecho!
 
 
          En un examen, pregunté la importancia de las nuevas instituciones en el siglo XVIII, y especialmete por la creación y la labor de la Real Academia Española de la Lengua. Ofrezco una referida a esta última parte de la pregunta: "En el siglo XVIII surgió una gran institución: La REAL, creada por Juan Manuel Pacheco y aprobada por el rey Felipe V, y editada en 1713 el 3 de agosto. Constaba de 24 letras que luego más tarde fueron 48 porque eran las mayúsculas y las minúsculas del alfabeto. La primera obra fue el Diccionario, la segunda fue la ortografía anárquica y el tercero diario nacional
          Solo un comentario: Si la Ortografía era anárquica, tenemos que dar toda la razón a los postulados de García Márquez en Zacatecas.  Os aseguro ignorar todo lo referido al diario nacional.
         


Epístola póstuma a Pepe

 
          Querido Pepe:
 
                    Te despediste a la francesa, te fuiste sin decir adiós: solo eso te reprocho. Te marchaste cuando, llegado a la plenitud, cabía esperarlo todo de ti, buceador de profundidades, escalador de cumbres, explorador de escabrosidades, caminante inquieto en busca de una estrella fugaz.
                    Y nos dejaste huérfanos de tu presencia, de tu compañerismo, de tu crítica, de tu ironía, de tus consejos, de tu saber. Y aunque dice don Quijote que no hay memoria a quien el tiempo no acabe, yo sigo echándote de menos. Y te echo de menos a primera hora de las mañanas, cuando, presurosos, nos cruzábamos en el pasillo de los Seminarios para ir a clase, y ya, desde lejos, establecíamos un breve rápido y precipitado diálogo que, sin dejar de andar, venía a ser como la expresión de un 'sin novedad' militar. Y echo también de menos tu plantarte ante mí impidiéndome el paso, con tu mano extendida en posición mendicante, el rostro no sé si cariacontecido o cariacedo, cuando me retrasaba en la entrega del artículo para la próxima edición de La Revista del Jordi, mientras exclamabas con acento caló: "Tío, dame argo".
                    Ya no volveré a recitar, en presencia de Salvador Herrero, desde el porche de la entrada del Instituto, viéndote avanzar por el corredor entre el aulario y el edificio de despachos y Administración, un remedo del romance del Infante vengador: 'Helo, helo por do viene / el griego por la calzada'..., que te hizo aflorar una sonrisa de oreja a oreja. Ni volverás a pasar tú, estando de guardia ante la puerta abierta de mi Seminario, mientras yo ensayaba, quizá no tan pianito como pensaba una canción del coro del Instituto; y tú, muy serio y circunspecto, me reconviniste a guardar silencio total. Tu chorreo me dejó boquiabierto, sin que pudiera 'decir oxte ni moxte'. Al cabo de un rato volviste, me entregaste unas hojas mecanografiadas, mientras me explicabas contenían el texto de una copla de doña Concha Piquer, que yo podía cantar a voz en cuello porque en todo el pasillo no había ningún local ocupado y porque el asunto ('lamento desesperado de una mujer por la ausencia, que ella cree ad infinitum, del marinero que la ha amado') y la melodía merecían la pena. Descorcentado, me puse a leer, mientras tú debías reír sotabarba. La supradicha copla, para más coña, estaba escrita en latín y se titulaba: "Pictus nauta", y decía...: "Ille in nave venit nominis externi". Claro: 'Él llegó en un barco de nombre extranjero'. ¡Cómo te carcajeaste de mi asombro! ¡Y además la cantaste con melodía semitanguera, mientras mis ojos hacían chiribitas, cual si me hubieran dado sendos golpes en ellos!
                    No volveremos a reunirnos para preparar páginas sorpresa en La Revista del Jordi que tú fundaste. ¡Cómo nos lo pasábamos, Pepe! ¿Recuerdas cuando decidimos hacer el concurso de identificación de seudónimos de autores de la literarura española? Ofrecimos un montón, y estábamos pesimistas porque pensábamos que nadie iba a participar; y nos encontramos, sin embargo, con la sorpresa de que no solo contestaron, sino que hubo una alumna que dio en el pleno. ¿Y recuerdas las tres esquelas que sacamos a luz en la revista de 2002 como homenaje a Camilo José Cela: la 'oficial', la de sus 'entusiastas y alzafuelles' y la de 'sus aborrecedores y otros reptiles'?
                    Ni volveremos a despotricar a dúo contra la jerga de lo políticamente correcto con su rosario de cursilerías y eufemismos; ni volverán a indignarnos las instrucciones indescifrables 'made in China' para el montaje del 'Genie de cable' (¡adivínelo Vargas!) que publicaste en la Revista el curso pasado.
                    ¡Cuánto echo de menos tus traducciones de textos rusos, tus parrafadas en panocho, nuestra contienda en descubrimiento de pipistrélidos, cuando te contagié la pipistrelidomanía, que nos llevó a coleccionar allá por quinientos términos que contuvieran las cinco vocales del alfabeto español sin que se repitiera ninguna, y cuya caza nos hacía pasar las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio!
                    Cuánto echo de menos tus explicaciones, repletas de erudición, a mis consultas acerca de términos españoles de etimología griega. ¡Cómo me satisficieron las del término 'epulón', que tú, a la griega, pronunciabas épulon! Cuánto echo de menos nuestras discusiones acerca de si el condicional era una forma de indicativo o de subjuntivo. Y cuánto echo de menos, sobre todo, tus consultas, cual la referida a los problemas que crea en español la conjugación de los verbos en --uar, como acentuar, perpetuar, continuar o actuar (cuyos presentes son acentúo, perpetúo, continúo y actúo), frente a evacuar, licuar o averiguar (cuyos presenten ofrecen evacuo, licuo y averiguo).
                    Eras un murciano alto y moreno, de corazón encendido en la entrega a los demás, coleccionista de vocablos, perito en etimologías, explorador del lenguaje, cuyo recuerdo me asalta y me llena de añoranzas.
                    Desde la cruz de Capilla aldeana, de Vicente Huidobro, y desde el hondón de mi fe, me despido de ti, al tiempo que te pido me esperes junto al Padre. ¡Hazme un sitio, compañero!
 
Ave
canta
suave
que tu canto encanta.
Sobre el canto inerte
sones
vierte
y ora
ciones
llora.
Desde
la cruz santa
el triunfo del sol canta
y bajo el palio azul del cielo
deshoja tus cantares desde el suelo.
 
 
                                             La revista del Jordi, 2006. Homenaje a José Vicente Vila



viernes, 14 de febrero de 2014

Gentilicios

          Aún recuerdo el día en que, viajando por la antigua N III, llegando a Chiva, dirección Madrid, mi suegro preguntó:
    --¿Cómo se llaman los de Chiva?
          Era él un tanto impaciente y le agradaba le contestaran de inmediato cuando hacía una pregunta. A mí me gusta conducir muy concentrado y apenas hablo en tal situación, así que aquel día tardé en contestarle, pues llegábamos a la doble curva cerrada que con árboles y malecones había ya rebasada la villa.
    --Te aseguro --continuó-- que muchas veces me pregunto por el gentilicio de los que han nacido en tantos pueblos con nombres de animales como hay en España: Mula, Águilas, Pollos, Toro, La Gineta, Carcabuey, Cabra...
          No os extrañéis de que conociera esos nombres, porque era capaz de recitar de memoria todas las estaciones en que se detenían los trenes correo que salían de Madrid con destino a Irún, o a Port Bou, o a Valencia; a Murcia, a Cádiz,  La Coruña, o a donde fuere... Yo no sé cómo había sido capaz de aprendérselos ni cómo era capaz de retenerlos con el paso del tiempo. Si a eso añadimos su retranca disimulada, capaz de burlarse de todo, entenderéis que me había hecho la pregunta para ver si me pillaba en un renuncio.
          Los de Chiva son chivanos, aunque también se acepta chivatos; los de Mula (Murcia) muleños, los de Águilas (Murcia) aguileños, los de Pollos (Valladolid) polleros; toresanos los de Toro (Zamora), que nada tienen que ver con tan bravo animal, sino con los visigodos; gineteros los de La Gineta (Albacete), alcobitenses los de Carcabuey (Córdoba) y egabrenses o cabreños quienes nacieron en Cabra (Córdoba), aunque un poeta del siglo XI --Muccadam ben Moafa-- natural de ese municipio fue apodado por sus contemporáneos 'El Cabrí'. A propósito de egabrenses, se cuenta esta anécdota: Un diputado natural de Cabra se oponía con extraordinaria vehemencia en la Cámara a que el latín entrara en un plan de estudios, argumentando que era una lengua muerta y que no servía para nada. Don Antonio Cánovas del Castillo, malagueño o malacitano ceceoso, socarrón irreprimible, le contestó que el latín servía para cosas tan importantes como para que su señoría fuera llamado egabrense y no otra cosa. Lo curioso es que los nacidos en Cabra (Tarragona) y Cabra (Jaén) se denominan respectivamente cabrenses y cabrileños.
          De todos modos, tenía razón mi suegro en preguntarse por los gentilicios, porque, a ver, ¿cómo llamamos a los habitantes de Aldealobos (Logroño)? ¿Y a los de Cantarranas (Cadiz)? ¿Acaso croadores? ¿Quizá cantarranos? ¿Y si se sienten ofendidos y nos declaran personas non gratas? Lo mismo sucede con municipios con nombres de árboles. Los nacidos en El Almendro (Huelva) son almendreros, pero los de Almendros (Cuenca) almendrucos. ¿Y cómo denominaremos a los de Almendra (Salamanca), almendreros, almendreños, almendrucos o, teniendo en cuenta el origen etimológio, amigdaleños? ¿Por qué el natural de Cerezo de Riotirón (Burgos) se llama cerezano, en tanto que el Encinedo (León) recibe el nombre de cabreirés? Evidentemente cabreirés nada tiene que ver con esa planta fagácea que es la 'encina', de donde procede 'Encinedo', pero no es menos cierto que esa población se ubica en la comarca de la Cabrera, que es de donde toman el nombre.
          Hay gentilicios que se explican por razones etimológicas, lo cual se entiende muy bien: cesaraugustano (Zaragoza), hispalense (Sevilla), bletisense (Ledesma, Salamanca), bilbilitano (Calatayud, Zaragoza), bisgaritano (Morella, Castellón), mirobrigense (Ciudad Rodrigo, Salamanca), caracense (Guadalajara), ausitano (Vich, Barcelona), astigitano (Écija, Sevilla), egarense (Tarrasa, Barcelona), donostiarra (San Sebastián), capusbovense (Cabeza de Buey, Badajoz).
          Lo que es un poquito más difícil de digerir es que topónimos tan diferentes como Abla (Almería) y Ávila coincidan en el gentilicio, abulense. Al igual que Os (Lérida) y Osa de la Vega (Cuenca), cuyo gentilicio común es osense; o Medinaceli (Soria) y Medina del Campo (Valladolid): medinense; o Tabernes de la Valldigna (Valencia) y Taberno (Almería): tabernero, o Badajoz y Beja (Portugal), pacense. Bien está que los habitantes de Valencia, de Valencia de Alcántara, de Valencia de las Torres y de Valencia del Ventoso (las tres últimas en Extremadura) se denominen valencianos;
que los de Torreperogil, Torres y Torres de Albalasánchez (los tres en Jaén) sean denominados torreños; pero, ¿por qué los de Valencia de don Juan (León) se escapan del común y reciben el nombre de coyantinos?  ¿Y por qué los de Torres de Bermellón (Zaragoza) y los de Torres de Segre (Lérida) no son 'torreños', sino torreros?
          Por el contrario, extraña también que topónimos tan cercanos en la denominación tengan gentilicios tan alejados, tan diferentes: Borja (Lérida) borjense, Borja (Zaragoza) borsaunense; Argamasilla de Alba (Ciudad Real) argamasillero; Argamasilla de Calatrava (Ciudad Real) rabanero; Barco de Ávila, barcense o barqueño y Barco de Valdeorras (Orense), valdeorrés. Santacrucero es el gentilicio de Santa Cruz de la Zarza (Toledo), y churriego el de Santa Cruz de Retamar (Toledo), mientras es tinerfeño el de Santa Cruz de Tenerife.
          Se comprende que los de Pontevedra reciban, el nombre de lerenses, por el río Lérez, que desemboca en la ciudad, o que los de Alcañices (Zamora) sean denominados alistanos, pues que el pueblo se encuentra en la comarca de Aliste, o los de la ciudad de Astorga (León) maragatos, por pertenecer a la Maragatería, o lebaniegos los de Potes (Santander). Pero, ¿por qué renegados los de S. Vicente de la Sonsierra (Logroño), bragados los de Atienza (Guadalajara), nazarenos los de Dos Hermanas (Sevilla) o lironeros los de Briones (Logroño)?
          Y puestos a buscar rarezas, ¿por qué rabudos los de Torquemada (Palencia), moginos los de Alcaracejos (Córdoba), mojinos los de Jaraicero (Cáceres), sopicones los de Sos (Zaragoza), serranomatiegos los de Salas de los Infantes (Burgos); pajareros los de Dosbarrios (Toledo)? ¿Me atreveré a llamar pajareros a los de Pajares (Zamora), gurriatos a los de El Escorial (Madrid) o gatos a los madrileños?
          ¿Y cuál será el gentilicio de los de Aveinte (Ávila), pueblecito justo a veinte km. del centro de la ciudad, de El Gordo (Cáceres), de Puercas (Zamora) y de Folladela (La Coruña)?

                                                               La Revista del Jordi, mayo de 2006



jueves, 13 de febrero de 2014

¡Vamos a contar mentiras!

 
                                                                                               Ahora que tenemos tiempo,
                                                                                               vamos a contar mentiras:
                                                                                               por el mar corren las liebres,
                                                                                               por el monte las sardinas...
 
          Os lo he dicho cientos de veces, os lo he repetido hasta la saciedad, y no queréis creerme. Al contrario, os mofáis de mí y me tacháis de loco... ¡Y no, tengo razón; me asiste toda la razón de mis canas, la razón de la experiencia acumulada año tras año! Os lo aseguro: Quien estudia Literatura, aprende Matemáticas.
          Dime tú, el más reticente, el que pones esa media sonrisa de superioridad y de desdén, ¿dónde aprendiste a contar? En la clase de Literatura, sin duda, cuando tu profesor te enseñaba a medir las sílabas de los versos y te mostraba cómo el mismo número de sílabas o la combinación de un número proporcional de sílabas en los versos provoca un ritmo, una cadencia que hace melodioso el poema. Decía Pitágoras, el del famoso teorema, que esa proporcionalidad del número recorría las distintas esferas del mundo y establecía la armonía universal.
          ¿Crees que los buenos matemáticos ignoran la importancia de la Literatura en el aprendizaje de las Matemáticas? ¡Claro que no! ¿Por qué crees que definen en verso? Yo te responderé: para que los alumnos aprendan las definiciones y no las olviden jamás. ¿Quién olvidaría en verso la definición que te voy a dar?
                                              A la izquierda, nadie me quiere,       
                                              a la derecha, ¡quién me viere!
                                              De un lado ni entro ni salgo,
                                              y del otro mucho valgo.
          No solo eso: los matemáticos de valía reconocida, los que han dado el do matemático de pecho con amplitud y suficiencia, formulan sus problemas en verso. Y en verso debieran responderles los alumnos que se preciaran, aunque matemáticamente solo hubieran llegado al mi. Y así, los matemáticos plantean problemas de quebrados:
                                              Pan y pan y medio,
                                              dos panes y medio;
                                              cinco medios panes,             
                                              ¿cuántos panes son?
          Formulan también problemas algebraicos:
                                              Un gavilán iba cazando,
                                              muchas palomas volando.
                                              --¿Cuántas son?
                                              --Las que vamos,
                                              otras tantas de las que vamos,
                                              la cuarta parte de las que vamos
                                              y usted, señor gavilán,
                                              hacen un ciento cabal.
          Y formulan problemas aparentemente abstrusos:
                                              Dos son tres, si bien se advierte,
                                              tres son cuatro, si se mira,
                                              cuatro, seis; y de esta suerte,
                                              seis son cuatro sin mentira.
          Además, amigo mío, tienes que reconocer que, si te paras a pensar, la Literatura está hecha de números, incluso en el nombre de autores significativos. Observa: Miguel de Unamuno, Benito Pérez Galdós, Miguel de Cervantres, Torcuatro Luca de Tena, Jacinco Benavente, José Ortega y Gasseis. Y podemos seguir con los títulos: Los siete Infantes de Lara (mejor que los siete niños de Écija, que según las malas lenguas, los tales bandoleros de la segunda década del siglo XIX, ni eran niños, ni fueron siete, ni tuvieron nada que ver con Écija. Vamos, algo así como Santillana del Mar, que ni es santa ni es llana, ni tiene mar, aunque posea cuevas con hermosas pinturas rupestres policromas, no sé si de bisontes o de bisontas), Pinocho, aunque podríamos volver a los autores: Donocho Cortés, Edgar Nueville, Alfonso X (léase diez).
          Con la Literatura podéis llegar hasta la centena, por lo menos. Así lo corrobora Nicasio Álvarez Cienfuegos. Y no penséis que se puede trabajar solo con los cardinales, pues también hay en Literatura partitivos, y si no, preguntádselo a Dolores Medio.
          En fin, jovencitos, recordadlo: ¡Si Matemáticas queréis aprobar, Literatura tenéis que estudiar!

                                                            La Revista del Jordi, mayo de 1997





 
 


Carta a una hija afligida

                      Hola, Cascabel:


                                          ¿Recuerdas la primera vez que te di ese nombre? No te lo había dado nunca hasta entonces. Te había denominado de las más variadas maneras, jugando con las posibles onomatopeyas que podían hacerse con tu nombre, incluso monosílabos, y tú sabías siempre que iban dirigidas a ti, y me respondías de modo alegre y risueño...
                                           Fue, sí, cuando aún eras niña. Estabas a punto de terminar tu carrera, pero se te había atragantado una asignatura. Tú te empeñabas en hacerme creer que era la profesora la atragantada y no la materia; pero ¡qué me ibas a enseñar en ese sentido, con todos mis años de experiencia, pensaba yo! Y erre que erre en mi papel de profesor incorruptible y de padre inconmovible, decreté como castigo que no fuéramos a verte ni tu madre ni yo el día en que se permitían las visitas a la actividad a la que aquel verano te habías entregado.
                                           Alguien me sugirió que te escribiera una carta para paliar la radicalidad de mi medida, por si mi decisión te hubiera apesadumbrado. Fue entonces cuando encabecé con el nuevo apodo la salutación de mi carta.
                                            Te decía entonces que te llamaba así porque era el nombre que te merecías. "Sí, no te extrañes --escribía yo--. Cuando llegas de la calle y saludas desde la entrada tu saludo alegra mi corazón. A veces tu '¿Hay alguien aquí?', dicho con inflexiones agudas, es un repiqueteo de campanillas en mi corazón; otras tu '¡Hoooola!', expresado con voz grave y profunda es un acorde organístico que hace vibrar todas las fibras de mi cuerpo antes de levantar los ojos de los ejercicios que estoy corrigiendo para verte ligeramente inclinada y apoyada en una de las jambas de la puerta de la habitación donde trabajo. Cuando por las mañanas te levantas, tarde por supuesto, con media cara aún roja, con los surcos de las arrugas de la almohada impresos en la frente y en la mejilla y con los ojos cargados de pesadez somnolienta, tu saludo '¡Bueeeenas!' me incita a la risa y he de poner mi más circunspecta cara de palo a fin de no estallar en una carcajada; pero me siento la mar de feliz, porque me parece estar oyendo cascabeles. Cuando, valido de mi paternidad, te pido algo que seguramente no te apetece hacer en ese instante y veo que con un gesto de resignación te levantas y me das lo que te he pedido, acompañado de una sonrisa amplia y una palabra amable, a mí, muy cómodamente sentado, nuevamente los cascabeles resuenan en mi corazón. Y cuando, en aras de la paz hogareña, cedes y no haces valer tus derechos con tus hermanos, y sacas el friegaplatos o pones la mesa, o la retiras, aunque sepas que no te corresponde hacerlo, sonrío por dentro, porque sé que eres buena y amable, aunque un poco locuela."
          ¡Te noto ahora tan triste, tan profundamente atribulada, rojos tus ojos, hinchados tus párpados, que he decidido intentar mi última comunicación contigo antes de que mi cuerpo astral se desencarne...! Noto que mi mente declina, que mis emociones periclitan, que mi ánimo se desmorona, que ya mi comunicación solo puede ser criptestésica...
          Detén por un momento tu pensamiento, quédate en blanco para que mis ondas puedan penetrar en tu telencéfalo. Centra en mí tus impulsos cerebrales... No escuches a esos hipócritas que están haciendo mi alabanza, cuando, desde que me conocieron, sus lenguas viperinas no han hecho más que despellejarme a mis espaldas. La muerte embellece, en boca de impostores, a las personas, las libera de vicios y lacras, y exalta sus virtudes, aunque en vida fueran estas anémicas... ¡Eso es! ¡Levanta tu ánimo! ¿Has de estar triste porque yo yazga aquí? Nadie puede ser eterno, y mi hora había llegado... Si de verdad crees en lo que yo creo, y conoces mi esperanza, debes sobreponerte y, en el fondo, alegrarte. ¡Ánimo!
           Pierdo ya todo signo de consciencia...; creo que mi vejiga se afloja...
          Adiós, hija: Te pido sigas siendo el bálsamo de cuantos se hallan a tu alrededor: no dejes nunca de ser el cascabel que despierta la alegría en torno a ti. Continúa siempre intentando hacer el bien...
           Tu padre.

El alcalde disfemístico

 
                                        "En un lugar de España, de cuyo nombre pudiera muy bien
                                         acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un alcalde..."
                                                                                               Wu Chao Ren
 
 
          El alcalde de Retortujón de la Rinconada, orondo, paticorto, miope, alindongado y pedante, cruzaba la Plaza de la Villa camino del Ayuntamiento. Olía a tierra mojada después del primer chaparrón de otoño, tras un verano bochornoso, seco y polvoriento. La lluvia, escasa, había esculpido extrañas inscripciones en el polvo con rasgos cuneiformes. Las hojas agostadas de los álamos, remecidas por el viento de la tarde, ofrecían una salmodia áspera, rasposa, de cardo en secarral.
          Desde que asistiera al Congreso Autonómico de su partido, a finales de la primavera, había entrado en su sesera la extraña idea de dulcificar las expresiones de sus convecinos para que no fueran tan directas, tan brutales y tan desagradables como solían manifestarse. Consideraba necesario reeducarlos, moderar sus ásperas maneras, mostrarles cómo utilizar el lenguaje, de modo que dijeran lo mismo que querían decir, pero evitando toda señal de patanería, de pueblerinismo, asemejándose y superando en lo posible a las agradables formas de expresión de los discursos de los distintos ponentes del Congreso. Sí, había que empezar por los más célebres e influyentes e ir descendiendo en la ímproba labor hasta los más ignorantes.
          Comenzaría dando ejemplo él mismo: Como la ecología tenía un fuerte tirón de novedad y moda, y podría cosechar votos en las elecciones, llevaría al próximo pleno una moción para que los barrenderos fueran denominados 'asistentes' o 'ayudantes ecológicos', según decidiera el resultado de la votación, y los basureros 'desinfectadores de la vía pública'. Por su parte, los parados recibirían el nombre de  'ociosos no voluntarios', 'empleados del paro', 'expectantes de suministro laboral estable' o, si venían mal dadas, 'disfrutadores del P.E.R'. Los retenidos en el calabozo por los guardias locales se llamarían en adelante 'clientes del sistema penitenciario municipal'.
          Reconocería los derechos laborales de las izas, rabizas, colipoterras, hurgamanderas, putarazanas y suripantas camilojosecelescas de Casa Brígida como 'operarias del amor', las inscribiría en la Seguridad Social como 'empleadas sexuales', con plus de nocturnidad incluido, pues, al fin y al cabo, como 'chicas de alterne', eran 'damas de la noche' de altísimo riesgo laboral.
          Por módicas sumas, entregaría a los agricultores diplomas, firmados por él mismo, en que los titularía 'técnicos en botánica' e 'industriales de la tierra'; a los porteros se les designaría 'cancerberos  uniformados', y a los cuatro carteros 'administradores de comunicación'.
          Para aumentar la sensación de elevación cultural de la villa, propondría a los dueños de algunos establecimientos el cambio de denominación oficial. La sala de cine debería ser rebautizada como 'Sala de Ocio Intelectual', con rótulos luminosos de neón, restallantes e intermitentes. El restaurante de Melchor habría de recibir el nombre de 'Centro Gastronómico Cultural'; la agencia de viajes de Modesto 'Órgano Promotor de Cosmopolitismo'; el quiosco de la señora Sofoco 'Sede Informativo-cultural'; las pompas fúnebres de Saturnino 'Agencia de Ostentación No Vital', y la barbería de Paco 'Sastrería de Cabellos y Tundiduría de Barbas'.
          Como no todo iba a ser beneficio ajeno, dispondría 'acciones positivas' para evitar la discriminación de la mujer y promovería el nombramiento de su entretenida, Purita, como comisionada de festejos, hecho que podía permitirle a ella, dada la extensión de la 'cultura del pelotazo', alguna trapisonda que, sin duda, originaría 'agujeros económicos' que él disimularía con una eficaz política de expansión. Sería un 'trinqui' provechoso, mucho más difícil de descubrir que cualquier 'mangui' en especie.
          A don Fulgencio, el cura, habría de decirle que los evangelios son de una crueldad e inmisericordia lingüísticas rayanas en lo sádico, que muestran con ensañamiento a sordos, ciegos y mudos, en lugar de 'inaudientes', 'videntes no operativos' y 'discapacitados audiovisuales' y 'minusválidos verbales'; que hablan desvergonzadamente de cojos, de tullidos y de mendigos, en vez de 'desequilibrados extremoinferiores', 'digitoatróficos frontales' y 'reivindicadores de mínimos de supervivencia'. 
          Dado lo mal que Caín había tratado a Abel y para evitar la atracción que su mal ejemplo podría ejercer sobre los hermanos actuales, cuyo padre en muchas ocasiones desconocen, convendría sugerir que los dos personajes bíblicos habían sido 'homólogos consanguíneos' que tuvieron como 'predecesores biológicos' a Adán y Eva, quienes habían sido 'compañeros sentimentales' en el Edén, es decir, 'cohabitantes emparejados' en el Paraíso.
          Le prohibiría también hablar desde el púlpito de concubinatos, como cuando el Feliciano y la Herminia. Habría de referirse a ellos como 'regímenes no matrimoniales'. Y cuando se metiera con maricones y lesbianas, lo hiciera como 'apetentes monosexuales', frente a los 'sexualmente alternativos'.
          ¡Ah!, y nada de Hostia, palabra que sugiere tortura, porque el Sargento de la Benemérita decía que en cuanto él soltaba dos hostias se ponían firmes hasta los más reticentes. Convenía cambiar la denominación: o 'barquillos consagrados' u 'obleas benditas'.
          A don José, el médico, hombre sencillo, campechano y directo, le pediría que cuando lo recibiera en la consulta, no se refiriera a su calvicie y a su caspa, sino a la 'alopecia terminal irreversible' generada por 'escamosis seborreica incontrolable'. Y que su cirrosis la redujera a un 'desgaste no controlable de las células hepáticas'. Le diría también que en sus conferencias evitara términos tan dolorosos como tuerto, bizco o enano, y los cambiara por 'videntes monoculares', 'monodireccionales oculares' y 'personas con limitación de verticalidad'.
          Tendría que reunirse con los profesores y profesoras, maestros y maestras del I.E.S. de la villa. Necesitaría ser diplomático, simpático y condescendiente con ellos y ellas, dada la persoanal aspiración a que en un Claustro le sea concedido el honor de bautizar con su nombre al Centro. Los invitaría a café y dejaría caer que llevaran a cabo una 'enseñanza lúdica', aunque los 'parámetros educativos'  quedaran en niveles ínfimos. Pediría que, como marca la legislación vigente, hicieran disfrutar a sus alumnos y alumnas en los 'segmentos de ocio', antes 'recreos'. Que nunca impusieran 'castigos', sino 'elementos no pedagógicos de disuasión'; que, cuando llevaran a clase textos de El Correo de la Unesco sobre analfabetos, procuraran sustituir este deplorable vocablo por 'personas poco culturizadas'; que abolieran el 'suspenso' en favor de 'calificación no satisfactoria', a fin de no traumatizar a los padres ni soliviantar a la A.P.A. Después de todo, un alumno suspenso no es sino 'un discente con problemas de aprendizaje'.
          --"Los profesores y profesoras, es decir, los docentes y docentas con la condición de cartedrático y catedrática, los maestros y maestras --discurseaba para sí el alcalde-- deben evitar en las aulas cualquier signo de discriminación. Evitarán, en consecuencia, expresiones como 'hacer el indio', 'trabajar como un chino' o 'hacerse el sueco', que reformularán en 'hacer el americano nativo', 'trabajar como un dermatoalimonado' y 'hacerse el rubicundo albino'. Frente a los 'payos', 'facialmente descoloridos', los 'gitanos', serán 'aceitunos de raza romaní'. Ustedes anatematizarán el término 'moro', desbancado por 'magrebí'. Negro, a su vez, será suplantado de todas las frases: 'las van a pasar negras' se transformará en 'las van a pasar subsaharianas'; 'una merienda de negros, en 'una merienda de afroamericanos', y 'tener un día negro', en 'tener un día en negativo' o 'tener un día sin revelar'."
          Sin duda don Antonio, el Director, catedrático patanegra, individuo irreductible, pondría inconvenientes.
          --"Eso no será posible, señor alcalde --argüiría--. ¿Cómo puede transformarse el romance de "Abenámar, Abenámar, / moro de la morería..." en 'Abenámar, Abenámar, / magrebí de Mauritanía...'? ¡Dislocaríamos la lengua, romperíamos el ritmo y no conseguiríamos nada, pues en Mauritania volvería a aparecer el 'mauro', es decir, el moro. ¿Y cómo trasladar "yo me era mora, moraima, / morilla de un bel catar"? En cuanto a 'negro', dígame usted cómo me las apaño en Sóngoro Cosongo, de Nicolás Guillén: 'Para hacer esta muralla, / tráiganme todas las manos: / los afroamericanos sus manos subsaharianas, / los blancos sus blancas manos'. 'Afroamericano mandingo / le dijo al patrón: / --Subsaharianito con hambre / no coge algodón'. No, no, señor alcalde: destrozaríamos el ritmo de cantidad, de tono y de intensidad".
          Al abrir la puerta del Ayuntamiento, Serapio, el alguacil, se puso en pie y se quitó la gorra.
          --Señor alcalde, arriba le espera el corresponsal de El Correo.
          --Gracias, Serapio... Súbenos dos cervezas, quiero decir 'oro líquido con burbujas'...
          E inició lenta y pesadamente el ascenso por la escalera.
          --¡Qué pesado, don Antonio! Pues hombre, si se rompiera todo eso, que monte en el Instituto una 'Alfarería de Ritmo Poético', como montó un 'Taller de Ortografía' hace dos años. Por mucho que se rompa el ritmo, siempre será preferible a seguir llamando a Cervantes manco, a Ruiz de Alarcón cheposo, y feo a Leandro Fernández de Moratín. Parece mentira que hombre tan culto no sea capaz de decir 'discapacitado de Lepanto' al primero, 'hiperconvexo espinodorsal' al segundo, e 'irrealizado facial' al tercero.
          A la puerta del despacho lo esperaba Sixto, el periodista, que había asimilado perfectamente su idea, después de varias conversaciones en el café. Lo había hecho venir para felicitarlo por la gacetilla que había escrito dando la noticia del accidente de la comarcal 1540. Su final era digno del discípulo más conspicuo: "La víctima, persona cronológicamente muy dotada, sufrió heridas incompatibles con la vida, por lo que le sobrevino una inconveniencia terminal extrema que lo llevó a descansar para siempre en el hogar de la cuarta edad".

                                                                       La Revista del Jordi, mayo de 2005