lunes, 7 de julio de 2014

En Toledo: Víspera de Corpus

         Desde que llegamos a la ciudad imperial, en nuestro deambular constante por el centro habíamos observado una serie de preparativos con vistas a la celebración de la famosa Procesión del Corpus. En efecto, en nuestras pescas de sirenas y cazas de fantasmas habíamos descubierto algunas calles con toldos elaborados por antiguos gremios de tejedores y sederos, con incensarios y adornos de diversos tipos: las calles por las que pasaría la procesión en su día. Esta misma mañana en Zocodover, en Comercio, en la Plaza del Ayuntamiento, en Trinidad observábamos a cuadrillas de trabajadores echando al piso de las calles matas de cantueso, de tomillo, de espliego, de romero, y disponiendo los últimos detalles para que todo estuviera a punto.
Existía en el grupo expectación por ver lo que nos deparaba la pesca y la caza aquella noche, así que ya cerca de las once nos encaminamos de nuevo al Centro. Las plantas olorosas, pisadas por los transeúntes desprendían aromas que embalsamaban el ambiente cálido de la noche. Los balcones del trayecto habían sido engalanados con colgaduras, banderas, mantones, reposteros, plantas... Llegábamos ya casi al inicio de Comercio, cuando hubimos de abrir paso a la Banda Municipal que se nos echaba materialmente encima, pues se estaba ya llevando a cabo la inspección que la Corporación Municipal debía hacer del recorrido. El eje del cortejo era el Pertiguero, un mocetón vestido de negro a la usanza antigua, portador de una pértiga de cuatro metros de altura, con la que comprobaba si hubiera algo en lo que tropezara su pértiga a fin de excluirlo del trazado, para que no embarazara al día siguiente el paso de la carroza portadora de la Custodia del Santísimo. Tras el Pertiguero, varios grupos de danzantes, una representación de la Corporación Municipal y una escuadra de jinetes.
Desgraciadamente la Tarasca, un descomunal animal mitológico que engulle a la chiquillería, los gigantones y los cabezudos no desfilaban. Me dijeron que lo habían hecho hacia las siete de la tarde entre las risas de los medianos y los miedos de los más pequeños. No me preocupé demasiado, pues nuestros integrantes más jóvenes no bajaban de los treinta y muchos.
Desapareció el cortejo camino de Zocodover y nosotros partimos en dirección contraria. La catedral había sido engalanada con tapices flamencos de los siglos XVI y XVII. Yendo siempre siguiendo la ruta de la procesión pero a contracorriente, descubrimos el templo donde el Santísimo tiene adoradores las veinticuatro horas del día y entramos a hacer una visita. Y siguiendo, advertimos que a lo largo del recorrido había también altares y que también los patios de las casas se engalanan por el Corpus en Toledo, como en Córdoba en el mes de abril, y también se hacen concursos de patios, de modo que quien lo deseó pudo admirar alguno.
Y callejeando, callejeando, ya se me cerraban los ojos y se me abría la boca, cuando no sé muy bien cómo nos hallamos a la puerta del hotel. Sentí entonces la llamada imperiosa de la cama, que me reclamaba a voz en grito, y sin preocuparme de la hora, hechas las abluciones oportunas, me invadió el hijo de la Noche y del Sueño, Morfeo.

En Toledo: La luna de allá arriba bajaría

           Según lo previsto, a las 16 h. salíamos del hotel hacia el Hospital Tavera. Era un paseo de no más de trescientos metros. El cielo se había entoldado y hacía un calor bochornoso. Pasada la Puerta de Bisagra, por el Paseo de Merchán accedimos a la puerta renacentista del número 2 de Duque de Lerma, sede del Hospital de Afuera, como es conocido entre los toledanos. Habíamos contemplado reiteradamente su silueta señorial y el volumen de su construcción, que llaman la atención desde la Puerta del Sol y desde el Miradero, así que no nos resultaba completamente extraño.
           Fue mandado construir por el cardenal don Juan Tavera en el año 1541, para acoger a los enfermos y menesterosos que no podían ser atendidos en el Hospital de Santa Cruz. Los planos fueron trazados por Alonso de Covarrubias.
 Como el edificio es en la actualidad propiedad de la Casa Ducal de Medinaceli, la visita era guiada. Pasamos a un amplísimo patio dividido en dos mitades simétricas separadas por una galería descubierta que conduce a la puerta de la iglesia. En el centro de la nave se encuentra el sepulcro del cardenal Tavera, obra del palentino Alonso de Berruguete. Se conserva también el retablo dedicado al Bautismo de Cristo, de El Greco. En la sacristía se ofrece un buen número de obras del mismo autor. Dicen que en La Sagrada Familia con Santa Ana el pintor se retrató a sí mismo y a su familia. La verdad es que, frente al resto de los personajes, de gran belleza y afabilidad,  Doménico plasma a su suegra con rasgos poco agraciados y con colores un tantico cenicientos. Las malas lenguas de todo se hacen eco y, claro, de tal hecho se ha concluido que el pintor no miraba a la madre de Jerónima de las Cuevas con buenos ojos.  Las Lágrimas de San Pedro es un prodigio de expresividad; San Francisco en oración, el Retrato del Cardenal Tavera... Al mismo autor pertenecen dos obras recién restauradas: Un Tabernáculo que formaría parte del Retablo Mayor del templo y en el que se exhibiría la figura de Cristo Resucitado, única escultura conservada hoy de las muchas que debió hacer el arquitecto, escultor y pintor cretense.
La cripta es un prodigio acústico que merece la pena ser experimentado y no digo más que, como sugeriría Juan Ruiz, arcipreste de Hita, el moço mesturero non es bueno para recados.
Pasamos después a la farmacia del antiguo hospital, donde encontramos desde una numerosa colección de albarelos de cerámica antigua de Talavera, destinados a contener las plantas medicinales de la antigua farmacopea, hasta los utensilios más diversos empleados por los boticarios.
Ciertas dependencias del hospital-palacio han sido transformadas en salas de museo, donde se ofrece una sucesión de muebles, alfombras, y notable colección de pinturas. También conocimos una amplia y nutrida biblioteca, en la que llamó la atención más que los volúmenes conservados un facistol ingente, situado casi en el centro de la estancia.
Entre los cuadros famosos se exhibe una reproducción de Carlos V a caballo, de Tiziano; Retrato de un joven, de Zurbarán, que no es sino el retrato del conde, y La mujer barbuda, de Ribera, cuadro que encierra una curiosa anécdota y que nosotros no pudimos ver por hallarse cedido desde hace dos años al Museo de El Prado.
También se encuentra en este edificio la Sección de Nobleza del Archivo Histórico Nacional, evidentemente no visitable.
Terminada la visita, se dejó tiempo libre para que cada cual hiciera sus compras o invirtiera el tiempo como fuera su gusto. El grupo se dispersó de inmediato hasta la hora de la cena.

jueves, 3 de julio de 2014

En Toledo: Cerca del Tajo en soledad amena

     Ciertamente nuestro grupo estaba cansado: los escasos doscientos metros que median entre la Casa-museo y la entrada actual de San Juan de los Reyes se hacían interminables. Íbamos diseminados, como cagajones en el río. Pese a las exhortaciones de aliento, no había manera de alegrar la marcha, así que, aprovechando la disposición de la Plaza de los Reyes Católicos allá donde nace la Cuesta del Ángel, casi enfrente de la Escuela de Artes Aplicadas, fui deteniendo a los que venían, quienes se sentaban de modo inmediato en las gradas. Desde allí contemplamos el monasterio.
 
I. San Juan de los Reyes
 
     Visto con una perspectiva amplia, desde el cerro de Gracia o desde la torre exterior del puente de San Martín, se da uno perfecta cuenta de que todo el monasterio asemeja un inmenso catafalco, de acuerdo con la intención primitiva de los Reyes Católicos de que fuera el monumento funerario de sus tumbas. Pero,  ¿quién era el guapo que les proponía bajar hasta el puente, cruzarlo y desandar el camino para regresar de nuevo?  "¿Quién sufrirá tan áspera mudanza...?"
     El edificio fue encargado a Hans Waas (Juan Guas para los españoles) en 1476 para conmemorar la victoria del ejército de Isabel y Fernando ante el del rey portugués Alfonso V y Juana la Beltraneja en la batalla de Toro, y fue dedicado a san Juan evangelista, dada la devoción de la Casa Trastámara al apóstol.
     Para el culto en el futuro quisieron los reyes constituir un cabildo, a lo que se opusieron tajantemente los canónigos de la Catedral, puesto que ya existía uno en la ciudad. La tenaz resistencia y la conquista de Granada hicieron cambiar de opinión a Fernando e Isabel, que serían enterrados en la ciudad por ellos conquistada, de modo que cedieron el monasterio a la Orden Franciscana, pues la reina sentía admiración por san Francisco. Por cierto, los franciscanos hicieron del monasterio un centro de religiosidad y de cultura. Aquí estudió y se formó el cardenal Cisneros y aquí se reunió una biblioteca de códices y manuscritos, envidia del mundo entero. En la guerra de Independencia buena parte de la biblioteca sería quemada por las tropas napoleónicas, junto con el monasterio.
     Atravesamos la calle y nos dirigimos a la zona norte, donde se encuentra la portada principal del templo, diseñada por Antonio Covarrubias. Enmarcada por dos columnas paralelas a cada lado, entre las que se ofrecen esculturas de santos franciscanos, se halla presidida por la imagen del Salvador, y coronada por un escudo sostenido por el águila de san Juan y una cruz. A la izquierda se advierte una serie de cadenas herrumbrosas. Se dice que están allí como exvotos traídos por los cristianos cautivos en el reino de Granada al ser liberados. En la explanada, a la derecha de la puerta se alza el monumento a la Inmaculada que recuerda el juramento que el cabildo y las instituciones de la ciudad hicieron de defender el dogma de la concepción inmaculada de María.
     Entramos al monasterio por la puerta conocida como del Pelícano, que da paso a la antigua sacristía. Es llamada así por el calvario de Enrique Egas que ofrece una  gruesa cruz sobre la que se encuentra un pelícano, símbolo de Jesús entregado por nosotros, que alimenta en el nido a las crías con su propia sangre. A la izquierda de la cruz, la Virgen, y a la derecha, san Juan. A los pies de la cruz, la calavera de Adán. La otrora sacristía es una nave amplísima con una bóveda impresionante de crucería y se utiliza hoy solo para recibir a los visitantes y como distribuidor hacia el templo o el patio.
     Como éramos portadores de la pulsera roja adquirida el día anterior cada cual fue entrando y encaminándose al templo en busca de bancos donde descansar el antifonario. Menos mal que la naturaleza es sabia y no ha dado al antifonario narices, porque, si así hubiera sido muchos se habrían quedado chatos.
     Orientada de este a oeste, la iglesia conforma el lado norte de ese catafalco que hemos dicho es el monasterio. Posee una sola nave, muy clara y luminosa tanto por la luz que recibe de los ventanales como por la blancura de la piedra caliza. La austeridad granítica de los muros exteriores contrasta con la gran cantidad de adornos y esculturas del interior. La planta es de cruz latina, con los brazos poco salientes.
     Si los cuerpos de los RRCC hubieran sido traídos al templo, deberían haberse situado los sepulcros bajo la cúpula del crucero, por eso esta zona es la más ricamente decorada: con doce escudos reales en los lienzos, seis en el derecho y seis en el izquierdo, sostenidos por las garras del águila de san Juan, con el yugo y las flechas, símbolo de la unidad, a los lados. Bajo los escudos encontramos leones humillados que parecen indicar el acatamiento de la soberanía. Los escudos no son de la misma dimensión: en cada lado, dos son mayores y cuatro menores. Los escudos van separados por figuras de santos. Y  "el Tajo va siguiendo su jornada"...
     El cimborrio fue concebido para dar luz a los sepulcros. Tiene ocho ventanales que debieran haber sido ocupados por sendas vidrieras, pero, muerto el Juan de Guas, surgieron dificultades de estabilidad y se cegaron, al tiempo que se reducía la altura del cimborrio, hechos que provocarían un enfado monumental de Isabel.
   El retablo del presbiterio no es el original, ya que los franceses, al tiempo que transformaban la iglesia en cuadra para los caballos hacían con él leña para calentarse. El retablo actual procede de la capilla del Hospital de Santa Cruz. Combina tallas y pintura. Lo más interesante es la figura de san Francisco, obra de Pedro de Mena, que ocupa el lugar de un sagrario desaparecido.
     Descansadas un poco las piernas, por una hermosísima puerta plateresca accedimos al claustro bajo, pensado como continuación de la iglesia y como complemento de esta en las ceremonias y procesiones, fue comenzado por Juan de Guas y continuado por los hermanos Egas. La decoración es un lujo para el sentido de la vista y con la profusión de plantas y animales da la sensación de que pretendiera evocar el jardín del Edén. También se ofrecen numerosas esculturas humanas entre primorosos ventanales, auténticas obras de orfebrería en piedra caliza blanca.
     Amplia escalera de cuatro tramos conduce al claustro superior. En él lo primero que llama la atención es el artesonado mudéjar, en madera de alerce pintada, con los signos de los Reyes Católicos, motivo central y reiterado de toda la construcción. Leones sostienen los escudos de los reinos de España incluidos ya el de Granada, que no se encuentra en otras zonas del edificio, y el de Navarra, reino que no se incorporó a España hasta después de la muerte de Isabel, como consecuencia del matrimonio de Fernando con Germana de Foix. El mote Tanto monta monta tanto se repite en cada tramo. Y entre la satisfacción de la visita y la desilusión de acabarla salimos de nuevo al mundo.

II. La Mezquita del Cristo de la Luz

     "Por estas asperezas se camina". O al menos esa era la impresión que a mí me producía volver a la realidad subiendo la Cuesta del Ángel para, recoveco tras recoveco, acercarnos a una construcción barroca: la Iglesia de San Ildefonso. Preguntar en Toledo por este templo puede suponer respuestas arriesgadas, porque (que yo sepa) se la conoce al menos por tres nombres y pico. Como hasta comienzos del siglo XX estuvo en ella la Parroquia de San Juan, hay quien la conoce por ese nombre. Como el templo está edificado sobre la casa, según la tradición, natal de San Ildefonso, también es denominada como Iglesia de San Ildefonso. Puesto que fue levantada por los jesuitas, y la rigieron hasta hace dos años recibe también el nombre de Iglesia de los Jesuitas, y también  San Juan de los Jesuitas (el pico). La fachada, en piedra, ofrece una columnata típicamente barroca. Las torres, de ladrillo y mampostería, no responden al proyecto primitivo. El interior es muy amplio y guarda especialmente esculturas barrocas de los siglo XVII y XVIII.
     Tomando una vez más por Alfileritos, llegamos a la pronunciada cuesta de la Calle del Cristo de la Luz y, desciende que te desciende, llegamos ante la mezquita bajo la misma advocación, al ladito de la Puerta del Sol. Es un edificio musulmán del año 999. La fachada que da a esta calle es de ladrillo y mampostería. Tiene un primer cuerpo con arco de herradura sobre el que se levanta el segundo con decoración de arcos de herradura entrecruzados. El tercer cuerpo es una red de rombos y una inscripción cúfica. El interior es de planta casi cuadrada, dividida por cuatro columnas que sostienen arcos de herradura en tres naves paralelas cruzadas por otras tres naves, con lo que se generan nueve espacios cubiertos por sendas bóvedas, todas ellas distintas. La más alta es la del centro. Según la leyenda, cuando Alfonso VI entró en la ciudad lo hizo por la puerta de su nombre y al pasar ante la mezquita sobre una piedra blanca, su caballo dobló las patas delanteras y se puso de rodillas sin que nadie pudiera hacerlo levantar. Intrigados por el hecho, los caballeros del rey buscaron por los alrededores y no hallaron nada así que buscaron dentro de la mezquita donde, tras un tabique que hicieron derribar, hallaron un crucifijo alumbrado por una lamparilla de aceite que había permanecido oculto durante los siglos de dominación musulmana. El crucificado muestra los pies en posición desviada de como suelen tenerla los crucifijos. La mezquita se consagró como iglesia cristiana y en su interior se ofició la primera misa ante el crucifijo descubierto. Una piedra blanca se ve actualmente en la calzada, recordando el hecho. Posteriormente se dotó a la iglesia de un ábside mudéjar con pinturas románicas, hoy en estado muy deteriorado.
     En el jardín se han descubierto numerosos restos romanos. Me llamaron la atención el diámetro enorme de una cloaca y las losas de un fragmento de calzada.
     Con la hora que era, con el calor que hacía, con el bar del hotel a un tiro de piedra, ¿qué crees que sucedió a continuación?

    
    
    

lunes, 30 de junio de 2014

En Toledo: Pensando que el camino iba derecho...

     Amaneció el día 28 y yo no amanecí hasta que las cisternas y las duchas de las habitaciones aledañas me llamaron reiteradamente perezoso. Hechas, no obstante, las habituales abluciones matutinas, ya en el comedor, mientras desayunábamos surgió tempranero el primer sobresalto del día: don José María me mostraba la hoja de compromiso de visita a la Casa-museo de El Greco que, ¡oh cielos!, debiéramos haber realizado el día anterior en dos grupos: uno a las 18 y otro a las 18,30 h. "¡Salid sin duelo, lágrimas, corriendo!" (1). No, lágrimas no salieron; quienes sí salimos escopetados hacia el lugar fuimos José María y yo a las nueve de la mañana, mientras el grupo, dirigido por Guillermo, nos seguía con tranquilidad. Afortunadamente, lo que a priori consideramos problemón se resolvió de modo discreto e inmediato.
    Apenas solventado el primer entuerto del día, una señora, bastante nerviosa, se acerca a mí y me dice que el miembro del grupo que se había encargado de reservar en el Ayuntamiento las sillas para el paso de la procesión del día siguiente necesitaba saber el número que deseábamos. Yo ignoraba lo de las reservas, pues se había dejado libertad para asistir a la misa de la catedral o hacer lo que cada cual considerara oportuno. Avisado don José María, tocó a rebato, reunió el rebaño, inquirió por el número de silleteros, y por whatsapp resolvió el problema "a despecho y pesar de la ventura". 
 
 
I. Sinagoga del Tránsito
 
 
      Construida en 1366 por iniciativa de Samuel Ha-Leví, es una gran sala rectangular, iluminada por ventanas caladas de arcos apuntados y lobulados, integradas en una arquería corrida apoyada en columnas de mármol policromado. La cabecera posee un hueco central tras una triple arcada donde posiblemente se guardaría la Torá, los libros sagrados. La yesería es una auténtica filigrana de diversos colores. En los tableros laterales aparecen lirios y castillos, emblemas del constructor. Sobre ellos, bajo las columnas, un friso que en el frontal tiene figuras geométricas que se transforman en hojas de vid y roble en los laterales. La mayor parte de las inscripciones son hebreas, aunque se ofrecen otras más pequeñas en árabe. Junto a la cabecera se conserva un fragmento del piso original. La techumbre está realizada en madera de alerce con incrustaciones de nácar. Por la puerta lateral de la derecha se accede a un patio típicamente toledano y desde él a una especie de tribuna que se utilizaba como oratorio de las mujeres. El resto de dependencias son salas del incipiente museo sefardí, constituido por objetos donados por miembros de la comunidad sefardita y que van desde objetos de culto (rollos de la Torá, candelabros de siete brazos, filacterias)  a las correspondientes a ciclos vitales como la circuncisión, el matrimonio, la muerte.
     Cuando en 1492 los judíos fueron expulsados, la sinagoga se transformó en iglesia cristiana bajo la advocación de san Benito, y fue administrada por los Caballeros de Calatrava, aunque siempre se la ha conocido como Santa María del Tránsito. A pesar de haber sido usada como templo cristiano, no sufrió modificaciones, por lo que se ha conservado casi en su estado original.
 
 
II. La casa de El Greco.
 
 
     Bajando por la calle de San Juan de Dios, mediada la calle, sale hacia la izquierda un callejón estrecho cuyo empedrado no es el habitual, sino de ladrillo que forma espigas, conducía a la entrada de la casa-museo. Y lo digo en pasado, porque el acceso tiene lugar ahora  por el jardín que da al Paseo del Tránsito.
     Si alguien piensa que la casa que visita es aquella en que realmente vivió el pintor cretense, parece ser que está muy equivocado. El edificio actual fue adquirido y restaurado por el marqués de la Vega-Inclán al que reconstruyó como una casa toledana típica del siglo XVI, creyendo que el tal edificio correspondía a las casas del Marqués de Villena, donde Doménico habitó con Jerónima de las Cuevas al menos entre 1585 y 1590, y desde 1604 hasta su muerte. No obstante, el solar de estas casas, demolidas a comienzos del siglo XX, está bajo las zonas verdes cercanas al paseo.
     Nada más entrar en el jardín por el Paseo del Tránsito observamos a mano derecha unos sótanos protegidos por rejas. Según la leyenda, en el jardín existen hasta nada menos que siete plantas de sótano, donde don Enrique de Villena, nieto de Enrique II de Trastámara, escritor, filósofo, matemático, astrólogo y alquimista, identificado erróneamente con el Marqués de Villena, practicaba en tal lugar artes consideradas nigromantes en la época. En realidad, los sótanos hallados corresponden a baños litúrgicos judíos.
     En el museo se expone un buen número de obras del pintor que le da el nombre, entre las que destacan Las lágrimas de San Pedro (me decía una señora, casi emocionada, que viendo el rostro avergonzado y al mismo tiempo arrepentido del apóstol, su mirada implorante y el dolor expresado con el retorcimiento de sus manos se entendía perfectamente lo que pudo sentir después de las tres negaciones), Vista y plano de Toledo, y un Apostolado completo, segundo de los tres completos que se conservan.
    En  Vista y plano de Toledo, inacabado, predominan los colores ocres claros, rosas y dorados, y los grises suaves y azulados. El conjunto aparece envuelto en luz plateada y matinal. En primer plano, a la derecha, un joven despliega el mapa de la ciudad. Se ha querido ver en ese joven a Jorge Manuel , pero en la época en que se pintó el cuadro, el hijo del pintor tendría ya 30 años y el joven aparenta alrededor de 18. El personaje no ha sido acabado. La graduación del color verde hace que se acabe fundiendo con el color del paisaje que lo rodea, pero el rostro ha sido solo esbozado. El personaje de la izquierda simboliza al río: "Con tanta mansedumbre el cristalino / Tajo por aquella parte caminaba...". Lleva espigas, fruta y un cántaro que mana agua. Detrás, bajo un cielo de azul muy claro, parcialmente nublado, se muestra la ciudad, pintada en colores grises, ocres y azules pálidos que la hacen un tanto espectral. En el centro del lienzo, sobre nubes,  el Hospital Tavera.
     En la parte alta, la Virgen desciende, rodeada de ángeles a entregar a San Ildefonso, arzobispo de Toledo la casulla, motivo muy repetitivo en la pintura, la escultura y la arquitectura toledana. El grupo está pintado en una gama fría de blancos y grises nacarados que contrastan con el amarillo de la casulla.
     El museo muestra también obras de Murillo, Valdés Leal, Luis Tristán, Ribalta...
     Era la segunda visita de la mañana y nuestra gente ya aparecía sentada allá donde hubiera un lugar en que aposentar el antifonario. ¡Pobres! "Cuando me paro a contemplar mi estado..."


(1) Me ha llamado siempe la atención el hecho de que en Toledo se homenajea a un gran número de personas aunque no hayan sido hijas de la ciudad, y se citan sus nombres y se alaban sus hechos. Hay sin embargo, un hijo de la ciudad, excelente poeta renacentista, introductor y aclimatador en España de metros y estrofas italianas, honra y prez de nuestras letras, caballero ejemplar, cuyas visiones poéticas del Tajo llenan de gozo y elevan el espíritu, al que no he oído citar nunca. Ignoro el porqué de tal silencio. Y como me escama, hice el propósito de introducir en este capítulo algún endecasílabo de Garcilaso de la Vega, comenzando por el título. El resto va entrecomillado.


domingo, 29 de junio de 2014

En Toledo: Sirenas y fantasmas

     Don José María Taberner, responsable, alma y cabeza de la expedición, tenía la divertida costumbre de rifar algo al final de las comidas y las cenas, un abanico, por ejemplo, que entregaba a quien acertara algo relacionado con lo explicado o sucedido durante el tiempo de visita a la ciudad. Pero antes, de las rifas auténticas fingía rifar también bolsas, paquetes u objetos que le habían sido entregados por algún miembro del grupo, quien los había encontrado olvidados por su dueño en los lugares más inverosímiles. Llegado el momento, don José María hacía tañer una copa, se situaba en medio del comedor. "¡Voy a rifar...!", decía, mostrando el objeto que inmediatamente era identificado por su dueño: "¡Ay, eso es mío!", exclamaba con voz doliente la persona que lo había perdido u olvidado y le era entregado entre algarabía general y aplausos. Acabada la rifa de la cena del día 17, propuso callejear un poquito la ciudad. La verdad es que tras el madrugón, el viaje, el paseo de la mañana y el tute que yo les había metido por la tarde no había muchos deseos de salir a pescar sirenas y cazar fantasmas. Quedamos en que quienes desearan hacer la experiencia nos reuniríamos en el vestíbulo del hotel a las diez y media.
   ¡Cómo! ¿Que qué es eso de pescar sirenas y cazar fantasmas? ¿Es posible que no lo sepas? Pues es un deporte divertidísimo y reparador, el más eficaz somnífero que pueda uno imaginarse: acabas de tomarlo, te metes en la cama y duermes como un lirón, a pierna suelta. Yo tengo experiencia y te lo aseguro. Lo he practicado por los Cantones de Vitoria, por las rúas de Santiago; en la judería de Córdoba, en el Barrio de las Letras madrileño..., en el Barrio Gótico de Barcelona; entre los edificios mozárabes de Teruel, entre las dos catedrales de Salamanca; en el Penedo da Saudade de Coimbra, en el Barrio Monumental de Cáceres, en la Plaza Redonda de Valencia, mientras oía los requiebros que el fornido Micalet dedicaba a la bella y esbelta torre de Santa Catalina... Y recuerdo con especial devoción una noche de enero con una luminosa luna llena en Zamora, desde la muralla, con el Duero a nuestros pies, cerca del Portillo de la Traición, mientras guiaba a unos amigos catalanes por la ciudad vieja. Claro que en la práctica de este deporte en ocasiones pueden también surgir las sorpresas, como me sucedió en Ávila la noche en que salí con mi perro Cipión y, deambulando intramuros por la ciudad teresiana, llegué ante la portada de un precioso palacio gótico perfectamente iluminado. Para verlo mejor, me subí a la verja y de pronto oigo: "¡Cabo de Guardia!", y al momento se me acerca un piquete de soldados que me pregunta qué hago allí, y una vez me hube explicado, me mandan a la cama... ¡Claro, aquello era la sede de la Academia de Intendencia!
     Llegó la hora y en el vestíbulo había así como una docena de locos y locas dispuestos a hacer méritos para dormir incluso entre sábanas de lija. Al salir de hotel, tomamos por la Puerta del Sol e inmediatamente estuvimos frente a la Mezquita del Cristo de la Luz que no visitaríamos hasta el día siguiente. La calle tiene también el mismo nombre. A pesar de que su empedrado es el típico de las de Toledo y  la cuesta muy empinada, subimos a buen paso hasta la Calle Alfileritos, aunque ya nos faltaba el resuello. Recibe el nombre de una antigua tradición: Unos quince metros a la izquierda de la desembocadura de la Calle del Cristo de la Luz hay en Alfileritos una hornacina con la Virgen de los Dolores, cuya imagen ofrece el corazón traspasado por una serie de puñales. Cuentan que esa imagen procuraba novio a las mozas solteras que rezaran una oración y le hicieran una ofrenda de alfileres. Siguiendo Alfileritos, teníamos dos alternativas: Descender por Núñez de Arce hasta la capilla de San José, en cuyo retablo central se conservan San José con el Niño y Coronación de la Virgen de El Greco, opción que desechamos porque, evidentemente, la capilla estaría cerrada, o acercarnos a Zocodover por La Sillería, cosa que hicimos.
     Zocodover tenía un ambientazo de padre y muy señor mío. La mayoría nos compramos enormes helados de cucurucho que relamíamos con fruición, aunque algunos protestaron de que no eran tan buenos como hubiera sido de desear, y nos pusimos a escuchar el concierto que una joven ofrecía con un instrumento de percusión que emitía música muy dulce y agradable. Calle del Comercio, Hombre de Palo, Plaza del Ayuntamiento, ¡catapum!, concierto de tropecientos mil miles de decibelios con no sé qué canción que ofrecía no sé qué grupo musical, ni falta que me hace saberlo. Me preguntaba yo si ante aquellos chorros de voz el señor arzobispo se deleitaría o juraría en arameo.
     Poniendo rumbo hacia San Ildefonso, pasado el convento de las Agustinas, volvimos a entrar en Alfileritos por la parte opuesta a la que conocíamos, descendimos otra vez por Cristo de la Luz y, llegados al hotel, ¡hala!, cada mochuelo a su olivo.    

sábado, 28 de junio de 2014

En Toledo: Santo Tomé y Santa María la Blanca

 
 
     Al salir de la Catedral, el grupo estaba ya un poco cansado; no obstante optamos por apurar la tarde, nos dirigimos a la judería y nos acercamos a la Iglesia de Santo Tomé a cuya entrada se encuentra el cuadro más famoso de Doménico Theotocópuli. Adquirimos allí la pulsera turística que nos permitiría visitar a mitad de precio Santo Tomé, Santa María la Blanca, San Juan de los Reyes, San Ildefonso, el Cristo de la Luz y la Iglesia del Salvador.
 
 
I. El entierro del Señor de Orgaz
 
 
     La construcción inicial de Santo Tomé es del siglo XII, lo que la convertiría en una de las más antiguas iglesias de la ciudad. El edificio primitivo se arruinó completamente y fue reconstruida en el siglo XIV. Las obras fueron costeadas por don Gonzalo Ruiz de Toledo, señor de Orgaz, notario mayor del reino, que además dejó ordenada en su testamento una donación anual, monetaria y en especie, para el sostenimiento de la iglesia y de los pobres. Es un templo muy sencillo de tres naves y una torre mudéjar de planta cuadrada, de ladrillo y mampostería. En el año 2001 se encontraron los restos de don Gonzalo Ruiz de Toledo en un sarcófago de granito cubierto con una lápida. 
     La razón de la visita no es la iglesia en sí, sino el cuadro monumental que El Greco realizó entre 1586 y 1588 y que refleja el milagro acaecido en 1323 en el momento de enterrar al caballero: san Agustín y san Esteban acuden para depositar el cuerpo del fallecido en la tumba. Parece ser que los sucesores de don Gonzalo habían dejado de pagar  durante dos años las mandas ordenadas en el testamento, por lo que el párroco, Andrés Núñez de Madrid, los demandó, ganó el pleito y gastó el dinero correspondiente a la parroquia en el encargo al pintor.  
     El Greco divide el lienzo en dos zonas: terrestre y celeste. En zona correspondiente a la tierra, san Esteban toma el cuerpo del caballero, recubierto con su armadura, por las piernas, san Agustín por la espalda y van a depositarlo en la tumba, mientras el alma va a ser introducida, casi en el centro geométrico del cuadro, entre un celaje de nubes, en la Gloria, como si, separada del cuerpo, buscase subsumirse en su origen espiritual. Delante de san Esteban un niño, rodilla en tierra, porta un hachón en la mano derecha y señala con la izquierda el primor de los bordados de la casulla del santo. De un bolsillo de la ropa del niño sale un pañuelo blanco en que se encuentra la firma del pintor y una fecha, la del nacimiento de su hijo Jorge Manuel, por lo que se considera un retrato del chiquillo. Una galería de personajes de la época asiste de riguroso luto con toda naturalidad al milagro que está sucediendo. Sus cabezas se agrupan en línea casi recta trazada desde el franciscano de la izquierda al clérigo que lee el oficio de difuntos junto a la cruz. Todos parecen en silencio, salvo el agustino de hábito negro que está sugiriendo algo al franciscano; todos, abstraídos, dirigen sus miradas o a las alturas o a la escena milagrosa o a otro personaje cercano, mientras las manos parecen querer aclarar los íntimos pensamientos reflejados en los rostros de clérigos y gentileshombres. Solo uno de ellos mira al posible espectador del cuadro. Dicen que el rostro de ese caballero es el de Doménico Theotocópuli.
     Las ropas de los santos y de los clérigos son un prodigio de riqueza visual. La mitra de san Agustín se halla primorosamente bordada en oro. Las capas, amén de los bordados, ofrecen visiones de cuadros dentro del cuadro. En la capa de san Esteban se advierte el martirio del protomártir del cristianismo, que de rodillas en el suelo es lapidado por individuos desnudos para mejor apedrearlo. En la de san Agustín se nos ofrecen retratos de san Pablo, de un evangelista y de santa Catalina. Y en la del párroco, posiblemente el de san Andrés. El sobrepelliz transparente y arrugado del clérigo que está de espaldas es todo un logro.
     La zona superior se halla presidida por Jesús, vestido con un sudario blanco con los brazos abiertos para recibir el alma, y el Espíritu Santo en el vértice de un triángulo. En plano más bajo, como punto de otro de los ángulos se halla la Virgen en actitud de recogimiento y mansedumbre. Frente a la Virgen, san Juan Bautista, rodilla en tierra, intercede por el alma que casi crisálida sostiene el ángel por encima del plano terrestre. Alrededor, los bienaventurados, desde san Pedro, por debajo de Jesús, hacia la derecha, hasta una serie de santos, entre los que advertimos un retrato de Felipe II, aunque aún no hubiera fallecido el rey prudente.

II. Santa María la Blanca
 

    Por la calle de los Reyes Católicos avanzamos lentamente hasta la sinagoga de Santa María la Blanca. Casi al límite de la hora de admisión entrábamos en el remanso de paz que es el jardín tapiado de la sinagoga. Una morenita costarricense nos fue recibiendo con bastante paciencia, pues llegábamos ya un tantico desperdigados. Mejor me callo la expresión castiza que define esa forma de avanzar.
     Es la más antigua de las sinagogas, construida en tiempos de Alfonso VIII, gran protector de los judíos, a finales del siglo XII. Investigaciones recientes han confirmado que se trata de la Sinagoga Mayor de Toledo. En 1411, por las predicaciones de san Vicente Ferrer, se transforma en ermita cristiana bajo la advocación con la que hoy se conoce. En el siglo XVI sirvió como Refugio de la Penitencia para mujeres arrepentidas; en el XVIII fue cedida para cuartel y más tarde, ya en el XIX, sirvió como almacén del Ejército. Construida sobre planta de cuadrilátero irregular, orienta su cabecera al este, buscando a Jerusalén. Consta de cinco naves, separadas por arcos de herradura que se apoyan sobre pilares ochavados. La unión entre arcos y pilares se logra mediante capiteles decorados  con piñas entrelazadas con cintas.
     Ya fuera de horario, pasamos de nuevo a Reyes Católicos y pian pianito salimos de la ciudad amurallada por la Puerta del Cambrón, así llamada por una planta espinosa, llamada cambronera que arraigó en uno de los torreones. Siguiendo la muralla por el ajardinado Paseo de Recaredo avanzamos hasta la puerta de Alfonso VI, puerta en arco de herradura, más modesta que otras, pero, creo yo, más auténtica. Reintegrados de nuevo a la zona del Arrabal, pudimos contemplar la fachada de la iglesia mudéjar de Santiago, donde asistimos a misa y admiramos el magnífico Retablo Mayor.


viernes, 27 de junio de 2014

En Toledo: La Catedral

 La Catedral
      Descansamos brevemente tras la comida y bajo un sol de justicia nos encaminamos a la Catedral. Agrupados en la Plaza del Ayuntamiento frente a la fachada, nos detuvimos para que pudiera explicar cómo en el lugar en que se alza existió una iglesia visigoda sobre la que los musulmanes levantaron la aljama mayor de Toledo que, a su vez, el arzobispo Bernardo, de acuerdo con la esposa de Alfonso VI la transformó en templo cristiano.
      Las obras se iniciaron en 1227 bajo el arzobispado de Rodrigo Ximénez de Rada. Es, en efecto, una de las tres catedrales góticas de España cuya construcción comenzó en el reinado de Fernando III el Santo (León, Burgos y Toledo). En la fachada, enmarcada por dos torres desiguales, se abren tres puertas que reciben el nombre de los motivos que las decoran. La central, con parteluz, es la del Perdón; a la izquierda la del Infierno, y a la derecha la del Juicio. El resto de la fachada es de factura posterior, con mezcla de estilos.
     La torre de la izquierda es la única acabada y su altura son 90 m. El primer cuerpo, campanario incluido, se edificó entre los siglos XIV y XV. En el siglo XVIII se colocó la Campana Gorda, la más famosa, de 17744 kg. Cuentan que para izarla hubieron de venir marinos de Cartagena, diestros en el manejo de grúas y cuerdas, que rompió al tañer cristales en las casas cercanas y que se rajó al poco tiempo. El cuerpo superior se halla rodeado de pináculos y lo remata un chapitel del siglo XIX. La otra torre ofrece solo el primer cuerpo. Un incendio destruyó el lucernario con que había sido cerrada, por lo que se cubrió de nuevo con la cúpula actual levantada por Jorge Manuel Theotocópuli. Bajo esa cúpula se halla la capilla mozárabe, donde he tenido el honor de cantar con un orfeón, en latín, naturalmente: en el rito mozárabe no se admite de otro modo.
     Cuando quise entrar con el grupo por la estrecha puerta del Mollete, nos la encontramos cerrada, pues ahora la entrada se hace por la Puerta Llana. Recibe este nombre porque es la única puerta del recinto que en que interior y exterior están a la misma altura, de modo que ha sido siempre la puerta por la que ha salido la carroza portadora de la Custodia.
     Está formado el templo por cinco naves de acuerdo con el plano trazado por el Maestro Martín. Las laterales se prolongan por detrás de la Capilla Mayor, formando una girola amplísima. La actual ubicación de la Capilla Mayor se debe al Cardenal Cisneros que ordenó la reforma y traslado de varios elementos precedentes. Desgraciadamente, no pudimos disfrutar de la contemplación del Retablo Mayor por la preparación que llevaban a cabo para la fiesta del Corpus. Está realizado en madera policromada y dorada. Su forma es curva, para adaptarse al espacio que cubre. En la base encontramos una gran predela y sobre ella cinco calles con escenas que representan temas de Nuevo Testamento, especialmente de la vida de Cristo, enmarcadas por filigranas que imitan las formas de la custodia, rematadas por un Calvario, rodeado de cielo estrellado. En el centro, hacia la parte inferior, se encuentra el Tabernáculo, de filigrana en madera dorada. Cierra el acceso una reja renacentista de Francisco de Villalpando, rematada por las armas de Carlos V y un grandioso Crucificado.
     Frente a la Capilla Mayor, tras la reja plateresca de Domingo de Céspedes se halla el Coro. El Maestro Pedro Pérez, sucesor de Martín en la dirección de las obras modifica el trazado inicial y sitúa el coro en el centro de la iglesia, a la manera del primitivo coro de la catedral de Santiago de Compostela. Acogía al arzobispo, canónigos, racioneros y capellanes de coro. Está compuesto por una fila de sillería alta y otra de sillería baja, en que se representan diversos episodios bíblicos y también de la conquista de Granada. Cuando el grupo descubrió el uso 'las misericordias' de las sillas para descansar el 'antifonario', las dos palabras corrieron durante el resto de la tarde de boca en boca. Preside el altar de prima una escultura gótica francesa del siglo XIV de la Virgen Blanca llena de dulzura.
     Pasamos a continuación a la Sacristía, donde nos acogió la bóveda de Lucas Jordán que representa la Descensión de la Virgen y la entrega de la casulla a san Ildefonso. Allá al fondo del rectángulo que conforma la Sacristía nos esperaba El Expolio, y hacía guardia alrededor el mejor apostolado de los conservados completos.
     De entre los muchos cuadros con el mismo tema que pintó Doménico Theotocópuli, este es seguramente el mejor. Debió comenzarlo al principio de su estancia en España, en 1577. Dos años después, la obra estaba terminada y fue valorada en 277 ducados. El autor rechaza la cantidad por considerarla demasiado baja y pide 800 ducados. Uno de los motivos que alegaban los tasadores para reducir la cuantía era la presencia en el cuadro de las tres Marías, no citada en ninguno de los evangelios. La querella concluye con el reconocimiento de la enorme calidad de la obra y el encargo al Greco de la construcción del altar, hoy desaparecido, en que había de colocarse el lienzo.
Nos ofrece el cuadro un Cristo descalzo, que va a ser despojado de su túnica. La mirada de Jesús se dirige a lo alto, como trascendiendo la realidad terrena. Su actitud es de profundo sosiego y total entrega; apoya delicadamente la punta de los dedos de una mano derecha cuidadísima a la altura del corazón. Un malencarado sayón bigotudo lo tiene sujeto con una cuerda por la muñeca derecha y parece a punto de arrancarle la túnica roja, mancha alrededor de la que gira la composición de la obra. Al otro lado de Jesús, se encuentra meditativo el centurión, con la armadura tan bruñida que refleja como un espejo el color de la túnica. Es una armadura anacrónica, propia del siglo XVI, lo mismo que el resto de las armas. Delante del Maestro, situados de modo que permitan su visión entera, aparecen a la izquierda las tres Marías y a la derecha un carpintero que horada con una barrena el grueso madero de la cruz. Los colores ocres del grupo contrastan vivamente con el rojo central y el verde de la vestidura del sayón. Tras Jesús, un amontonamiento abigarrado de cabezas en actitudes diversas, que no logran empañar el rostro dolorido y solitario del rabí.
     También en la Sacristía contemplamos con menos detalle y detención El Prendimiento, de Goya; La Última Cena, de Juan de Borgoña; La Sagrada Familia, de Van Dyck; La Dolorosa, de Morales y El Diluvio, de Bassano.
    La hermosa Capilla de los Reyes Nuevos recibe esta denominación porque en ella se encuentran los sepulcros de reyes de la dinastía Trastámara. Junto a los muros laterales los de Enrique II y Enrique III y los de sus esposas. Junto al presbiterio, con estatuas en actitud de oración, los de Juan I y su mujer. Nos llamó la atención el hecho de que en esta capilla hubiera dos órganos.
     En la girola nos detuvimos un buen rato ante el Transparente. Es una obra doble: de ingeniería y escultórica, situada a espaldas del Altar Mayor. A comienzos del siglo XVIII se consideró que la estancia que guardaba el Santísimo Sacramento tras el retablo mayor era excesivamente oscura porque no recibía luz natural, por lo que se ideó dársela desde la girola. Para ello, primero era necesario romper la bóveda y hacer un tragaluz, lo que suponía riesgo de derrumbamiento en estructuras tan delicadas como las del arte gótico. Después horadar los muros de la cabecera de la Capilla Mayor. A pesar de los riesgos y las críticas, Narciso Tomé y sus hijos llevaron a cabo la obra. Abierta la bóveda, se decoró el tragaluz con figuras alusivas a la Eucaristía. El Transparente propiamente dicho es un magno retablo barroco que rompe la uniformidad gótica de la girola. Se trata de un retablo de mármol, situado sobre un altar, sostenido por dos angelotes. El primer cuerpo es una escultura de la Virgen de la Leche, entre columnas y bajorrelieves. Más arriba, un radiante sol de bronce disimula la abertura hecha en el muro, que recibe la luz procedente de la bóveda. Alrededor, el encuentro de Abigail con David. Después las esculturas de santa Leocadia y santa Casilda, y sobre ellas, la Santa Cena. Más arriba, san Eugenio y San Ildefonso. Coronan el retablo las tres virtudes teologales.
     La Capilla de Santiago alberga el sepulcro de don Álvaro de Luna y de su esposa, doña Juana de Pimentel, que ocupan el centro del recinto. En época del cardenal Cisneros se crea la nueva Sala Capitular que posee también una antesala. Esta es una combinación de gótico flamígero y mudéjar y en ella se encuentran los armarios donde se archivan las actas de cada capítulo. La entrada a la Sala Capitular propiamente dicha está realizada de yeserías mudéjares. Dentro de la sala sorprende el artesonado dorado y policromado. La parte superior de las paredes se decora con escenas de la vida de la Virgen y de la Pasión. Debajo de las escenas se ofrece una serie de retratos de los arzobispos toledanos. En la fila superiror hasta el Cardenal Cisneros, pintados por Juan de Borgoña. Los de la fila inferior han sido pintados por pintores famosos de la época correspondiente.
     Tras rápida visita al Tesoro, salimos del templo por la misma Puerta Llana pensando en que volveríamos el jueves 19 para asistir a la misa mozárabe y completar la visita en el Claustro.